Iglesia en vanguardia - Alfa y Omega

«El cardenal Carlo Maria Martini no nos ha dejado un testamento espiritual… Toda su herencia está en su vida y en su magisterio», decía, en el funeral, su sucesor al frente de la archidiócesis ambrosiana, el cardenal Angelo Scola. Pero el hecho es que ya ha quedado bautizada como el testamento del cardenal Martini la entrevista concedida por el arzobispo emérito de Milán al Corriere della Sera, tres semanas antes de su muerte, aunque no publicada hasta el día después de su fallecimiento. La respuesta a la última pregunta, en particular, ha hecho correr ríos de tinta: «La Iglesia se ha quedado atrás en 200 años». En otro momento, Martini habla de una Iglesia cansada y burocratizada en Europa y en América, triste, como el joven rico que no se atrevió a seguir a Jesús.

La imagen tópica queda apuntalada. Pero «el cardenal Martini es mucho más que la caricatura de intelectual enfadado con su Iglesia», que tantos medios de comunicación transmiten, ha escrito José Luis Restán, en Páginas Digital. Con sólo 52 años, «Juan Pablo II le eligió para regir una de las diócesis más importantes del mundo», aunque «no era un secreto que su visión de las cosas no era coincidente en varios aspectos con la de un Papa que, sin embargo, nunca dejó de confiar en él… Mucho se ha hablado también de su relación con Joseph Ratzinger», a quien profesaba sincera estima. «Les unía su condición intelectual, su pasión por el diálogo y su deseo de encontrar una reconciliación entre la Iglesia y lo mejor de la modernidad». Pero «mientras Martini cultivó sobre todo los debates éticos e institucionales y centró en ellos su batalla por la renovación de la Iglesia, Ratzinger siempre se apasionó por la naturaleza del acontecimiento cristiano y centró su mirada en la relación fe-razón como clave para una nueva modernidad que salvaguardase la razón y la libertad como camino hacia el futuro. Ambos reconocían que la Iglesia se puso a la defensiva en algunos temas a partir de la Ilustración y compartían la certeza de que esa ruta era estéril a la larga. Pero mientras Martini realizaba una lectura plomiza de los últimos doscientos años de vida eclesial, Ratzinger desarrollaba su tesis newmaniana de la renovación en la continuidad y reclamaba una apertura mutua y una purificación recíproca entre fe y razón moderna».

Dos días después, el 7 de septiembre, Restán actualizaba el artículo con una segunda entrega. El Corriere della Sera había preguntado al cardenal Camilo Ruini sobre el retraso de la Iglesia, según Martini. «Nunca he polemizado con él mientras estaba vivo, mucho menos lo haría ahora», aclaraba. Y añadía: «En mi opinión, hay que distinguir dos formas de distancia de la Iglesia de nuestro tiempo. Una es un verdadero retraso, debido a los límites y pecados de los hombres de Iglesia, en particular a la incapacidad de ver las oportunidades que se abren hoy para el Evangelio. La otra distancia es muy diversa. Es la distancia de Jesucristo y de su Evangelio, y en consecuencia de la Iglesia respecto a cualquier tiempo, incluido el nuestro, pero también aquél en el que vivió Jesús. Esta distancia debe existir, y nos llama a la conversión no sólo de las personas sino también de la cultura y de la historia. En este sentido, la Iglesia hoy no está atrasada, sino que va más por delante, porque en aquella conversión está la clave de un futuro bueno».

«No puede decirse de manera más precisa y elegante», afirma Restán: «La Iglesia tiene que dialogar con las culturas de cada tiempo…, pero tiene que estar dispuesta a pagar el precio por el testimonio de su irreductible novedad». Incluido el precio de ver caricaturizadas como retrógradas propuestas que, sin embargo, resultan ser las que verdaderamente responden a la necesidad y al deseo del ser humano.