Si a Mí me han perseguido... - Alfa y Omega

Si a Mí me han perseguido...

Alfa y Omega

«Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños, y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad»: así dice, de los cristianos, la Carta a Diogneto, un precioso texto del siglo II que describe la novedad asombrosa del cristianismo, tan palpitante hoy como en los comienzos. Es la misma enemistad sufrida por el Maestro, como Él mismo nos anunció: «Si a Mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán». Y no saben explicar el motivo. Escapa a los cálculos humanos. Es el misterio del mal…, y el misterio del designio de Dios, como explica Benedicto XVI en su carta, de 27 de mayo de 2007, a los católicos chinos, que sufren con especial dureza la persecución: «Son sufrimientos que ciertamente la Iglesia no se merece, como tampoco Jesús se mereció el suplicio. Ahora bien —añade el Papa—, revelan la maldad del hombre, cuando se deja llevar por las sugestiones del mal, y la dirección superior de los acontecimientos por parte de Dios».

Y la Carta a Diogneto sigue igual de viva y palpitante hoy, en la segunda década ya del siglo XXI, mostrando la identificación de Cristo con su Cuerpo, que es la Iglesia, a la hora de la persecución, y a la hora del designio redentor de Dios. En la China y en la India, en los países de mayoría musulmana, y de modo bien significativo en el mismo país de Jesús, y en todo Oriente Medio, no ha perdido actualidad la descripción de los cristianos del siglo II: «Igual que todos se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor… Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo… El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo».

En la clausura de la asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos, en octubre de 2010, refiriéndose a los cristianos de la región, Benedicto XVI subrayaba que, «aunque su número es escaso, son portadores de la buena nueva del amor de Dios por el hombre, amor que se reveló precisamente en Tierra Santa en la persona de Jesucristo», y en la apertura ya recordó que «los primeros cristianos, en Jerusalén, eran pocos», y sin embargo «nadie habría podido imaginarse lo que ocurrió después». Es, en definitiva, el misterio de la Cruz redentora, tan vivo hoy como en el primer Viernes Santo de Jerusalén, representado bien gráficamente en la imagen de Cristo salpicada de sangre que ilustra este comentario, sostenida por cristianos coptos, el pasado mes de enero, tras el atentado sufrido en una iglesia de Alejandría, en Egipto. No es casual que los tres primeros siglos de la vida de la Iglesia, marcados por las persecuciones constantes, hayan sido de una fecundidad extraordinaria para el crecimiento de la Iglesia y la salvación del mundo. E igualmente fecundas serán, sin duda, las no menos constantes, y extraordinariamente numerosas, del pasado siglo XX, y de estas primeras décadas del XXI. ¿Acaso no lo vemos en las Jornadas Mundiales de la Juventud, y muy especialmente en la última de Madrid 2011?

El secreto de tal fecundidad de la Iglesia lo desveló bien Benedicto XVI en la apertura del Sínodo de Oriente Medio: ser «ella misma, es decir, comunión y testimonio», como anunciaba el título de la Asamblea sinodal, referido a la descripción que hace san Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, de la primera comunidad cristiana: «La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma». Y el Santo Padre lo explica con toda claridad: «Sin comunión —que eso, justamente, significa Iglesia— no puede haber testimonio: el gran testimonio —es decir, martirio— es precisamente la vida de comunión», y «esta comunión es la vida misma de Dios que se comunica en el Espíritu Santo, mediante Jesucristo. Es, por tanto, un don, no algo que ante todo tenemos que construir con nuestras fuerzas». Sólo la fuerza de Dios, en efecto, explica la victoria de la Iglesia perseguida. He ahí el secreto: acoger el Don. Hoy igual que ayer, igual que al inicio.