Cartas a la redacción - Alfa y Omega

Las cartas dirigidas a esta sección deberán ir firmadas y con el nº del DNI, y tener una extensión máxima de 10 líneas. Alfa y Omega se reserva el derecho de resumir y editar su contenido.

Mi día, en un comedor

Hace dos días, viví una experiencia extraordinaria en un comedor social de las Hermanas de la Caridad. Lo cierto es que no me apetecía mucho ir, pero al ver a mi madre tan entusiasmada diciendo que era un regalo del Señor, acepté. Todo comenzó con una Misa, que compartimos con unas treinta personas y en la que nos encargamos de organizar algo lejanamente parecido a un coro. Fue muy bonito comprobar la universalidad de la Iglesia, que no hace distinción entre las personas porque Cristo se entrega a todos y cada uno de nosotros por igual. Después, a instancias de una de las hermanas, nos pusimos unos delantales y ¡a repartir comida para las más de 180 personas necesitadas que formaban parte del primer turno! Nunca había hecho esto, y la situación que padecen estas personas es impresionante. No sólo había pobres, sino también gente bien vestida, y la verdad es que lo que más me alucinaba era ver el buen humor que tenían y lo felices que parecían, a pesar de la situación que estaban viviendo. Para mí, ese día sí que fue un regalo y terminé por creer a mi madre. No sólo fue un regalo para mí, sino para toda mi familia: aunque trabajamos mucho, recibimos mucho más y algo más valioso de lo que dimos. Lo recomiendo fervientemente y que sepáis que, este domingo, ¡vuelvo a ir!

Clara María Álvarez (13 años)
Madrid

Quietud para estar con la Virgen

¡Cuánto disfruto leyendo los artículos de Alfa y Omega! Eso me predispone mejor a reflexionar sobre lo peor que hay en mí. En el número 788, leo, en la página ocho: Año jubilar para el Rocío, indulgencia plenaria para todos los peregrinos que acudan a rezar ante la Blanca Paloma. Si el Santo Padre así lo concede, tengo esperanza de que esos eufóricos peregrinos, que imponen toda su agilidad para remontarse sobre su prójimo y conseguir tocar la imagen, piensen que el tiempo se extingue y que, sólo con saltos, a la Virgen no le llegan las muestras de amor, de alabanza y ¡cómo no! de ruegos. Y en la página nueve, leo: La Luz de los contemplativos. Y pienso que, aunque muy lejos de ellos tendré yo, espiritualmente, mi alma ante Dios, el Espíritu, con Su generosidad, me ha ofrecido un equilibrado juicio. Me apartó de los empellones del Rocío y me transportó a sentirme cerca de María con el Cantar de los cantares. A mis 84 años, no intento otro medio de encontrarme con ella, sino la quietud.

Manuela García Román
Madrid

¿Al servicio de quién?

¿Quién podrá defendernos de la voracidad de los mercados? ¿Y de la corrupción de los políticos? Ambas, de la mano, han hecho posible un mundo con millones de hambrientos, millones de niños esclavos, millones de parados, millones de jóvenes sin esperanza… Claro que son estructuras políticas, económicas, culturales y sociales las que configuran el dolor mencionado, pero detrás de esas estructuras hay rostros concretos, personas con nombre y apellidos que, a sabiendas, adoptan decisiones criminales contra otras personas, también con nombre y apellidos, en una constante de causa-efecto: Especulación en bolsa de los alimentos = hambre; voracidad de multinacionales = esclavitud, destrozo de la naturaleza, alienación; avaricia de la banca = paro, robo a la sociedad, desesperación… Que un partido político pida para todos los cargos electos el salario mínimo interprofesional me parece un gesto de honradez para saber diferenciar lo que es vocación de servicio al pueblo, o burocracia al servicio del poder económico.

Javier Ráez Ruiz
Úbeda (Jaén)

Carta por el fallecimiento de mi hermano Jorge

En el puente de San José, del 19 de marzo, mi hermano Jorge viajó a San Miguel de Allende, en México, cerca de Querétaro, donde residía. Lo acompañaban su mujer, Albertina, su hijo Rafael con su mujer Rebeca y Diego, el más joven de sus tres hijos. Jorge, según me comentó mi cuñada, parecía cansado. Él, como todos mis hermanos, tenía la presión arterial alta y presentaba altos niveles de colesterol. Pero a Jorge no le preocupaba la enfermedad, se dejaba en las manos de Dios. Desde joven, fue muy sensible a las injusticias sociales y mantuvo un interés especial por la política como actividad gestora del bien común. Se casó en junio de 1978 y tuvo tres hijos: Rodrigo, Rafael y Diego, a los que toda su vida buscó como amigo y frecuentó como ejemplo. Estuvo, desde su noviazgo hasta su muerte, a los 61 años, enamoradísimo de su mujer, de la que presumía como su mayor conquista. El fatídico día del infarto, domingo 18 de marzo, Jorge dijo: Vamos a Misa (era de Misa frecuente), y, estando en Misa, empezó a tener molestias en el brazo izquierdo. Mi cuñada, al notarlo, sugirió salir e ir al hospital más cercano, pero él dijo: Después de la Comunión, y comulgó con los dolores del infarto que sufría. Albertina dijo: Vámonos, pero él insistió: Después de la bendición. El amor de Jorge a la Eucaristía era radical. El amor a su familia, también. Salieron y antes de dirigirse a descansar al hotel, pasaron a despedirse de sus dos hijos. Rafael se mantuvo lo más cerca posible de su padre. Jorge se desplomó en la calle, su hijo lo sostuvo y mi cuñada los auxilió; de inmediato pidieron ayuda a los conductores y providencialmente uno de ellos se detuvo. A eso yo ya estaba enterado, en España, del infarto y había movilizado a algunos conventos de clausura que rezaban por él, para que pidieran por su recuperación y, sobre todo, para que se hiciese la voluntad del Buen Dios. Varios sacerdotes en España y en México rezaban por él; uno de ellos le dio la Unción de los enfermos. Así pasó toda la noche del 19, hasta la mañana del 20 de marzo, en la que pasó al cielo, su Patria siempre anhelada. Mi sobrino Rafael me compartió más detalles asombrosos como el hecho de que Jorge le regaló un hermoso arreglo floral a Albertina, el viernes antes de su muerte, expresándole por medio de una nota, su amor eterno por ella; o el hecho de que, al llegar a San Miguel, insistiera a Albertina, a Rafael y a su esposa, y a Diego, que deseaba desayunar únicamente con ellos, sin más familia, como si quisiera despedirse como siempre vivió: Con Dios y con Albertina, Rodrigo, Rafael y Diego en el corazón.

Miguel Ángel López
Madrid