Es fácil caer en las redes pegajosas de las sectas religiosas. Julio y Rogelia son un ejemplo de ello. Una pareja de católicos, con tres hijos, que recién llegados a España desde Ecuador se encontraban muy solos en Madrid. Unos vecinos los invitaron a participar en sus reuniones de un grupo religioso. Como se parecía bastante a la experiencia católica de su país, asistían cada vez con más frecuencia, encontrando el calor humano que les faltaba desde su llegada. El cariño inicial que les mostraban los miembros del grupo se tornó en exigencias por su dinero. Tenían que dar más y más. Las promesas de la ayuda de Dios y el miedo a ser ingratos con Él les llevó a dar todo su dinero a los dirigentes de esta secta. También se daban cuenta de que movían mucho dinero con la venta de libros, y que todos los donativos se quedaban en manos de los responsables máximos, sin repartir nada entre los más humildes de los miembros. Les llamó mucho la atención una donación de un cargamento de ropa que, en lugar de repartirlo a los más necesitados, según llegó lo metieron en un contenedor y lo mandaron a América. Al final lo dieron todo y se quedaron sin nada. No tenían ni para pagar el alquiler del mes. Y los echaron de la secta. Acudieron avergonzados a la parroquia. Se veían en la calle. Cáritas les pagó el mes de alquiler y comenzaron a recibir alimentos. Al ver el contraste con los dos años anteriores, donde solo daban y no recibían nada, se despertaron del sueño que les había cegado. Participaron en los retiros espirituales y los grupos de oración. Recibieron la confirmación y este mes de marzo se casaron, el día de san José. Ahora cuentan a los demás la necesidad de no caer en los espejismos y promesas fáciles que deslumbran a los más sencillos.

José Manuel Horcajo
Párroco de san Ramón Nonato. Madrid