Poner el misterio de Belén en nuestras casas supone reconocer que está, que ha llegado el Dios con nosotros, que no nos separa de Él ninguna barrera. ¡Qué alegría! ¡Qué gozo! ¡Qué maravilla! Dios Amor se hizo tan próximo a nosotros que podemos tratarle de tú

Tomás de Celano, el primer biógrafo de san Francisco de Asís, narra cómo el Poverello «por encima de las demás solemnidades, celebraba con inefable premura el nacimiento del Niño Jesús, y llamaba fiesta de las fiestas al día en que Dios, hecho un niño pequeño, había sido amamantado por un seno humano». Por esta particular devoción al misterio de la encarnación, en su peregrinación a Tierra Santa, san Francisco de Asís experimentó de forma concreta, viva y actual la humilde grandeza del acontecimiento del nacimiento del Niño Jesús y la necesidad de comunicar su alegría a todos. Como muchos han hecho ya tras la fiesta de la Inmaculada, pongamos todos el belén en nuestras casas. Adoremos juntos a este Dios con nosotros. Cambiará nuestras relaciones.

Es una forma de expresar la intensidad y la belleza de la fiesta de la Navidad, que es el acontecimiento que conmovió todo lo que existe. Dejémonos invadir por el misterio de Belén; expresemos este deseo de que nos invadan su luz y su amor. Manifestemos que amar y adorar la humanidad de Cristo revierte en nuestras vidas, pues nos regala la dosis más fuerte de humanismo verdad y una nueva dimensión, la que merece la pena, a nuestra existencia. A través de la representación del misterio de Belén, san Francisco de Asís quiso manifestar el amor inerme de Dios; la humildad con la que se hace presente en este mundo; la bendición que supone para la humanidad su encarnación, que nos enseña un modo nuevo de vivir y amar. Poner el misterio de Belén en nuestras casas supone reconocer que está, que ha llegado el Dios con nosotros, que no nos separa de Él ninguna barrera. ¡Qué alegría! ¡Qué gozo! ¡Qué maravilla! Dios Amor se hizo tan próximo a nosotros en ese Niño, tan cercano, que podemos tratarle de tú y mantener con Él una relación confiada y de profundo afecto.

Cuando en cualquier hogar ponemos el misterio de Belén y hay niños pequeños y los padres y abuelos les explican el significado que tiene, se produce una experiencia del Dios en quien creemos: ha querido estar con nosotros, viene sin armas, sin la fuerza con la que a menudo aparecemos los hombres en medio del mundo… Él no pretende conquistar desde fuera, sino que desea ser acogido libremente: se hace Niño y aparta la soberbia, la violencia y el afán de poseer. Con su presencia quiere regalar amor incondicional, humildad, paz y fraternidad. ¡Qué hondura alcanza Dios Niño y cómo mueve los corazones para vencer todo con amor y mostrarnos la verdadera identidad que tenemos! Encontrémonos con Dios y gocemos de su presencia. A la luz de la Navidad, quizá podamos entender mejor aquellas palabras de Jesús: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3).

Lo que el ángel anunció a los pastores, que Dios había nacido en Belén, hoy nos lo vuelve a decir a nosotros. Y esta es una noticia que no puede dejarnos indiferentes. Todo cambia. Me afecta a mí y debo decir con los pastores: «Vayamos a Belén, a ver qué ha sucedido allí». Estad toda la familia unos segundos en silencio contemplando al Niño Jesús, a María y a José. Ante el belén, descubramos cómo es la lista de nuestras prioridades, ¿está en primer lugar Dios con nosotros? En Belén recordamos que el tiempo dedicado a Dios y, por Él, al prójimo, no es tiempo perdido.

El salmo 95, que es la invitación universal a la alabanza, adquiere actualidad estos días: «Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre». ¿Cómo no vamos a celebrar la gran fiesta del hombre y de toda la creación? Sin saberlo, muchos ponen luces, árboles, adornos en sus casas o en las calles. Intentemos que se enteren de que estos gestos no son vacíos, sino que nos recuerdan a un Dios que nos ama tanto que se hizo hombre como nosotros. Y así nos enseña a entender quién es el hombre, qué tiene que hacer y cómo ha de vivir con respecto a sí mismo, a los demás y a Dios.

Detengámonos por un instante ante el belén, contemplemos la escena y reflexionemos sobre el significado profundo que tiene encontrarnos a María, José y al Niño en el pesebre (Lc 2, 16). Los primeros testigos del nacimiento de Cristo, los pastores, no solo vieron al Niño Jesús, sino que también encontraron a una pequeña familia: madre y padre del recién nacido. ¿Qué significa? ¿Qué nos quiere decir? Dios quiere mostrarse naciendo en una familia. Precisamente por eso, la familia humana se ha convertido en icono de Dios; la familia es comunión.

Contemplad la sabiduría que nace en Belén:

1.- La sabiduría en la plenitud de los tiempos tomó rostro humano en Belén.

2.- En Belén vemos a Dios que está con nosotros. Nuestro Dios es cercano.

3.- En Belén nace la alegría, no la que procede del triunfo de la vida, sino la de sentirnos amados por Dios. Es la alegría que viene del amor que Dios nos tiene a los hombres.

4.- Belén es una escuela de la vida donde aprendemos el secreto de la verdadera alegría que no consiste en tener muchas cosas, sino en ayudarnos unos a otros en el amor y en la verdad.

5.- Belén es la respuesta de Dios al drama de la humanidad que busca la paz verdadera: Él es nuestra paz.

6.- Belén nos hace tocar con la mano la bondad de Dios y nos infunde un nuevo valor.

7.- Belén nos enseña un modo nuevo de vivir y amar.

8.- Belén nos revela aquello que es decisivo en la existencia cristiana: acoger a Jesús con corazón de niño.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid