Hace pocas semanas que llegué de vacaciones, y en muy poco tiempo, de la placidez de unos días de descanso junto al mar, en familia, lleno de serenidad, he pasado en la parroquia a sentirme en un estado de permanente agobio, de cuadrar agendas, de poner en marcha proyectos, de responder a peticiones, de contactar con personas… Eso hace que me cuestione dónde está y dónde encuentro el verdadero descanso. Sí lo busco en la falta de actividad, en la ausencia de conflictos y de exigencias, lo que estoy reivindicando es la jubilación anticipada. Si lo que quiero es hacer de mi vida una entrega diaria al servicio de la gente, sin dejar espacio a la queja ni al desaliento, dando una respuesta llena de gratitud al Señor, responderle de forma generosa a tanto bien que recibo de Él, tendré que aprender a vivir el afán de cada día como Él nos enseña: vivir la donación de la propia vida como la ofrenda agradable a Dios.

Que nada a nuestro alrededor nos altere es muy difícil, porque nuestras vidas están envueltas en fragilidad. Un diagnóstico médico, una noticia que llega de los jefes, desquiciamiento e incomprensión con los adolescentes, algún vecino que nos cuenta sus problemas, visitar a personas mayores, el inicio del curso escolar con los hijos… se convierte en un baño de realismo que nos hace espabilar y nos aleja de los paraísos artificiales que nos construimos.

Encontrar en medio del ajetreo diario la presencia del Dios de la vida, es vivir «como viendo al Invisible» (Heb 11, 27). Y esa es la verdadera fuente de paz y alegría con la que podemos afrontar nuestra existencia. Todos los pasos que damos en nuestra vida diaria, nuestros compromisos y responsabilidades familiares, laborales, afectivas, pastorales, no son una carrera de obstáculos. Son la ocasión de hacer de nuestro tiempo una historia de salvación. No podemos ser «Martas, Martas» (cf. Lc 10,38-42), que andamos agobiadas y fatigadas por cualquier cosa. Sino aprender a ser Marías que, sentadas a los pies del Señor, encontramos cada día la fuerza. Hacer que el tsunami no nos hunda, sino disfrutarlo como el surfero que cabalga la ola.

Vicente Esplugues
Misionero Verbum Dei. Parroquia Ntra. Sra. de las Américas. Madrid