Quien pierda su vida por mí, la encontrará - Alfa y Omega

Quien pierda su vida por mí, la encontrará

13º domingo del tiempo ordinario / Mateo 10, 37-42

María Teresa Comba, CRSD
Simón de Cirene y Jesús en este grabado del vía crucis de Nuestra Señora de la Asunción en Villamelendro de Valdavia (Palencia).
Simón de Cirene y Jesús en este grabado del vía crucis de Nuestra Señora de la Asunción en Villamelendro de Valdavia (Palencia). Foto: Wikimedia Commons / Valdavia.

Evangelio: Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Comentario

Este texto del Evangelio de hoy es el final de un discurso de Jesús de envío a los doce apóstoles a evangelizar, en el que les daba instrucciones para el camino: «Id y proclamad que ha llegado el Reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis». Este es el contexto: Dios nos ha elegido y desea que esto se traduzca en ofrecer sanación, cuidar a leprosos, amar a la gente para que salgan sus angustias (demonios). Pero no va a ser tarea fácil.

Comienza nuestro fragmento con unos dichos de Jesús algo desconcertantes. Podemos preguntarnos: ¿es que para seguir a Jesús hay que abandonar o desatender a los seres queridos? Mateo, que ha estudiado bien las Escrituras, conoce el importante mandato de honrar a los padres. Mateo valora profundamente a la familia. A lo que se refiere aquí es a situaciones de conflicto entre la familia y el Evangelio. Refleja la situación de crisis y conflicto social que generó el cristianismo primitivo. Acoger las enseñanzas de Jesús podía no resultar sencillo para las familias, por la inseguridad de esta doctrina incipiente o por el miedo a perder miembros, cuando se convertían en discípulos itinerantes, partiendo lejos para seguir a Jesús y predicar su Evangelio. En una sociedad en la cual la familia extensa era el espacio de confianza, de apoyo personal e incluso económico, abandonarlo era poner la vida en riesgo. De ahí que la expresión «cargar con la propia cruz» significaba tanto seguir a Jesús, hasta incluso llegar a su propia muerte, como afrontar cualquier tipo de tribulación que pudiera aparecer a causa de su seguimiento, debido a la hostilidad del entorno. Quien se atemorice en los conflictos y reniegue de Jesús para encontrar su vida, no pasará el juicio y por lo tanto perderá la vida (eterna). No se trata de buscar el martirio por buscarlo, ya que Mateo también afirma «cuando os persigan en una ciudad, huid a otra» (10.23), sino de seguir con confianza al Maestro y anunciar la Buena Noticia.

En la segunda parte del texto, referida a la hospitalidad hacia los discípulos, podemos preguntarnos: ¿a quién va dirigido? En el inicio de su discurso, Jesús envía a los Doce; pero aquí, parece que se amplía a un grupo más grande de discípulos: profetas, justos y «pequeños», es decir a todos los discípulos y discípulas itinerantes que, en aquella época, seguían a Jesús. El «vosotros» al que se viene dirigiendo Cristo, ahora se traduce también por «pequeños». Este término se refería en el judaísmo a los socialmente vulnerables, a los inmaduros o a los piadosos, pero en el cristianismo primitivo se refiere a los cristianos ordinarios e irrelevantes. Jesús siente una especial predilección por ellos, como vemos reflejado en el capítulo 9 de Marcos, cuando dice: «El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen una piedra de molino y lo echasen al mar». Mateo los sitúa en el mismo nivel que otros cristianos más relevantes, como los profetas y los justos; y quien los acoja bien tendrá su recompensa. Para Cristo, todos los cristianos estamos invitados a participar de la tarea misionera de la Iglesia y con el mismo valor. Una noción cercana y fraterna de la comunidad cristiana: todos, discípulos itinerantes o sedentarios, profetas, justos o pequeños llamados a vivir y proclamar con gozo el Evangelio.