Todos tenemos la lastimosa experiencia de los mendigos pidiendo en la calle, a la salida del mercado, en el metro, etcétera. Pero creo que aquí en Vallecas batimos el récord. Una noche paseaba con un amigo sacerdote, después de una cena. Se nos había hecho tarde. Estábamos junto a la boca de metro de Puente de Vallecas. Serían las doce de la noche. A esas horas hay mucha gente todavía en la calle por aquí. El pulular no tiene fin. Y nos paró un joven para pedirnos dinero. No tenía donde dormir, y otras calamidades que nos fue relatando. Mi amigo le dio un euro y se puso a charlar con él, con toda tranquilidad. Al cabo de un rato, mientras nos contaba sus penurias (¿cuántas serán verdaderas?), llegó otro joven y nos pidió dinero. Nuestro pobre le dijo a la cara: «Tío, que les estoy yo pidiendo y me están ayudando a mí, lárgate». El otro dudó un poco, pero se marchó. Nuestro mendigo continuó el cuento de penas. Al cabo de unos minutos –yo cada vez estaba más nervioso– llegó otro joven para pedirnos dinero para el autobús. Nuestro pobre, cada vez más cabreado porque no le dejaban hacer su labor, se volvió para decirle que se largase. Pero este insistía que tenía que irse a trabajar y no tenía dinero para el autobús. Entonces nuestro mendigo comenzó su investigación: «—¿A dónde te vas a trabajar? —A Coslada. —Pues para allí ahora no hay transporte. —Sí, un búho nocturno. —Mentira». Total, que se enzarzaron en una discusión. La situación era de chirigota. Al final se marchó y yo insistí a mi amigo para marcharnos, que lo próximo sería una cola de pobres tras nosotros. La limosna, para ser verdadera caridad que ayude a las personas, tiene que ordenarse, orientarse, porque si no, impera el caos de lo inmediato y lo urgente.

José Manuel Horcajo
Párroco de san Ramón Nonato. Madrid