Todos llevamos un pequeño Tomás dentro - Alfa y Omega

Todos llevamos un pequeño Tomás dentro

Cristo está aquí, está con nosotros, está en los lugares de misericordia. La Resurrección no solo es un acontecimiento del pasado, sino una realidad que sigue aquí inmediata

José Cobo Cano
Nave central de la catedral de la Almudena durante la Misa.
Nave central de la catedral de la Almudena durante la Misa. Foto: Archimadrid.

Homilia del II Domingo de Pascua, de la Divina Misericordia, el 12 de abril en la catedral de la Almudena

¡No seas incrédulo, sino creyente! Es la actitud fundamental, que hoy de forma renovada se nos pide. Esa es la actitud, en el fondo de la Pascua, donde se nos convoca a volver a situarnos hacia lo esencial de la fe. La Pascua no es un tiempo para recordar lo que ocurrió, sino para ser creyente en Jesús hoy, descubrir dónde está Jesús hoy, por dónde pasa Jesús hoy y cómo se hace presente en nuestra vida concreta.

¿Dónde está?

Esa era la inquietud que ceñía la vida de los discípulos, ellos se preguntan que, si Jesús ya no está en el sepulcro, si Jesús ya no está de entre los muertos, ¿dónde está? Y esa es también nuestra pregunta: ¿dónde está? El Evangelio nos ayuda a responder dando un giro importante. No son los discípulos los que se ponen a buscar a Jesús. Los discípulos están desconcertados, pero es Jesús el que sale en busca de sus discípulos. 

Jesús los busca, y esto para nosotros es profundamente consolador, porque significa que todo puede comenzar no cuando nos ponemos a buscar voluntarísticamente a Jesús, sino cuando le lanzamos esta pregunta: Señor, ¿dónde estás? Quizás sea la pregunta fundamental para ser creyente hoy. La cruz había descolocado a todos los discípulos y también a todos nosotros. En muchos momentos de la vida estamos tan descolocados o desorientados como ellos. Desorientados con lo que vemos, con lo que vivimos, con la experiencia de nuestro mundo. Y en este contexto de desorientación, de miedo y de pérdida, aparece una de las imágenes más hermosas del Evangelio.

¡Paz a vosotros!

Los discípulos están encerrados, mirándose a sí mismos, con las puertas cerradas, y allí es donde Jesús se hace presencia. Jesús no espera a que tengan todas las cosas claras. Jesús no espera a que todo esté en orden. Jesús no exige condiciones previas, no pide que se tenga una fe perfecta. Él va, entra como están, se coloca en medio, y les regala una palabra que no es un simple saludo, sino que es una experiencia que transita mi historia: ¡Paz a vosotros!

Es lo primero que dice Jesús. Es la experiencia de la Pascua. La paz que nace de un amor que ha atravesado la muerte y que ha vencido. Una paz que no elimina los problemas, pero cambia la forma de mirarlo todo. Si miramos nuestra realidad, no es difícil reconocernos en la misma escena que los discípulos. También nosotros, como Iglesia, con nuestra fe, nos reconocemos frágiles, a veces desconcertados, a veces heridos. Y, sin embargo, ahí, en la fragilidad, en vivir a veces encerrados, es donde Jesús se hace presente. 

Jesús no se hace presente fuera de nuestra vida, ni cuando todo está resuelto, sino en el mismo miedo y la misma dificultad en la que vivimos. Ahora bien, hay algo en la Pascua, para reconocer dónde está, que nos invita a tomárnoslo muy en serio. Para reconocer a Jesús no se puede vivir de prestado, no se puede vivir con lo que otros nos han dicho. No basta con nuestra fe, con la que tuvimos hace unos años, no basta lo que hemos oído. Cada uno necesitamos hacer nuestro propio camino. Con la historia concreta de cada uno, con el ritmo de cada uno y con la búsqueda. Cada uno conocemos cuál es nuestro modelo. 

El cardenal José Cobo lee su homilía.
El cardenal José Cobo lee su homilía. Foto: Archimadrid.

Descubrir dónde está Jesús

El Evangelio, también para cada uno de nosotros, nos presenta distintas formas de descubrir dónde está Jesús. El camino de Pedro, el camino de Juan, el camino de María Magdalena y hoy también el camino de Tomás. Quizá porque todos llevamos un pequeño Tomás dentro. Tomás había compartido la vida con Jesús. Tomás le conocía, le quería. Incluso había mostrado en algún momento una máxima generosidad, cuando comprende que Jesús va a Jerusalén y dice: «vamos todos a morir con él». Pero cuando llega la experiencia de la cruz, le desborda a Tomás, le quiebra. No logra creer en la fuerza del amor que sus compañeros le han dicho. No le basta el testimonio de la comunidad, necesita algo más, o quizá lo que necesita es recuperar la experiencia perdida.

Entonces Tomás se distancia, se coloca en otro lugar, continúa con sus cosas, no rechaza a Jesús, pero sí hay un alejamiento silencioso a la experiencia que tuvo con Jesús y a la experiencia que tuvo con la comunidad. Seguro que nos suena, porque muchas veces escuchamos que Cristo vive, que la Pascua lo hace todo nuevo, que el Señor actúa entre nosotros, como decimos en la Liturgia, pero no siempre lo experimentamos así. 

