Y después del primer anuncio, ¿qué? - Alfa y Omega

Interesante pregunta, y, aunque parezca mentira, tal vez la pregunta que más inquieta hoy a la Iglesia, si convenimos que esta no vive para defenderse a sí misma ante el secularismo ni para pretender ocupar un lugar socialmente predominante por su influencia cultural, mediática y política, sino que vive solo y únicamente para evangelizar. 

La pregunta en cuestión ha tenido recientemente en vilo a 120 delegados episcopales de prácticamente todas las diócesis españolas acompañados por algunos obispos, miembros de la comisión dedicada al primer anuncio, la catequesis y el catecumenado de la Conferencia Episcopal Española. El punto de partida estaba claro, pues viene reiterándose desde la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de san Pablo VI hasta la Evangelii gaudium del Papa Francisco, que el Papa León XIV considera que hoy sigue siendo la hoja de ruta de la misión de la Iglesia.

Fue san Pablo VI quien enumeró las etapas del proceso evangelizador: la preevangelización (que predispone); el primer anuncio del kerigma cristiano (porque, como decía san Pablo, «la fe entra por el oído»); el proceso de la iniciación cristiana (jalonado por la catequesis de iniciación y la recepción de los tres sacramentos de la iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucaristía) y, ya por último, para los cristianos hechos y derechos, el cuidado pastoral. 

Pero hoy, cuando a la Iglesia, además de los cercanos (que en una sociedad postsecular como la nuestra siempre tenemos un pie dentro y un pie fuera), acuden tanto alejados como lejanos de la fe, ávidos de encontrar un sentido de la vida, las etapas descritas por san Pablo VI se tambalean, con tantos bautizados que jamás recibieron el primer anuncio y para quienes la iniciación cristiana no fue vitalmente significativa, y con tantos no bautizados que lo reciben «a su manera» y no encuentran un sosegado proceso de conversión, sino una conversión maltrecha, sacudida por experiencias espectaculares, fútiles y, a la postre, insignificantes. 

Por eso el Papa Francisco advirtió que el primer anuncio no termina al comenzar la iniciación cristiana, sino que debe reiterarse permanentemente; y el Directorio para la Catequesis de 2020, que la distinción temporal de aquellas etapas se diluye, pues siendo etapas constitutivas, no siempre se sobrevienen. Reconocimiento que ha dado lugar a todo tipo de malas prácticas, que olvidan la decisión del Concilio Vaticano II de restaurar el antiguo catecumenado de adultos para los no bautizados, lo que se hizo con la publicación del RICA (Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos), que a la vez serviría como modelo inspirador tanto de la iniciación cristiana de niños y jóvenes como de una memoria de aquella iniciación de los adultos que la pasaron sin pena ni gloria. 

¿Y en qué consiste este error? En eludir la etapa de la iniciación cristiana, proponiendo un salto entre un primer anuncio a veces incierto e inacabado y la formación de una milicia de conversos, a la que se invita a un sinfín de despropósitos. Primero, a apartarse del mundo, identificado como ese mundo incrédulo en el que antes vivían, para refugiarse bajo el calor de lo que el Papa Francisco llamaba los grupos estufa, donde «autosalvarse» y renunciar a tender puentes y a reconocer aquellos signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos habla. 

Segundo, a ponerse la armadura y desenvainar la espada, para entablar una nueva cruzada contra todos lo que no piensen como nosotros, para recuperar una cristiandad no solo inviable, sino, además, poco cristiana.

Tercero, sobre todo si han participado en uno de esos fines de semana de impacto emocional, cuando no de persuasión coercitiva, a hacerse «servidores»; es decir, a organizar otros retiros y dar su testimonio a sus participantes. Son métodos que necesitan vigilancia y revisión, y «servidores» a los que no se les ha servido ese gran tesoro que es el catecumenado, lugar de acogida del don de la Palabra y de los sacramentos, vivido en la calma, sin sobresaltos, de un proceso de discernimiento en libertad.

Cuarto, a recorrer el «tour de las emociones espirituales» para «cargar las pilas» (siempre de duración limitada), que van de aparición en aparición, de sanación en sanación, o, sobre todo con los jóvenes, de concierto-adoración en subidón lacrimógeno, eso sí, en grandes estadios deportivos solo accesibles a una élite social. Propuestas emocionales que, aun vividas en concentraciones masivas, son profundamente individualistas y van unidas a una deformación de la exposición eucarística, convertida en el espectáculo por el que hincarse de rodillas procura un tipo de intensa sensación que hace insignificante la misma celebración eucarística, que es el lugar donde el Señor nos habla y nos alimenta.    

Y después del primer anuncio, ¿qué? José Rico Pavés, presidente de la Comisión Episcopal para la Evangelización, Catequesis y Catecumenado de la CEE, lo dijo en las mencionadas jornadas con claridad meridiana, inspirándose en san Idelfonso de Toledo: el encuentro con Cristo no se percibe de luz en luz, o de emoción en emoción, sino en el espesor de la nube y en los tropiezos del camino.