Un ser humano ha sido clonado en Oregón, y ABC recibía la noticia con esta advertencia: «No es admisible la degradación del ser humano hasta convertirlo en simple material de laboratorio». No es cuestión de credos. «Es la ética ilustrada la que exige que el hombre sea tratado siempre como un fin en sí mismo».
José María Izquierdo lanzaba, en la Cadena Ser, un anatema contra este diario, por no celebrar los avances de la ciencia: «La primera reacción de nuestros chicos es poner pies en pared. Y digo yo, ¿no podían alegrarse primero por las buenas cosas que puede traer este avance para la Humanidad y largarnos el sermón después?». Aquí nadie pretende clonar seres humanos, sino curar enfermedades, así que hay que aplaudir este «gran salto para la Medicina regenerativa» y «seguir avanzando por ese prometedor camino», editorializaba El País.
Primera trampa en el lenguaje. «Se mire como se mire, se trata de clonación humana», explica el catedrático de Genética Nicolás Jouvé de la Barreda en Paginasdigital. Ponerle el adjetivo de terapéutica significa que los embriones creados son destruidos al cabo de unos días, tras extraerles células madre.
Vista así, la cosa está muy clara. Pero medios de comunicación que se posicionan contra la investigación con humanos no ofrecen después esa misma claridad en sus análisis e informaciones. En La Razón, se lee que el objetivo de los investigadores de Oregón «no es clonar seres humanos, pero aun así este logro científico deja mucho espacio a la imaginación, y sobre todo a la ciencia ficción». A eso se reduce el problema. El experimento en sí es «un hito que llena de esperanza a muchos enfermos» y «ayudará a crear tratamientos adecuados para combatir enfermedades coronarias, el párkinson o los daños derivados de lesiones en la médula espinal».
«Para usted, ¿el embrión obtenido es una vida humana?», pregunta ABC a Mónica López Barahona. «Es una vida humana, pero no sólo para mí. Es un hecho objetivo científico», responde la directora de la Cátedra de Bioética Jérôme Lejeune.
Nueva pregunta: «Hay gente que ve en este hito una esperanza para diversas enfermedades. ¿Qué les diría usted?». –«Que no hay fundamento científico alguno. Hasta la fecha, no hay ningún ensayo clínico en marcha con células madre embrionarias y hay más de 4.000 con células madre adultas. Las células troncales embrionarias han mostrado no ser útiles para terapias regenerativas, o de otra índole, por los efectos secundarios que han desarrollado en modelos animales, generando tumores muy agresivos».
Y están las células IPS, con las mismas propiedades de las células madre embrionarias, pero obtenidas de la piel del paciente. Shinya Yamanaka llegó a ese hallazgo –recuerda Jouvé– tras darse cuenta de que, entre el embrión de su experimento, y sus propias hijas, «hay poca diferencia». Y encontró alternativas que hacen innecesario destruir embriones.
Ni todo puede valer en ciencia, ni la ciencia lo puede todo. El Mundo ha entrevistado al científico británico Rupert Sheldrake, autor de El espejismo de la ciencia, censurado por importantes sectores de su gremio, por criticar lo que él llama «el credo científico», un nuevo fundamentalismo que convierte «la ciencia en un dogma». «Hay quienes han convertido la ciencia en un dogma para justificar su ateísmo», afirma Sheldrake, que denuncia que los científicos «viven en un ambiente muy opresivo», y temen «decir algo muy comprometido que les arruine la carrera». «Pero no dejo de soñar con el día de la liberación de la ciencia de los correajes del dogma. Creo que a partir de ese momento se produciría no sólo un renacimiento científico, sino un auténtico renacimiento cultural», concluye.