Apocalipsis y democracia - Alfa y Omega

En el cincuenta y siete del siglo pasado, Robert Schumann, parafraseando a Malraux y sintetizando a Maritain, afirmaba que la democracia será cristiana o no será. Era la respuesta a la emergencia de los totalitarismos del XX como auténtico cáncer de la democracia. El dinamismo de la expresión remite a un proceso histórico en el que la democracia culmina la evolución del ordenamiento político y prolonga la tensión en la posibilidad de que sea invadida por el totalitarismo abierto o encubierto.

En paralelo se establecía la «guerra fría», el bloqueo del mundo protagonista de la segunda mitad del XX. El equilibrio del terror y las actitudes de aniquilación impedían la política, se redujo a economicismo el proceso europeo que entonces se iniciaba, y ha deteriorado la representación democrática que vive de la confianza y se atrofia en el miedo. En realidad el voto mayoritario es en contra de…

Asistimos a una crisis sistémica de representación, tanto en el ordenamiento interior como en el global. Se necesita un cambio de verdad. De manera similar al vaciamiento de la democracia, otra palabra esencial, apocalipsis, sufre los rigores de la cultura nominalista que conserva rótulos y abandona contenidos, se ha convertido en una especie de Halloween para la cultura dominante, cuando es la mejor inspiración para un cambio profundo.

Porque Apocalipsis no significa revelación, es Revelación. La crisis de representación en las naciones de herencia cristiana se ilumina con nitidez extemporánea desde este gran cambio de paradigma espiritual que es el último libro de la Biblia. Las comunidades cristianas del primer siglo vivían la tensión espiritual que alimentaba la esperanza de un retorno inminente de Jesús. Desaparecidos todos los pilares humanos de la primera Iglesia, perseguidos los cristianos a muerte por el Imperio romano; el último Juan, que había escuchado de Jesús: «¿y si quiero que éste permanezca hasta que yo vuelva…?», desterrado en una isla remota: profetiza de nuevo; profetiza la victoria del resucitado, que vive, sobre el Imperio, la Babilonia espiritual; profetiza mil años de su dominio con vara de hierro sobre las naciones y profetiza una tensión final, post milenio, con un mundo en retorno al paradigma pagano y unos creyentes que mantienen la fe en quien ha prometido estar-con-nosotros hasta el fin del mundo y que «viene pronto».

Tras veinte siglos de cristianismo encontramos en esta gran profecía un admirable anticipo de lo sucedido. Tras la caída del Imperio el ordenamiento pegado a los feudos, a las naciones como tierra de nacimiento, se transforma en reinos cristianos. Pero el rey cristiano es ya un representante del pueblo en una cultura que mira hacia arriba, que asciende, que tiene un Rey en el Cielo. La persona del monarca, emerge entre la oligarquía feudal en paralelo a un avance del pensamiento teológico centrado en el concepto de Persona. La representación democrática es solamente cuestión de tiempo y de personalización del proceso humano. La moderna confrontación entre absolutismo y república no es nuclear en el proceso nación-reino-democracia, es más un signo del retorno al paradigma precristiano.

La crisis de representación ha animado en España el nacionalismo independentista y se acaba de concretar en unas elecciones confusas entre lo plebiscitario y lo autonómico, la amenaza es una inversión desde la representación a lo territorial. Cuando me planteaba, hace años, la hipótesis de un nuevo ordenamiento político surgido de las aspiraciones nacionalistas, vinculado a los derechos de la persona y no a la territorialidad, me encontré con la necesidad de pensar la situación de los menores de edad que lógicamente seguirían a sus padres en la opción por un nuevo ordenamiento. Parece sensato, además de cuestión de principio, que en su mayoría de edad tuviesen la opción y el derecho a conservar la ciudadanía del ordenamiento de origen. Lo que argumentaba a favor de un periodo de racionalidad y entendimiento.

Esto me ayudó a penetrar la crisis de representación de la democracia en general. ¿Por qué en un sistema representativo los padres no representan en política a sus hijos menores?, sucede porque la representación ya no es ascendente, no sirve al crecimiento humano, sólo parece importar el más que virtual crecimiento económico. Como decía no es un problema particular de España y tiene que ver con la permanencia del status del miedo, atmósfera para los terrorismos, cuando la representación para el crecimiento humano integral precisa confianza. Este voto común de padres y menores puede ser el grano de mostaza para recuperar el paradigma del auténtico crecimiento humano en la vida política.

Roberto Rubio