Un reto impresionante

Carlos Escribano Subías
Estamos llamados a descubrir a Cristo en los pobres, a prestarles nuestra voz…

El Evangelio de la solemnidad del Corpus Christi nos ofrece unos intensos versículos del llamado discurso del Pan de vida (Jn 6). Jesús hace una propuesta novedosa, sobrecogedora y aparentemente incompresible al tomar la palabra en la sinagoga de Cafarnaúm. Les hablaba entonces, y nos recuerda ahora, que para tener vida realmente es necesario comer su Cuerpo y beber su Sangre. Es fácil comprender la reacción de extrañeza y rechazo que esta propuesta recibe en el ánimo de los judíos. Nosotros, cristianos de cultura, podemos intuir y entender, después de veinte siglos de cristianismo, a qué se refiere. Sus contemporáneos, difícilmente.

Creo que ahí está el quid de la cuestión. El desconcierto de sus interlocutores en Cafarnaúm, contagió a muchos de sus incipientes discípulos y puede afectarnos hoy a nosotros. La fiesta del Corpus nos sitúa ante el misterio de la donación de Cristo en el misterio de la Eucaristía y la recepción por parte del creyente del mismo. Jesús, en sus palabras, vincula la importancia de comprender dicho misterio a cuestiones fundamentales: comer su Cuerpo y beber su Sangre, nos permite tener vida plena o alcanzar la vida eterna en la resurrección final. Nos mueve a vivir en Cristo y ¡¡¡a que Cristo viva en nosotros!!! El reto que Jesús nos propone es impresionante. Entenderlo y hacerlo vida nos ayuda a afrontar de forma nueva y auténtica lo que significa ser discípulos de Cristo.

Al celebrar la entrega sin límites del Señor Jesús, que se nos da totalmente en la Eucaristía, es fácil que nuestro corazón sienta la necesidad de compartir lo que tenemos y de vivir en una creciente actitud de servicio, especialmente hacia los más necesitados, los que menos tienen. Por eso, la fiesta de Corpus está íntimamente unida con el día de Cáritas. El ejemplo de Jesús es muy elocuente: el Señor se da a sí mismo. Nos introduce en una nueva pedagogía del don: cuando Dios nos invita a dar algo a los demás, nos pide que sea digno del que da y del que recibe. Dios nos da a su propio Hijo, nada más y nada menos. ¿Qué estoy yo dispuesto a dar? ¿Me conformo con dar cosas, o me doy a mí mismo?

El pan y el vino, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que son alimento para el camino, se hacen pan partido y compartido para todos. En este día en el que la Iglesia celebra el Día de la Caridad, las Cáritas diocesanas y parroquiales están llamadas a dar testimonio de la caridad, por amor a Jesucristo, a todos los seres humanos necesitados, especialmente a los más empobrecidos. Y nosotros con ellas.

Las palabras de Jesús en este Evangelio nos ayudan comprender uno de los misterios más apasionantes y vivificantes de nuestra fe. Pero no son palabras que nos alejan de la realidad, o de los hermanos. Al contrario, muchos santos nos enseñan que a Cristo, a Quien conocemos en la Eucaristía, es el mismo a Quien servimos en los hermanos. Nos lo recuerda también el Papa Francisco: «Los pobres tienen mucho que enseñarnos. (…) Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Evangelii gaudium, 198). Buena enseñanza para comenzar a aplicar en este día del Corpus Christi.

+ Carlos Escribano Subías
obispo de Teruel y Albarracín


Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Disputaban entonces los judíos entre sí:

«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

«Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre».

Juan 6, 51-58