La vocación como camino que enseña a vivir desde el nosotros - Alfa y Omega

El inicio de curso en los seminarios es una buena oportunidad para reflexionar sobre la vocación. Una llamada de Dios, que espera una respuesta personal, pero también y sobre todo comunitaria. De ahí la pregunta que el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, lanzaba en la homilía de la misa de inicio de curso en el Seminario Conciliar: «¿Qué quiere Dios de nosotros para este curso?».

Formarse en la comunión

Una pregunta que va más allá del «¿qué quieres de mí?», y a la que se responde juntos, cada uno desde sus propios dones y carismas, también como una dinámica que puede ayudar a los futuros presbíteros a formarse en la práctica de la comunión, de la sinodalidad, del caminar juntos, una necesidad fundamental en la vida de la Iglesia.

El paso de los años ayuda a mirar hacia atrás con una perspectiva diferente y a repasar lo vivido, también en el Seminario, a partir de parámetros que se han hecho presentes en nuestra vida con el discurrir del tiempo. Descubrir que juntos somos más es un desafío, especialmente cuando hablamos de la Iglesia, a la que cada uno está llamado a servir a partir del ministerio específico que nos ha confiado.

La vocación surge en muchos casos en espacios eclesiales, en los que la vivencia comunitaria ayuda a discernir como concretar esa llamada. Una vocación que cobra plenitud cuando se vive al servicio de la comunidad eclesial, sea cual sea el modo particular y el ministerio que se asume. Algo que se va descubriendo en el caminar cotidiano, en el que cada uno es acompañado por Dios, pero también por quienes recorren el mismo camino, un camino que nunca acaba y que a lo largo de la historia ha sido y será recorrido por personas diferentes y diversas.

Vocación para construir comunidad

Es ahí donde Dios actúa en nuestra vida y en nuestra Iglesia, como recordaba el cardenal Cobo. Él nos va dando una vocación, que no es para guardarla para nosotros, sino para construir la comunidad. Y hacerlo junto con Dios y con los otros, mirando a los otros, dejándonos amar y aprendiendo a amar como Cristo ama a su Iglesia.

Nunca olvidemos que la comunidad es parte de nuestra vocación, que «todas las personas que se entrelazan en nuestra vida forman parte de esa vocación y ellos nos configuran, ellos nos forman y son instrumentos para aprender el significado del amor de Dios», como subrayaba el arzobispo de Madrid. Una vocación que Dios va moldeando en la convivencia, en las relaciones, en la capacidad de escuchar, de pedir perdón, de trabajar con los otros.