Poco a poco nos vamos alejando y vamos incorporando en nuestra vida y en nuestra fe muchas cosas legítimas y buenas. Pero terminan alejándonos del lugar donde el Señor se hace presente cuando los discípulos están reunidos en medio de sus fragilidades. No es una decisión que tomemos, sino hay un alejamiento progresivo, donde vamos poniendo otras cosas. 

Jesús no se desentiende

Sin embargo, el Evangelio introduce aquí algo decisivo: Jesús no se desentiende nosotros, como tampoco se desentiende de Tomás. Jesús busca a Tomás, y esto es una gran noticia para todos nosotros hoy, porque sabemos que cuando no lo sentimos, que cuando hemos puesto muchas cosas antes, no nos abandona. Jesús lo sigue buscando, y lo hace en un contexto muy concreto. Lo busca cuando están reunidos y cuando Tomás se reúne con la comunidad. No aparece en cualquier momento, ni de cualquier manera, sino cuando Tomás está con los discípulos. 

Esto nos recuerda cuando estamos perdidos, donde podemos reencontrar a Jesús, donde va a ser el lugar de la cita. La fe nunca es un camino solitario. Una fe que se vive al margen de los demás, construida sólo a través de nosotros mismos, a través de lo que yo pienso, a través de mis prácticas, corre el riesgo de perderse el encuentro real con el resucitado.

Cuando Jesús se presenta, cuando se encuentra con él, resulta y muestra un gesto especial. El gesto por el que podemos conocer dónde está él, y el gesto por el que Tomás se da cuenta que es Jesús. No es la grandeza, no es la luminosidad, no es el tenerlo claro. Jesús, cuando se presenta, para saber que es él, presenta las llagas, sí, las llagas, eso que no nos gusta ver. Jesús no borra la cruz, no elimina el sufrimiento, no ofrece una imagen idealizada, muestra las heridas, las heridas que permanecen, pero que son transformadas. 

Ya no son el signo de la derrota, sino la ventana para descubrir dónde está Jesús. Y en un mundo que oculta la debilidad, que maquilla las llagas, el Señor nos revela que precisamente a través de esos lugares de sufrimiento, de esas entregas puestas con amor, es el lugar donde él quiere presentarse. Sí, los lugares de la misericordia, como celebramos hoy. Sí, la misericordia. Es como si Jesús dijera: si quieres reconocerme, si quieres saber dónde estoy, mira mis manos y mi costado, mira el amor entregado y allí donde se está entregando ahora. Porque ahí vas a identificar que estoy yo ahí.

Dejarnos encontrar

Hoy quizá es un buen momento para dejarnos encontrar por el Señor. Es un buen momento para valorar el calor de la comunidad con nuestras fragilidades y valorar la mirada que Jesús nos hace para poder reconocer que son sus llagas. Y en este encuentro que Jesús quiere tener con nosotros, porque todos llevamos un Tomás dentro, tendremos que destacar la delicadeza de Jesús. Es impresionante que Jesús no le reprocha nada a Tomás. Jesús no humilla a Tomás, Jesús no le pide a Tomás más de lo que puede dar. Simplemente se pone delante de él, le invita a acercarse, le ofrece la posibilidad de hacer un nuevo camino de fe y le da una nueva oportunidad. Porque Jesús siempre da una nueva oportunidad.

Desde aquel momento, con todos reunidos, aparece una misión concreta, que es la misión que recibimos y que recibe hoy la Iglesia. Con la misión que había dado Jesús de la paz y de ser trabajadores de paz, por aquello de que la paz hay que construirla y hay que trabajarla, Jesús nos deja otra misión, el único don que deja a su Iglesia: «Recibid el Espíritu Santo», y a continuación, nos da un don, el don que va a transformar el mundo, el don que va a construir la paz, el único poder que tenemos, el perdón. No hay otro, no les da el poder, no les da el ser grandes.

Feligreses madrileños rezan juntos en la celebración del Domingo de la Divina Misericordia.
Feligreses madrileños rezan juntos en la celebración del Domingo de la Divina Misericordia. Foto: Archimadrid.

Quizá esto es una llamada a vivir de otra manera, porque el perdón es el corazón de la paz. Y no olvidemos, el perdón es la fuerza de la Iglesia. Y por eso los discípulos se dan cuenta que es el Señor.  Y dicen: «hemos visto al Señor». Quizá esta es la conclusión del Evangelio: para ser constructores de paz, para vivir la misericordia, para ser portadores del perdón, necesitamos ser hoy los que digan a la gente que nos vea, a nuestros amigos, a la gente de nuestras familias, que a veces nos les decimos esto: no sólo voy a misa, no sólo soy creyente, también hay que decirles, hemos visto al Señor. Porque la fe crece cuando se comparte, cuando unos nos sostenemos a los otros.

No seáis incrédulos, sino creyentes. El creyente es el que sabe, porque ha experimentado con sus fragilidades, que Cristo está aquí, que está con nosotros, que está en los lugares de misericordia, que la Resurrección no sólo es un acontecimiento del pasado, sino una realidad que sigue aquí inmediata. Jesús nos sigue buscando con paciencia y con amor a cada uno de nosotros. Ojalá podamos ser más creyentes, y ojalá que en la Eucaristía podamos decir con el corazón: ¡Señor mío y Dios mío!