Apuntes de un peregrino
No daba crédito. Estaba anteayer en la sábana de un vendedor ambulante, y me lo llevé por dos euros. Más de veinte años llevaba detrás de él. Los libros de otros, que en su día regalaron y que de forma inverosímil llegan a las manos de uno, tienen un valor que el dinero no alcanza. Había leído, en mis años de estudiante, que el director de cine alemán Werner Herzog se había enterado de que su amiga Lotte Eisner, una de las primeras mujeres crítico de cine, estaba muriéndose en un hospital de París. Él se encontraba en Munich, y no podía tolerar que la muerte se la llevara. Es la rabia de quien intuye que la vida no puede cerrarse definitivamente sobre quien se ama, como bien dijera Gabriel Marcel: «Amar a una persona es decirle: Tú no morirás». Herzog pensó que el mero hecho de peregrinar a pie hasta París la repondría. Es un gesto casi caballeresco que Chesterton habría alabado, porque refleja que el ser humano no sólo hace puentes y busca destrezas en las nuevas tecnologías, sino que, en él, habita una sorpresa que apunta a lo heroico, a determinaciones que el juicio del científico consideraría cosa de locos.
El libro del que hablo se llama Del caminar sobre hielo, y es el diario del director alemán durante los 22 días que duró su travesía por una Europa casi medieval, del 23 de noviembre al 14 de diciembre de 1974. Es una Europa salvaje, de andares sobre parajes fríos, donde siempre está nevando o a punto de hacerlo. Las notas están llenas de elipsis y, como en todo caminante, el viaje se convierte en pura metáfora. La suya es una ruta marcada por los hitos de las iglesias, que son como la referencia del terreno que va pisando, con sus gentes cálidas, que lo acogen sin recibir pistas de quién es. En la ciudad de Troyes, compra un envase de leche, que bebe sentado sobre la barandilla del puente; arroja al agua el envase de cartón, «que llegará a París antes que yo». Y sigue: «Me dirigí directamente a la catedral, no quería arrancarme a mi embeleso. Con los pies doloridos, di vueltas en torno a ella y no me atreví a entrar. Era todo asombro».
No necesita una compañía física, pero sí una inspiración, por eso va a Domrémy, la ciudad natal de Juana de Arco: «¡De aquí salió ella! El puente está junto a la casa. Me quedé largo rato ante su firma». Dejo el final sin comentario alguno para que algún afortunado lector, que, como yo, rebusca en lugares inverosímiles, dé con esta joya que redefine al hombre.