«Es de justicia que la Iglesia, en todo momento y en todas partes, pueda predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina sobre la sociedad, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y pronunciar su juicio moral sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y sólo aquellos medios conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y de situaciones» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 76).
«La fe cristiana no debe ser confundida con ninguna ideología. Sin desconocer que las limitaciones humanas y, a veces, el apasionamiento pueden alterar la serenidad del juicio, hay que tener presente que la denuncia profética de los pecados es siempre molesta, y con frecuencia no se acepta con la humildad y la actitud de conversión que cabría esperar. Tengan todos presente que el silencio por falsa prudencia, por comodidad, o por miedo a posibles reacciones adversas, nos convertiría en cómplices de los pecados ajenos. La denuncia de los pecados sociales, hecha con espíritu evangélico, con sana independencia y con verdad, contribuye a liberar a la sociedad de todas aquellas lacras que la envilecen y corroen en sus más sólidos fundamentos…» (Declaración del Episcopado Español La Iglesia y la Comunidad política, 23 de enero de 1973).
Ha llovido lo suyo desde el Concilio Vaticano II y desde el 23 de enero de 1973, pero los dos textos arriba citados vienen como anillo al dedo para la crecientemente miserable situación española de corrupción. Échenle un vistazo a la viñeta que ilustra este comentario. El humorista Ricardo ha pintado, en El Mundo, un árbol frondoso del que cuelgan, como frutos, chorizos, y dos españolitos paseantes comentan: En España nunca pasaremos hambre, porque los chorizos crecen hasta en los árboles. Si los políticos no tuvieran capacidad de intervenir en asuntos económicos (concesión de licencias de construcción, etc.), no habría corrupción; y, si quienes denuncian la corrupción, exhibieran pruebas y fuentes, no habría corrupción. Y, si los que ejercen la nobilísima función de administrar Justicia la administraran como es debido, no habría corrupción. Y, si los que promulgan leyes -esas leyes que son las que dicen que aplican los jueces- las cambiaran cuanto antes y promulgaran otras más dignas de ser llamadas leyes, no habría corrupción. Y, si no se corrompieran los de arriba, los de abajo no se animarían a corromperse.
La corrupción no se combate con hermosos discursos, llenos de dignidad y de palabras grandilocuentes. Si, no ahora, sino cuando comenzó esta legislatura, en vez de silenciar el caso Faisán, el Gobierno de Rajoy lo hubiera llevado a la Fiscalía General del Estado, con todas sus consecuencias, ahora otro gallo nos cantaría. Si lo mismo hubiera pasado con los ERES de Andalucía y con el caso Pepiño y con tantos otros casos que ustedes y yo nos sabemos de memoria –por desgracia–, otro gallo nos cantaría, a estas alturas de la película. Y, si Rubalcaba se aplicara a sí mismo la receta que cínicamente exhibe, otro gallo le cantaría también a él, a su partido y a todos los españoles. Si la petición de dimisión de Rajoy que ha exhibido la hubiera hecho a continuación de la petición de dimisión de Chaves, de Bono, de Griñán, alguien podría creerle alguna palabra de las que dice. La voluntad de acabar con la corrupción no puede convertirse en un pim, pam, pum, en un arma arrojadiza de unos contra otros y del y tú más… O es de todos, de una vez, o estamos perdiendo el tiempo.
Hay un par de preguntas o tres que son la brújula para saber a qué atenerse, en medio de este carnaval de corrupción: toda esta exhibición de basura, ¿cui prodest?; es decir, ¿quién saca algún provecho de ella? Segunda pregunta: ¿por qué esto sale precisamente ahora, con la que está cayendo y hace pasar a segundo término y prácticamente a que nadie se fije en ello sentencias como la que ha absuelto al impune abortista Morín, con su alucinante tinglado de trituradoras y licuadoras, o todo el escándalo de los Pujol y Mas en Cataluña, o esa oportunísima urgencia del Gobierno vasco para que las Fuerzas de Seguridad se vayan de su territorio. Interesa más Bárcenas, ¿verdad?