No es verdad 873 - Alfa y Omega

Sí, todo parece indicar que vivimos en un mundo regido no por los principios, sino por los intereses; tiene razón El Roto, en la viñeta que ilustra este comentario. Y no sólo en España; también en esa Europa que cacarea principios a diestro y siniestro, pero que en realidad se rige por intereses. Basta ver lo que está pasando en Ucrania, donde si algo ha quedado claro es que, una vez más, se cumple el viejo refrán castellano con su perenne sabiduría de siglos: Una cosa es predicar y otra dar trigo. Europa ha dejado hacer en Crimea, ha dejado pudrir la situación y ahora pretende arreglarlo con reuniones. Los más lúcidos observadores y analistas se preguntan ya a quién le toca después de Crimea y hablan de nostalgias soviéticas, mientras comentan que los resultados del referéndum en Crimea pueden generar un efecto dominó. Y quien dice Europa dice Estados Unidos, donde un Obama pasota mira abiertamente hacia otro lado.

En nuestra querida España, lo de los intereses, en vez de principios, es ya clamoroso: hay jueces estrella que son todo menos jueces; hay tribunales que de tribunales sólo tienen el nombre, y hay leyes que están allí, pero como si no estuvieran. Las leyes están para cumplirlas, y en el ordenamiento jurídico vigente están las normas para cambiar las leyes que haya que cambiar. Todo lo que no sea eso ni tiene que ver con la democracia, ni tiene que ver con los principios, sino con los intereses y con el totalitarismo. Está muy bien la firmeza fulminante con un Teniente Coronel de la Guardia Civil, pero no se entiende, en absoluto, por qué misteriosas razones un presidente de una Comunidad Autónoma que no obedece las leyes ni las sentencias de los Tribunales y que, un día tras otro, actúa en contra de la Constitución, sigue en su puesto y no es declarado como poco persona non grata en una nación que detesta. Tampoco se entiende, por muchas ganas que se tengan de querer entender, a qué está esperando el Gobierno de la nación para parar los pies a tanto insensato que recurre impunemente a la política de hechos consumados sin que aquí pase nada. ¿Qué clase de oscuros tejemanejes hacen posible todo esto? Jesús Lainz acaba de publicar, en Ediciones Encuentro, un libro de título buscadamente provocativo: España contra Cataluña, en el que escribe: «Artur Mas ha confirmado esta curiosa regionalización de virtudes y defectos inalterables en el tiempo, como si se tratase de un imperativo espiritual o una emanación telúrica». Y el historiador e hispanista francés Joseph Pérez acaba de declarar, a ABC: «Creo que los catalanes se están exaltando mucho. No entiendo por qué Cataluña puede sentirse hoy discriminada. Nunca ha tenido tanta autonomía como ahora».

El arzobispo Jorge Bergoglio, hoy Papa Francisco, en un mensaje que dirigió a las comunidades educativas de Buenos Aires, en la Pascua de 2002, reflexionaba así: «Somos personas históricas. Vivimos en el tiempo y en el espacio. Cada generación necesita de las anteriores y se debe a las que las siguen. Y eso, en gran medida, es ser una nación: entenderse como continuadores de la tarea de otros hombres y mujeres que ya dieron lo suyo, y como constructores de un ámbito común, de una casa, para los que vendrán después».

Con motivo de cumplirse el décimo aniversario del trágico 11M, el juez Gómez Bermúdez, Presidente del Tribunal que juzgó el mayor atentado de la historia de España, declaró: «Podríamos pensar que alguien les dio la idea. No lo indagamos». Y se queda tan fresco. ¿Qué pasa, que no había que indagar quién ideó el atentado? Un juicio así ¿puede considerarse cerrado y archivado, mientras los condenados ya andan sueltos y libres por la calle?

Mientras tanto, Le Figaro Magazine ha dedicado uno de sus más recientes números al tema: Francs-Maçons. La grande offensive, y denuncia minuciosamente el plan de esa ofensiva de los masones sobre cuestiones tan decisivas como la laicidad y la eutanasia. A este fin, han creado eso que hoy se llama un think tank, un equipo de pensamiento, cuyas consecuencias comenzaremos todos a comprobar y sufrir próximamente. Es el llamado vértigo de la libertad, esa patología extendidísima según la cual la libertad es posible sin responsabilidad, algo así como la cuadratura del círculo. La corrupción no está sólo en la política; pero, si desde el poder es tolerada impunemente, acaba por legitimar la corrupción general, con la inestimable ayuda de la narcotización televisada, o de la red en la que todos acaban, antes o después, pescados.