Ramón Castro: «Lo que hoy se usa para destruir debe estar al servicio de la vida»
El presidente del episcopado mexicano valora «positivamente» el desarme voluntario e invita a ir más allá
—¿Cómo valora la Conferencia Episcopal el proceso de desarme que se está llevando a cabo en el país?
—Lo valoramos positivamente, con necesidad de estrategias integrales que ayuden a construir un verdadero proyecto de paz y seguridad; cada arma que sale de circulación representa una posibilidad menos de que un conflicto termine en una tragedia. En México necesitamos avanzar hacia una cultura del desarme y de la resolución pacífica de los conflictos. La Iglesia católica ha colaborado directamente instalando módulos de canje en los atrios de los templos, que son espacios de confianza para muchas comunidades. Me parece importante reconocer este esfuerzo, pero también señalar que el desarme material tiene que ir acompañado de un desarme más profundo. Necesitamos retirar las armas de las calles, pero también reconstruir la confianza, fortalecer a las familias, ofrecer alternativas a nuestros jóvenes, acompañar a las víctimas y recuperar el valor de la vida. La paz no se construye únicamente destruyendo armas; se construye creando las condiciones para que las personas ya no sientan que necesitan recurrir a ellas.
—Al final, menos armas es más vida.
—Creo que podemos decir que menos armas significan más posibilidades para la vida y una vida digna. Una discusión puede resolverse con palabras o puede terminar en un disparo. Cuando hay un arma de por medio, un momento de ira puede convertirse en una tragedia irreversible. Pero tampoco debemos caer en una explicación simplista. La violencia tiene causas profundas: la desigualdad, la impunidad, la corrupción, las economías criminales, la ruptura del tejido comunitario, la falta de oportunidades y una cultura que, en algunos ambientes, ha terminado por familiarizarse demasiado con la muerte. Los datos nos ayudan a comprender la magnitud del problema. El Instituto Nacional de Estadística registró de manera preliminar 27.989 defunciones por presunto homicidio durante 2025. Detrás de esa cifra hay personas concretas: padres, madres, hijos, hermanos, amigos. Por eso, cualquier arma que deja de estar disponible para hacer daño merece nuestra atención. Pero nuestro horizonte debe ser más amplio: queremos un país donde la vida tenga tanto valor que nadie considere normal resolver los conflictos mediante la violencia.
—El Papa, en su mensaje para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, advierte de los efectos de la violencia en la casa común. ¿Ustedes son testigos de que son conceptos conectados de alguna forma?
—Sí, y en México lo vemos de una manera muy concreta. La violencia no destruye únicamente a las personas; también deteriora las comunidades y los territorios. Allí donde se instalan determinadas economías criminales aparecen con frecuencia otras formas de explotación: tala ilegal, apropiación de recursos, contaminación, desplazamiento de comunidades y pérdida del control sobre los propios territorios. Me impresionó particularmente el mensaje del Papa León XIV para esta jornada porque habla de realidades que muchas veces analizamos por separado y que, en realidad, están profundamente vinculadas. El Santo Padre afirma que las crisis que estamos viviendo —la violencia, la injusticia, el deterioro de la creación— constituyen una misma llamada a la sanación y a la paz. Y propone una imagen muy poderosa de la Escritura: que las espadas vuelvan a convertirse en arados.
Para nosotros esa imagen tiene una gran actualidad. Lo que hoy se utiliza para destruir debe ponerse al servicio de la vida. Una comunidad que recupera la paz puede volver a cultivar su tierra, abrir sus escuelas, recuperar sus espacios públicos, reencontrarse con sus vecinos. Cuidar la casa común significa cuidar a las personas que la habitan.