Según las estadísticas, la vieja Europa sigue siendo un continente casi en su totalidad cristiano. Pero la estadística es engañosa. La nominalmente cristiana Europa asiste, desde hace 400 años, al nacimiento de un nuevo paganismo, que crece incluso en el corazón de la Iglesia y que amenaza con socavarla desde dentro.
El rostro de la Iglesia en los tiempos modernos está conformado por el surgimiento de una forma completamente nueva de Iglesia de los paganos, y todavía lo será más en el futuro: no como antes, una Iglesia de paganos convertidos en cristianos, sino una Iglesia de paganos que todavía se llaman a sí mismos cristianos. El paganismo está presente hoy en la Iglesia misma, y éste es el signo tanto de la Iglesia de nuestros días, como del nuevo paganismo. El hombre de hoy, por tanto, puede presuponer como algo normal la incredulidad del vecino.
El surgimiento de la Iglesia se basó en la decisión espiritual del individuo de abrazar la fe, en un acto de conversión. Si, en un principio, se había esperado la construcción de una comunidad de santos aquí en la tierra a partir de esos conversos, una Iglesia sin mancha ni arruga, hubo que resignarse a la evidencia de que, a pesar de su conversión, el cristiano tiene que afrontar fuertes luchas, y sigue siendo un pecador, capaz incluso de cometer los peores delitos. Pero aunque el cristiano no sea un consumado de la moral perfecta, y la comunión de los santos siempre se quede inconclusa, hay, sin embargo, un fundamento para la comunidad. La Iglesia es una comunidad de creyentes, de hombres que han tomado una determinada decisión espiritual, y, con ello, se diferencian de aquellos que se niegan a tomar esta decisión. Ya en la época medieval comenzó a cambiar esto, en el sentido de que la Iglesia y el mundo se hicieron básicamente idénticos, por lo que el cristianismo ya no era fruto de una decisión propia, sino una realidad político-cultural dada.
Hoy permanece la cubierta exterior de la Iglesia, mientras que ha disminuido la convicción personal, el deseo de pertenecer a la Iglesia, en la que se deposita una gracia divina especial, una realidad trascendente de la salvación. Por ello, es comprensible que hoy se plantee a menudo con fuerza la cuestión de si la Iglesia no debe ser nuevamente transformada en una comunidad de creencias, para devolverle su aplomo. Esto significaría renunciar a posiciones mundanas, cada vez más peligrosas, porque se interponen en el camino a la verdad.
A la larga, no se le ahorrará a la Iglesia tener que despojarse, pieza a pieza, de elementos mundanos y apariencias, para evitar diluirse con el mundo, y volver a ser lo que es: una comunidad de creyentes. De hecho, su fuerza misionera por esas pérdidas externas sólo puede crecer. Sólo si empieza a representar de nuevo lo que es, podrá llegar al oído de los nuevos paganos, que hasta ahora pueden vivir con la ilusión de que no lo son.
A los cristianos de hoy, les resulta impensable que el cristianismo, más concretamente la Iglesia católica, debe ser el único camino de salvación. Con ello, se ha convertido en cuestionable el carácter absoluto de la Iglesia y, por lo tanto, la exigencia de la misión. No podemos creer que el hombre que vemos junto a nosotros, que es un ser humano espléndido, servicial y bueno, vaya a ir al infierno sólo por no ser católico practicante. La idea de que todos los hombres buenos se salvan es ahora, para el cristiano normal, tan evidente, como antes lo era la convicción de lo contrario. El creyente se pregunta entonces un poco confuso: ¿Por qué lo tienen tan fácil los de afuera, cuando a nosotros se nos ponen las cosas tan difíciles? Se llega allí a percibir la fe como una carga, no como gracia.
Trato de responder a estos cristianos que sólo hay un camino de salvación, Cristo, que concierne al mundo entero, a los muchos (es decir, a todos), pero, al mismo tiempo, Él dejó claro que su lugar es la Iglesia… Pero Dios no divide a la Humanidad entre los pocos y los muchos, para arrojar a éstos a la fosa de desechos, y para salvar a aquéllos, sino que se sirve de los pocos como el punto de equilibrio de Arquímedes para elevar a los muchos hacia Él. Ambos tienen su camino de la salvación, que es diferente, sin romperse la unidad del camino. Uno puede entender esto sólo cuando comprende que la salvación del hombre reside en el hecho de que es amado por Dios, que su vida al final se encuentra en los brazos del amor infinito. Sin ello, queda vacío todo lo demás.
En contraposición a Cristo, todos somos indignos de salvación, ya seamos cristianos o no cristianos, creyentes o no creyentes, personas morales o inmorales. Nadie merece la salvación, salvo Cristo. Pero justamente aquí se produce un maravilloso intercambio. A la Humanidad entera le corresponde la reprobación; a Cristo, únicamente, la salvación, pero en un intercambio sagrado sucede lo contrario: Él toma sobre sí todo el mal y deja así libre para todos nosotros el lugar de salvación.
La cuestión de la salvación del hombre se plantea de forma errónea cuando se aborda desde abajo, como una cuestión de cómo las personas se justifican. La salvación del hombre no es cuestión de auto-justificación, sino una justificación por la gracia gratuita de Dios. Se trata de ver las cosas desde arriba. No hay dos maneras en que las personas se justifican, sino dos maneras en que Dios las escoge, y estos dos modos de elección por parte de Dios son un camino de salvación de Dios en Cristo y en su Iglesia, que se asienta en la relación de los pocos y los muchos, y la misión encomendada a los pocos de representación vicaria y extensión del propio Cristo.