«Los hijos son la pupila de nuestros ojos. ¡Qué hermosa es esta expresión de la sabiduría brasileña! ¿Qué sería de nosotros si no cuidáramos nuestros ojos? ¿Cómo podríamos avanzar? Mi esperanza es que, en esta semana, cada uno de nosotros se deje interpelar por esta pregunta provocadora. Y, ¡atención! La juventud es el ventanal por el que entra el futuro en el mundo»: así ha dicho el Papa Francisco, nada más llegar a Brasil, en la ceremonia de Bienvenida para la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro 2013. ¡Cuán indispensable es, entonces, que este ventanal esté abierto de par en par a la luz! Tal y como proclamó, con toda fuerza, el Papa que inició las JMJ, el Beato Juan Pablo II, en el inicio mismo de su pontificado: «¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo!» Pues sólo Él es la Luz, y sin Él todo se vuelve oscuro.

En el rezo del Ángelus del pasado domingo, antes de partir de Roma, el Papa Francisco hablaba así de esta JMJ: «Los protagonistas en esta semana serán los jóvenes. Todos los que van a Río quieren sentir la voz de Jesús, escuchar a Jesús: Señor, ¿qué debo hacer en mi vida? ¿Cuál es el camino para mí?» En el Mensaje para la JMJ, ya Benedicto XVI indicaba que «hay muchos jóvenes hoy que dudan profundamente de que la vida sea un don y no ven con claridad su camino». Sí, «hay muchos jóvenes que han perdido el sentido de su existencia» y, «ante las dificultades del mundo, muchos se preguntan a menudo: ¿Qué puedo hacer?» La respuesta no se hace esperar: «¡La luz de la fe ilumina esta oscuridad!» Sí, la Luz de la fe, tal y como anuncia la primera encíclica del pontificado del Papa Francisco, que en su mismo comienzo nos lanza las palabras de Jesús en el evangelio de San Juan: «Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas». No cualquier luz, no esas «pequeñas luces que alumbran el instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el camino», y entonces el ventanal deja a oscuras el futuro y se apaga la esperanza. No, ¡la Luz verdadera, que ilumina la vida entera! Y bien lo saben tantas generaciones ya de jóvenes que, con sacrificios a veces enormes, no han dejado de acudir de todas las partes del mundo a la llamada del Papa en las JMJ, justamente para que el ventanal que es su corazón se llene de luz y pueda así entrar de veras el futuro en el mundo. Sí, porque «quien cree en Cristo, ve; ve con una Luz que ilumina todo el trayecto del camino».

He ahí el verdadero tesoro que los jóvenes, y la Humanidad entera, necesitan. Lo acaba de anunciar el Santo Padre a su llegada a Río, con la profunda humildad de quien sabe que la vida es un don: «Pido permiso -dijo el Papa Francisco- para entrar y pasar esta semana con vosotros», y con la fe que ilumina con toda claridad el camino entero de la vida, evocando las mismas palabras de Pedro al tullido que pedía limosna a la puerta del templo de Jerusalén: «No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo». Y añadió sin dudarlo la razón de ese máximo valor, pues sólo Él responde a la necesidad, ¡necesidad infinita!, de todo el hombre y de todos los hombres: «Vengo en su nombre -dijo el sucesor de Pedro- para alimentar la llama de amor que arde en todo corazón». Y recordó el Papa cómo los jóvenes de las JMJ «provienen de diversos continentes, hablan idiomas diferentes, pertenecen a distintas culturas y, sin embargo, encuentran en Cristo las respuestas a sus más altas y comunes aspiraciones, y pueden saciar el hambre de una verdad clara y de un genuino amor que los una por encima de cualquier diferencia». Por eso están hoy en Río, y tantos otros en sintonía con Río desde tantos otros lugares, de España, de Europa y del mundo, donde viven estos días abiertos de par en par a la luz, para ser ese ventanal luminoso que llena de esperanza verdadera el futuro, y construir así «un mundo que corresponda a la medida de la vida humana».

No es Cristo una ilusión piadosa de unos visionarios que viven fuera de la realidad. ¡Todo lo contrario! ¡Cristo es la Realidad misma! En la encíclica Lumen fidei, el Papa deja claro este realismo absoluto y total de Cristo: precisamente porque es Hijo, el Hijo de Dios y de María Virgen, nacido en Belén, muerto en la Cruz y resucitado y vivo en su Iglesia para siempre, «Jesús puede traer al mundo un nuevo comienzo y una nueva luz, la plenitud del amor fiel de Dios, que se entrega a los hombres». Por eso, toda la JMJ de Río, como todas las JMJ y toda la vida y la actividad de los cristianos, que en esta ocasión se expresa en la llamada de Cristo Id y haced discípulos a todos los pueblos, no es otra cosa que el eco, renovado, de aquel «¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!» Sí, ¡abríos a la Luz!

La Luz de la ceremonia de Bienvenida de la JMJ de Río de Janeiro, en este número de Alfa y Omega la ofrecemos como un anticipo del siguiente, el jueves 1 de agosto, en que haremos un completo balance de estos días, junto con los textos íntegros de las intervenciones del Papa Francisco. Sí, para abrirnos todos a la Luz.