Blessed be the fight - Alfa y Omega

Bendita sea la lucha. La de las madres, la de las mujeres de Gilead, que tiñen de rojo y verde la inesperada revolución con la que arranca la tercera temporada de The handmaid’s tale (El cuento de la criada), la serie que se estrenó en Estados Unidos a la vez que Trump llegó al poder.

La protagonista de la serie de la plataforma HBO, June Osborne –nunca más Offred, el nombre que la describía como la pertenencia del comandante Waterford–, regresa a la sociedad distópica en que se ha convertido Estados Unidos, bajo el mando de un grupo de fanáticos que, con la excusa de la salvación de las almas y el fin del descendimiento de la natalidad, viola criadas fértiles, mata a quien piensa diferente y hasta prohíbe a sus mujeres leer so pena de mutilación. Pero el coraje de una madre está por encima del miedo y el dolor. Y June vuelve a la jungla en busca de su hija –arrancada de sus brazos en el bosque entre gritos de desesperación, y entregada a una familia dirigente de la nueva ciudad– para, sorprendentemente y con una hermosa sororidad, coger de la mano a su archienemiga Serena, la mujer infértil que la sostenía mientras su marido la violaba en el tálamo nupcial.

Comienza la temporada con una justicia poética: con el mismo alcohol que cura el muñón de su dedo, Serena prende fuego al lecho de tortura. Aquel que le recuerda que nunca parirá con dolor, que será una mujer completada por otra, por su criada. Por una mujer sin nombre. Pero ha abierto los ojos: universitaria, escribe discursos brillantes para su marido, que la corta un dedo tras leer la Biblia en público. No hay perdón ni marcha atrás.

Cuesta creer que el atuendo de las handmaids sean el paradigma en países como Argentina, Croacia o el propio Estados Unidos para manifestaciones de mujeres proabortistas. Creo que no han comprendido nada. La serie es un grito a la maternidad, a la barbarie de la gestación subrogada –incluso una criada se vuelve loca cuando la separan de su bebé–. Y también es un grito a la heroicidad de los refugiados. No pude contener las lágrimas tras ver ese paralelismo con los espaldas mojados mexicanos. Emily, otra de las criadas de rojo y blanco, logra escapar con el bebé de June en brazos y cruza la frontera con Canadá, una frontera mojada. Cuando la rescatan y la llevan al centro de solicitantes de asilo, es recibida como una heroína. Aplauden. Incluso algunos lloran. Porque Emily logró salir de las garras del totalitarismo. Porque así deberíamos recibir a quienes, como ella, se juegan la vida para huir de aquellos que te matan por ser o pensar diferente.

Cristina Sánchez Aguilar