La vocación empieza cuando nos dejamos encontrar por Dios - Alfa y Omega

La vocación empieza cuando nos dejamos encontrar por Dios

Renovar la vocación es volver a escuchar, dejar otras voces y preguntarnos dónde estoy entregando mi vida. No si hago lo correcto, sino a quién sigo. Y volver a elegirle a Él

José Cobo Cano
Tras 36 horas de oración en el seminario, la Jornada de Oración por las Vocaciones concluyó en la catedral.
Tras 36 horas de oración en el seminario, la Jornada de Oración por las Vocaciones concluyó en la catedral. Foto: Luis Miguel Modino.

Homilía en el IV Domingo de Pascua (Domingo del Buen Pastor) – Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y Jornada de Vocaciones Nativas. Catedral de la Almudena, 26 de abril

Hay muchos momentos en la vida donde uno se pregunta: ¿y todo esto para qué? Seguro que os ha pasado en muchos momentos. No lo decimos en voz alta, pero de una manera u otra, en muchos momentos, cargamos con esta pregunta. A veces esta pregunta aparece cuando estamos cansados, o cuando tenemos mucho éxito. Pero, en definitiva, es una pregunta que siempre nos ronda: ¿qué sentido tiene mi vida, qué sentido tiene lo que hacemos, lo que hemos hecho hoy, lo que nos empeñamos? 

Dios te busca

Quizá la fe no empieza dando respuestas rápidas, sino que lo primero que hace la fe es capacitarnos para escuchar con verdad esta pregunta. Pero antes que responder, hay una experiencia vital que nos ofrece la fe. Antes de responder, hay que abrirse a esa experiencia de que Dios te busca, que Dios nos busca.

Jesús lo dice con claridad. Siempre Dios es quien toma la iniciativa. No es alguien lejano a quien tengamos que alcanzar, sino alguien que no se cansa de buscarnos primero, que nos conoce más que nosotros mismos, con una verdad y una ternura que nosotros no alcanzamos a comprender. Lo que es necesario para entrar en esta intuición es escucharle, porque Jesús nunca nos ha presentado a un Dios que se resigna a perdernos, sino un Dios que nos conoce en lo más hondo: «Yo soy el Buen Pastor, conozco a mis ovejas y las mías me conocen».

Hasta el punto de decir también Jesús en otro momento: «Hasta los cabellos de vuestra cabeza los tenéis contados». Por eso la fe, esa que celebramos este domingo, no comienza cuando entendemos a Dios, ni cuando encontramos a Dios, sino cuando nosotros descubrimos que Dios en su amor nos está buscando. Y eso cambia la mirada. 

No tenemos que inventarnos una vida con sentido desde cero, ni preguntarnos por el sentido de la vida desde cero, sino empezar, dejándonos encontrar en cada momento de la vida por aquel que ya nos conoce, que sabe quiénes somos y que precisamente por eso nunca nos va a dejar de su mano. Ninguno de nosotros estamos hoy aquí por casualidad. Ninguno de nosotros vamos dando pasos simplemente por casualidad. Si estamos aquí, es porque hay alguien que nos ha llamado primero. Si así lo acogemos, descubrimos que la vocación no empieza cuando decidimos algo en la vida, sino cuando notamos que la vida va a Dios y viene de Dios y nos dejamos encontrar por este Dios.

Foto: Luis Miguel Modino.

Entrar por su puerta

Lo único que se nos pide hoy para responder a la vocación y para vivir la fe como vocación es entrar por su puerta. Jesús lo ha dicho y así conforma una imagen preciosa: Él es la puerta. Una puerta que se abrió para todos nosotros en el día del Bautismo y que pide en cada momento dejarla abierta para poder seguir caminando por el camino que ese día comenzó.

Cristo es una puerta especial. No estamos acostumbrados a estas puertas, porque Él no violenta, no impone, no entra a la fuerza. Es una puerta que invita, como esas puertas que siempre están abiertas, que nos invitan a pasar, si queremos. Nuestro Dios no asalta, nuestro Dios siempre llama. Y de esa forma, con ese tono de voz, y esto es muy importante hoy, porque vivimos en un mundo lleno de presiones, de publicidades, de expectativas, de comparaciones, de modelos que nos imponen, y en medio de todas estas cosas, Cristo no pretende competir. 

Foto: Luis Miguel Modino.

Sería una trampa querer competir, o que la Iglesia quisiese competir. Cristo habla al corazón. Reconocerlo es aprender a distinguir su voz, que es especialísima, entre tanto ruido que tenemos alrededor. Una voz que habla al corazón, una voz que habita el corazón, aun cuando nosotros no estemos en él. 

Pero Jesús también nos advierte: hay forma de entrar en el sentido de la vida o de intentar responder para qué vale esto. Pero hay gente que no entra por la puerta, sino que salta por otro lado y, uso una palabra fuerte, son ladrones. No es su lenguaje para asustar, sino para que despertemos. Porque también hoy existen puertas falsas, caminos que aparentemente usa todo el mundo y que parecen válidos, pero que en el fondo nos alejan de la vida verdadera y de lo que significa la vocación.

Hacer un Cristo a medida

Son ladrones cuando tomamos el Evangelio a trozos, quedándonos solos con lo que nos gusta y dejando a un lado las cosas que nos incomodan. Porque entonces ya no es Cristo quien nos guía, sino que nos hacemos un Cristo a medida. Entrar por un Cristo a medida es saltar por otro lado, porque no pasamos por la totalidad de Cristo, sino por nuestra selección exclusiva.

