Por detrás de los límites - Alfa y Omega

Han pasado once años desde la muerte de Marcos Pou. Tenía 24 años y hacía dos semanas que había entrado al seminario. Un pobre chico que volvía a su casa en coche no vio aquel maldito ceda al paso tan difícil de ver en el último tramo de la calle Ciudad de Balaguer de Barcelona. Al chocar contra la moto, Marcos salió despedido contra un bolardo que golpeó su pecho y su corazón dejó de latir.

¿Cómo puede ser que un pulso que galopaba con esa fuerza llegase a detenerse? ¿Quién se hubiera atrevido a decir que aquel fuego que ardía en su interior podía apagarse? Estas preguntas remuerden los días de aquellos a los que Marcos quiso. Pero aguijonearán también el alma de quien lea las páginas del libro que Alfonso Calavia ha escrito sobre Marcos, y que se presenta el 20 de mayo a las 19:00 horas en la Fundación Pablo VI (paseo Juan XXIII, 3, Madrid). A la espera de que salgan publicados sus diarios, Calavia ha querido seleccionar con delicadeza algunas de sus palabras más íntimas para transparentar el motor de su historia.

No hay amor más grande. Así ha querido titular el texto, donde este «más» revela su rostro y este «amor» apunta quien le conquistó. Desde la primera infancia, Marcos parecía decidido a tocar las fronteras de la tierra. Las historias de las maravillosas conquistas del lejano oeste eran juego y entrenamiento. Sus disputas con sus padres fueron solo un rodeo. Lo que definía a Marcos era su irrefrenable obsesión por llegar al linde de todas las cosas. «Parecía empujado a tocar ese límite», escribe Calavia. Nada le bastaba, todo lo trascendía. Chicas, fútbol, estudios. Estudió Física, tenía grandes amigos y una novia maravillosa. Pero quería más.

«Una vida de seguridades no es nada. Tú eres mucho más», escribía en su diario unos meses antes de anunciarnos su entrada al seminario. En Dios encontró el amor del que vivió sus últimos años. Por amor a Dios podía vivir sin aferrarse a nada, sin buscar nada para sí. Pendido de él, podía caminar por las aguas de su incertidumbre, de sus miserias.

Pero él se colgaba del cielo para trascender sus propios límites, aunque no pudiera superarlos, porque Dios era ese amor que le permitía ser más, mucho más, de lo que por sí mismo podía llegar a ser: «Tengo una duda teologal. Creo que roza la blasfemia. No lo sé… esta tarde destaca y sobresale sobre todo mi pecado. ¿Se puede ofrecer el pecado? Quizá solo el dolor del pecado. Y ofrecerse uno mismo».

Escribía como si pudiera vivirse por detrás de sí mismo. Sin abandonar lo poco que era, vivió de un amor siempre más grande. De una vez por todas. Por eso, en los años que pasan su corazón aún sirve de antorcha a todo el que se quiera acercar y conocer en él a quien era el amor de su alma.