No es verdad 811 - Alfa y Omega

¡Hay que ver la que le han montado a don José Ignacio Wert, ministro de Educación, Cultura y Deporte, en cuanto se ha conocido el borrador del Anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). Tanto que, en una interesante entrevista a ABC, ha dicho: «No disfruto para nada provocando. Y si he tenido falta de tacto, no tengo inconveniente en reconocerlo». El impulsor de esta enésima reforma educativa en España se muestra dispuesto a estudiar alternativas a su texto –a esto algunos le llaman recular–, pero siempre que garanticen el derecho a recibir enseñanza en castellano. Si un extraterrestre, medianamente lúcido, aterrizase por estos predios y viese lo que está ocurriendo con la lengua española en Cataluña, no saldría de su asombro. Con gran acierto, Edurne Uriarte acaba de escribir un artículo titulado La normalidad de la anormalidad, en el que mantiene la tesis de que, en España, nos hemos acostumbrado al incumplimiento de la Ley. Y los que no se acostumbran tienen miedo a las consecuencias, porque, y esto ya no lo dice ella sino que lo digo yo, aquí nunca pasa nada con los que incumplen la Ley. Bueno, depende, porque si quienes incumpliéramos la Ley fuéramos usted o yo, y se nos ocurriese, por ejemplo, no hacer la Declaración de la Renta, íbamos apañados. El director de La Vanguardia, de Barcelona, ha titulado recientemente un artículo así: La lengua une, no divide; a lo que más de cuatro le han respondido en las redes: «Sí, la española antes y también». Son muchos los ciudadanos españoles –cada día son más– que se preguntan, entre sorprendidos e indignados, ¿para qué cree el Gobierno que le han dado la mayoría absoluta? ¿Para rendirse ante cualquier amenaza más o menos talibán, sea etarra o sea separatista?

Concluidas las elecciones gallegas y catalanas, los etarras vuelven a lo suyo; de otra manera, pero a los suyo, y es mucha la gente, no sé si ilusa, o engañada, o que quiere dejarse engañar, que no quiere entender que el hecho de que los etarras utilicen otros medios y, en vez de pistolas, bombas y secuestros, tengan bastones de mando en Alcaldías y Actas de diputado en Parlamentos, los fines siguen siendo igual de perversos: que cambien la pistola por el escaño no significa que lo que andan buscando fuera antes malo y ahora es bueno. Insisto, el que quiera dejarse engañar allá él. ¿Han visto ustedes, estos días, la foto del carcelero de Ortega Lara, muy mejorado de aspecto, de paseo por los bares de Mondragón? La indignidad está alcanzando cotas verdaderamente intolerables. Esa foto era publicada el día en que se celebraba la Constitución. ¿Pero qué Constitución celebran si la violan y ridiculizan a diario? Volviendo a lo de la LOMCE, el diario El País, siempre tan atento con la Iglesia católica, ha titulado en Portada: Wert y la Iglesia negociaron con sigilo la Religión en la enseñanza. Hasta el más desavisado se pregunta ¿por qué le molestará tanto a El País que los padres tengan derecho a educar a sus hijos de acuerdo con sus propias convicciones? ¿Por qué será? Es evidente –y así lo acreditan los resultados de las más recientes encuestas sociológicas– que en España se siguen declarando católicos de un 60 % a un 70 % de españoles. Y se ponga El País como se ponga, esto es lo que hay. Algunos enseguida han sacado a titulares la palabra totalitarismo. En general, suelen hacerlo los más expertos en eso. Pasa como con lo del aborto, que yo no sé si ustedes se han dado cuenta, pero todos los que son partidarios del aborto están vivos. ¡Qué casualidad! Y el hecho de que algunos recurran a pretendidos argumentos de autoridad donde no los hay no cambia un ápice de lo que estoy diciendo. En temas discutibles como el de la inmersión lingüística, las personalidades de cualquier ámbito de la vida tienen todo el derecho a pensar y decir lo que crean oportuno; exactamente el mismo que yo a decir y pensar exactamente lo contrario. ¡Ah! Y por el BOE nos enteramos de los millones de euros que, en plena crisis económica y con 6 millones de parados, el Gobierno se digna otorgar generosamente a partidos, sindicatos y fundaciones. En esta España de hoy, las subvenciones sobran. Todas. Quienes las merezcan las deben tener, pero a través de la dignidad y del sentido común, no del dedo. A este paso, va a haber que pagar hasta por respirar.