Eufemismos sedaconciencias - Alfa y Omega

Organizaciones feministas denuncian «retroceso en los derechos de las mujeres» ante el anuncio de una reforma de la ley del aborto. ¿Derechos de las mujeres? Los/las/l@s académicos/as de la Lengua acaban de propinar un varapalo a la antigramatical moda del lenguaje no sexista, tan querido a este tipo de organizaciones, aunque nada dice en cambio la Academia de su impagable contribución al idioma español, gracias al creativo fomento del uso de los eufemismos. Es comprensible, porque les va en ello el pan y la sal. Y es que, sin eufemismos, no habría derechos reproductivos, ni salud reproductiva y sexual que valiera, ni las Administraciones podrían firmar acuerdos con empresas de anticonceptivos y organizaciones de homo/bi/transexuales para que enseñen guarrerías en los institutos; perdón, para que organicen charlas en los institutos para «formar a los y las jóvenes para que puedan decidir de qué manera quieren vivir su sexualidad y capacitarlos/las en la gestión de los riesgos asociados», según informa ABC. La campaña debería haber ido dirigida a los centros de enseñanza de toda España, pero la Comunidad de Madrid —cuenta La Gaceta— ha alterado los planes, al exigir a los institutos que pidan permiso a los padres, antes de dar ese tipo de cursos de sexualidad.

Sin eufemismos, el aborto se queda en algo más bien tirando a poco romántico… ¿Qué diferencia moral hay entre abortar dentro de un plazo de determinado número de semanas, hacerlo poco antes del parto, o esperar a que nazca la criatura? «Simplemente, estoy utilizando argumentos lógicos», contesta con desarmante candidez la profesora Francesca Minerva, co-autora de un ensayo publicado en el Reino Unido, en el Journal of Medical Ethics, que ha generado gran polémica, al proponer que se abra un debate sobre el infanticidio. ¿Y si el niño viene con una tara o enfermedad que no se había detectado antes? ¿Y si los padres se quedan, durante ese tiempo, en el paro, o rompen su relación, y la madre no desea tener un niño cerca que le recuerde a aquel hombre el resto de su vida?

Tampoco es amigo de los eufemismos el neurocirujano Rob de Jong, del hospital Erasmo, en Rotterdam, que ha desvelado el fraude en la aplicación de la eutanasia infantil a bebés con espina bífida en Holanda, informa El País. Es requisito legal que el niño sufra «dolores insoportables», pero esos supuestos dolores se combaten fácilmente, a menudo simplemente con paracetamol, concluye el estudio que publica en la revista Pediatrics. El truco está en que el bebé no reclama sus derechos, y nadie rechista cuando se le eutanasia (ni un solo caso de mala praxis ha llegado a la Justicia), pero ahora que el doctor ha destapado el negocio, habrá que ir pensando en una nueva excusa, en otro eufemismo que tranquilice la conciencia de los padres que no quieren cargar con hijos enfermos.

Y si matamos a bebés enfermos aunque no sufran, ¿por qué no también a enfermos en estado vegetativo, que tampoco hablan? Ésa es la propuesta de la doctora americana Catherine Constable, en la revista Bioethics. «Preservar la vida de un paciente en estado de permanente inconsciencia, basándonos en el respeto a la vida», moralmente no se justifica más que «la decisión de quitar la vida», argumenta. Y además, los cuidados del enfermo, «por sus costes económicos, no van en el interés de la sociedad».

Mientras tanto, la Asociación Médica Real Holandesa ha expresado su preocupación por la puesta en marcha de una cruzada eutanásica. Grupos de eutanasia móvil patrullan las ciudades en busca de pacientes solitarios, a los que dan a elegir entre ingerir un cóctel venenoso, o una inyección letal.

Es el último episodio en una ofensiva cultural iniciada en los años 60, y fervientemente apadrinada por la izquierda. Primero fue el matrimonio… Charles Murray, politólogo americano entrevistado por El Mundo, explica que, «a principios de los años 60, las universidades estadounidenses estaban mejorando sus técnicas para identificar a los jóvenes más inteligentes», al margen de su estatus social. El proyecto fracasó. Y la culpa fue del divorcio. En esos años, «ricos y pobres compartían los mismos códigos morales y un estilo de vida muy similar. Sólo un 1 % se declaraba agnóstico», y «el porcentaje de personas casadas entre los ciudadanos más ricos (94 %) era muy similar al de los pobres (84 %). En 2010, el primero rozaba el 83%, pero el segundo se había desplomado hasta el 48 %». Los divorcios han afectado, sobre todo, a los estratos sociales más bajos, y así perpetúan y agravan las diferencias económicas. Además, se resiente el tejido social y el asociacionismo, que florece donde abundan los matrimonios. Si no los hay, «los barrios se convierten en lugares estériles donde el hombre es lobo para el hombre. Hubo un tiempo en que los barrios obreros estadounidenses estaban llenos de ciudadanos que mantenían a sus familias con empleos modestos y se sentían orgullosos de su contribución a la sociedad», afirma Murray. Pero el progreso se llevó todo eso por delante.

Educación para la ciudadanía

Hace unos días, el señor ministro don Juan Antonio Wert ha dicho con mucha firmeza que el nombre de la asignatura Educación para la ciudadanía va a cambiar. Pero ha ido más lejos. Es importante que desaparezca el actual adoctrinamiento que encierra esta asignatura.

No se trata sólo de eliminar el adoctrinamiento que hasta ahora ha hecho tanto daño a los alumnos; se trata, sobre todo, de dejar una asignatura limpia, cuyos contenidos pasen a los alumnos sin dañarlos, ofreciendo contenidos educativos formativos que no traten de formar las conciencias de los alumnos, sino tan sólo de enseñarles el bien.

Es así de sencillo y así de fácil. En los años pasados, hemos compartido muchas conferencias para conseguir esta situación. Que los niños aprendan a llevar una vida limpia y sencilla en que traten de ser y se les enseñe a ser personas morales y sencillas, limpias y transparentes, que vayan por la vida siendo buena gente, queriendo el bien para los demás y para ellos mismos, sin rebuscar cómo torcer sus voluntades y torcer las de los demás, sin falsear la verdad ni engañar a nadie; donde los valores constitucionales sean valores para todos; donde se facilite la vida a todos sin engañar ni presentar retorcimientos; donde se enseñe a ser feliz siéndolo con toda normalidad; donde la verdad vaya por delante; donde se facilite la vida a los demás; donde la finalidad que se busque no sea sacar provecho propio, sino hacer felices a los demás.

María Rosa de la Cierva, RSCJ
Miembro del Consejo Escolar del Estado