Los tres últimos años, durante las vacaciones de Navidad, hemos tenido plan de circo en familia. Mis hijas disfrutan del espectáculo que el Circo Gottani instala en el barrio con sus majestuosos elefantes. Cinco ejemplares imponentes cuyas dimensiones ocupan prácticamente toda la arena. Al frente del show, el domador Joey Gärtner, cuarta generación de una familia circense. El número que ofrece es familiar y sincronizado. Sus mujer y sus cuatro hijos (de entre 18 y 11 años) participan en una perfecta combinación de fuerza animal y acrobacia juvenil. Los espectadores hemos visto crecer en estatura y destreza a esos chicos rodeados de elefantes. Asombraba ver cómo ya el primer año, uno de los paquidermos le enrollaba en su trompa y le subía a sus lomos. Todos participaban en esa gran montaña de elefantes, coronada por el pequeño de los Gärtner.

El otro día, de camino al colegio con mis hijas, les conté que uno de esos elefantes había muerto. Se quedaron impactadas. Y eso que no vieron las imágenes que han dado la vuelta al mundo. Joey el domador conducía el camión por una autovía, a la altura de Albacete. Terminaba una maniobra de adelantamiento cuando se le cayeron los elefantes. Dana murió, los otros cuatro resultaron heridos. La imagen que ven de una de ellos sangrando, aturdida como sus compañeras en el campo junto a la carretera, es impactante. La de cómo retiraban a Dana con una grúa era aún más fuerte. Se da la casualidad que la fallecida nació en el circo, como Joey, y ambos han compartido toda la vida. 48 años. El domador está hundido. No se perdona no haber podido salvar a una de «sus hijas», como habitualmente se refería a las elefantas.

En los tres años que he ido a ese circo, siempre me he encontrado una manifestación de animalistas a las puertas, con megáfono y pancartas no poco ofensivas. Desde luego, para los padres que –en el ejercicio de nuestra libertad– decidimos llevar a nuestros hijos allí no es agradable encontrarlos en la puerta. Uno de esos años, en la valla del circo, se podían leer pintadas muy agresivas contra sus trabajadores. Las hicieron los mismos vándalos que esa misma noche pintaron con espray a un Cristo de la parroquia del barrio, en cuya fachada dejaron la frase: «La única Iglesia que brilla es la que arde». Juzguen quiénes son los animales. Respeto profundamente a quienes no vean con buenos ojos la cría de animales en los circos y no en su hábitat, pero pierden todo el sentido cuando descargan con odio sus ataques hacia quienes no piensan igual.

Insisten todas las crónicas de estos días en llamarlo «espectáculo anacrónico». Quizás sea porque en mi niñez me gustaba la película de Dumbo, pero no considero el circo con animales como algo del pasado que perdura en nuestros días. Cierto es que está prohibido en muchos lugares y que hay circos sin animales, aunque para mi gusto han perdido parte de su esencia, como si le quitan los payasos. Lo que yo creo de otros tiempos es el ansia de prohibir, y veo más de hoy en día la capacidad de establecer mecanismos de control y supervisión para evitar el maltrato animal. A lo peor el anacrónico soy yo, pero el próximo invierno, si vuelve el Gottani, llevaré a mi familia a ver cómo está la familia Gärtner y sus elefantas.

Pedro J. Rabadán