Es pasar por otro lado, o ser ladrones, cuando la ideología se pone por encima de la fe, absolutizando ideas, aunque sean buenas, pero por encima del Evangelio. Porque eso, poco a poco, endurece el corazón y hace que las ideas estén por encima del Evangelio. Entonces, la fe deja de ser un don, deja de ser un encuentro, y se convierte en una trinchera, o en un lugar de combate con los demás.

Son ladrones, o es entrar por otro lado, cuando vivimos una fe porque así lo hace todo el mundo, porque es la presión del ambiente, el cristianismo sociológico, el que simplemente nos lleva y nos empuja. Pero el Buen Pastor no guía por presiones ni por mayorías, sino por su voz y por aprender a descubrir su voz. 

Es entrar por otro lado o ser ladrones cuando imponemos nuestro criterio y vivimos una fe sin comunión, olvidando la importancia, que decía san Ignacio de Loyola, de sentir con la Iglesia y discernir juntos. Porque una puerta falsa es creer que mi criterio personal basta, que no necesito escuchar, contrastar, caminar con otros. Entonces, la fe se vuelve individualista, se rompe la comunión y dejamos de entrar por Cristo para entrar por la puerta de nosotros mismos.

Vida en abundancia

La puerta es sencilla: escuchar la llamada del Señor que ya se sembró en nuestro Bautismo y vivir nuestra vida como respuesta a esa llamada de Dios. Lo que viene de Cristo, sabemos que da vida; lo que no, apaga la vida. Este es el criterio de saber si estamos entrando por esa puerta. Por eso Jesús dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». 

Las puertas falsas prometen mucho, pero cansan, vacían, endurecen. Cristo, en cambio, ensancha el corazón. La pregunta es cómo atravesamos esta puerta y cómo oramos y colaboramos para que otros atraviesen esta puerta, que es Jesucristo. Para entrar por esta puerta, lo primero que necesitaremos es vivir el Bautismo de cada uno de nosotros como llamada.

Atravesar la puerta que ya Dios abrió el día del Bautismo, allí comenzó todo. La vida cristiana comienza cuando descubrimos que somos llamados antes de incluso elegir. Que nuestra vida no solo es nuestra, sino que está habitada por una voz de Dios que siempre nos invita: ahí empieza nuestra vocación. Cada uno la vivirá de forma distinta: en el matrimonio, en el sacerdocio, en la vida consagrada o en medio del mundo. Pero todos con una misma certeza: hay un camino que Dios sueña para el mundo. Y en ese sueño de Dios, hay un camino que Dios sueña para ti dentro de su visión única. Ahí estás tú para vivir el Bautismo. 

Foto: Luis Miguel Modino.

Pero con esta convicción hay otra forma también de atravesar esta puerta. Es necesario escuchar la voz de Cristo: «Mis ovejas escuchan mi voz». Es necesario aprender a escuchar. Sí, saberse de memoria el tono de la voz de Jesús. Ese es el aprendizaje de todo cristiano. El gran problema no es simplemente hablarle a Dios y que Dios escuche mi voz, sino aprender en cada momento de la vida, en el lunes, en el martes, el domingo, aprender cuál es el tono de la voz de Dios. 

Por eso orar no es solo decir cosas, es estar, es abrir espacio para escuchar el tono de Dios y dejar que Cristo vaya afinando el corazón. Poco a poco, en las decisiones pequeñas y en las grandes, sabiendo que es una voz que no aplasta, que no engaña, sino que orienta, que da luz y siempre da paz. 

Caminar juntos

Y, por último, para entrar por esta puerta, para atravesarla, es necesario caminar juntos y no hacerlo en solitario. Necesitamos comunidades que animen a escuchar, necesitamos comunidades, como dice la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que nos enseñen a orar juntos, a orar unos por otros. Porque atravesar esta puerta no es un gesto individual, Cristo no llama a personas aisladas, llama a un pueblo, siempre a un pueblo, a un nosotros. Atravesar esa puerta es vivir en comunión, sostener los unos a los otros, rezar unos por otros, discernir todos juntos, porque no existen vocaciones individuales.

Cada vocación necesita de los otros, porque la vocación llama a la misión y la misión no se inventa en solitario, se descubre cuando caminamos como Iglesia. Hoy rezamos por las vocaciones, pero no podremos rezar si no renovamos nuestra vocación, la de cada uno de nosotros. No se trata de empezar de cero, sino de retomar ese camino bautismal, dejando que Cristo vuelva a ser la puerta para que entre en nuestras decisiones, en nuestras relaciones y en nuestros proyectos.

Renovar la vocación es volver a escuchar, dejar otras voces y preguntarnos hoy por dónde estoy entregando mi vida. No si hago lo correcto, sino a quién sigo, cómo entrego mi vida. Y desde ahí, con humildad y confianza, volver a elegirle a Él, sabiendo que la fe madura, cuando aprendemos a discernir la voz de Dios, en medio de tantas otras, y cuando nos dejamos conducir, no por el miedo o la presión, sino por esa voz serena del Buen Pastor, que siempre nos abre caminos de vida. 

La puerta está abierta, Cristo está delante. Hoy es un buen día para dejarnos encontrar, para escuchar su voz y para escucharla juntos. Y así la vida, nuestra vida, se irá llenando de esa luz que no engaña, esa vida que conduce a la vida eterna.