«Hasta cuándo tengo que seguir en ese horrible colegio en el que siempre hay que hacer lo que te dé la gana?»: así se quejaba, hace ya más de dos décadas, el pequeño hijo a sus padres que le habían escolarizado en uno de esos centros que, por entonces, tenían fama de vanguardista. Lo contábamos en estas mismas páginas de Alfa y Omega, bajo el bien significativo título: Cuando no se sabe a quién seguir, allá por el mes de marzo de 2002, ante tanta oferta supuestamente educativa, que en realidad no educa. Hoy, con los móviles y las tablets en manos de cada vez más pequeños alumnos, el panorama de la educación no parece que haya mejorado, con un fracaso escolar cada vez mayor allí, precisamente, donde no hay maestros a quien seguir, porque falta el porqué y el para qué de la vida, y por tanto de todas las cosas de la vida, también de los smartphones, por sofisticados y con la máxima perfección técnica que puedan llegar a fabricarse.

El Papa Benedicto XVI describió este panorama acuñando una expresión bien certera: emergencia educativa. En su Carta a la diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, de 21 de enero de 2008, decía que «educar jamás ha sido fácil, y hoy parece cada vez más difícil. Lo saben bien padres, profesores, sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Por eso –concluía el Papa–, se habla de una gran emergencia educativa, confirmada por los fracasos en los que muy a menudo terminan nuestros esfuerzos por formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás y de dar un sentido a su vida». Meses antes, en la Asamblea diocesana, el 11 de junio de 2007, ya utilizó, por primera vez, la misma expresión: «Hoy, cualquier labor de educación parece cada vez más ardua y precaria. Por eso, se habla de una gran emergencia educativa, de la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia». Y «podemos añadir –razonaba Benedicto– que se trata de una emergencia inevitable: en una sociedad y una cultura que tienen el relativismo como su propio credo –convertido en una especie de dogma–, falta la luz de la verdad, más aún, se considera peligroso hablar de verdad, se considera autoritario, y se acaba por dudar de la bondad de la vida –¿es un bien ser hombre, vivir?–»

La víspera de ser elegido sucesor de Pedro, el todavía cardenal Ratzinger, en la Misa Pro eligendo Pontifice, que presidía como Decano del Colegio cardenalicio, ya señaló, con una extraordinaria lucidez, que «el relativismo parece ser la única actitud que está de moda», y que «se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos». Ponía, sin duda, el dedo en la llaga de la emergencia educativa, que cinco años después, y tras su certero juicio en sus citados discurso a la Asamblea y Carta a la diócesis de Roma, retomaba en su discurso a la Asamblea General del episcopado italiano, el 27 de mayo de 2010: «Habéis decidido –dijo Benedicto XVI a los obispos– escoger la educación como tema fundamental para los próximos diez años. Ese horizonte temporal es proporcional a la radicalidad y a la amplitud de la demanda educativa. Y me parece necesario ir a las raíces profundas de esta emergencia, para encontrar también las respuestas adecuadas a este desafío». Raíces que concretaba el Papa en estas dos: «Un falso concepto de autonomía del hombre: el hombre debería desarrollarse sólo por sí mismo, sin imposiciones de otros», y «el escepticismo y el relativismo», con lo que el fracaso educativo, ciertamente, resulta inevitable. Si «sólo el encuentro con el y con el nosotros –explicaba el Santo Padre– abre el yo a sí mismo», está claro que la propuesta educativa de hacer lo que te dé la gana, «la denominada educación anti-autoritaria, no es educación, sino renuncia a la educación»; y si falta la luz de la verdad sobre quién es la persona humana y dónde está su plena realización, ¡cómo no va a haber fracaso escolar! ¡Cómo no van a caer niños y jóvenes en el vacío, la droga, la violencia, si es que no caen en las corrupciones de todo tipo que están arruinando, a ojos vista, nuestra sociedad!

En la Exhortación Evangelii gaudium, el Papa Francisco reconoce que «los jóvenes, en las estructuras habituales, no suelen encontrar respuestas a sus inquietudes, necesidades, problemáticas y heridas»; y, por eso –añade–, «las propuestas educativas no producen los frutos esperados». ¿Cómo van a producirlos –cabe preguntarse– si a niños y jóvenes los dejan solos consigo mismos y les niegan la verdad, tan claramente expresada al comienzo mismo de la Exhortación: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo –el Camino, la Verdad y la Vida– siempre nace y renace la alegría»?

Los frutos buenos, y en abundancia, ahí están, no hay nadie sin salida, como se dice en la portada de este número de Alfa y Omega, pero sólo se producen, y ahí están, a la vista de quien no tiene la ceguera del individualismo y el relativismo, donde hay alguien, que indica el camino verdadero de la vida, a quien seguir.