El arte de no arrancar demasiado pronto - Alfa y Omega

El arte de no arrancar demasiado pronto

16º Domingo del tiempo ordinario / Mateo 13, 24-43

Sara de la Torre
'Los cosechadores' de Pieter Brueghel, el Joven. Colección privada.
Los cosechadores de Pieter Brueghel, el Joven. Colección privada.

Evangelio: Mateo 13, 24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas». 

Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta». Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».

Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo». Él les contestó: 

«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Comentario

Hay una pregunta que atraviesa toda la parábola del trigo y la cizaña y que, quizás, también atraviesa nuestra vida: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». Es la pregunta de quienes no soportan la mezcla, la imperfección, la espera. También es la nuestra cuando vemos el mal en el mundo, en los demás o, más incómodamente, dentro de nosotros mismos.

La respuesta de Jesús desconcierta: «No». No porque el mal sea indiferente para Dios, sino porque conoce mejor que nosotros el corazón humano. Sabe que el trigo y la cizaña crecen tan juntos que un exceso de celo puede terminar destruyendo aquello mismo que pretendía salvar. La paciencia, en el Evangelio, nunca es pasividad; es una forma profunda de sabiduría.

Quizá el primer error sea leer esta parábola pensando únicamente en los demás. Es fácil identificar la cizaña ajena; mucho más difícil reconocer la propia. Sin embargo, el campo del que habla Jesús también puede ser nuestro corazón. En él crecen la generosidad y el egoísmo, la confianza y el miedo, el deseo sincero de amar y las heridas que todavía no hemos aprendido a entregar a Dios.

Lo sorprendente es que Jesús no nos invita a vivir obsesionados arrancando cada imperfección. Antes nos enseña a mirar. A discernir. Porque no todo lo que parece trigo lo es, y no todo lo que hoy juzgamos como fracaso terminará siendo estéril. Hay procesos interiores que necesitan tiempo, personas que florecen lentamente y heridas que solo el encuentro con Cristo puede transformar.

Por eso la parábola tiene mucho que decir no como un ejercicio de escrúpulo, sino como una escuela de verdad. La tradición espiritual comienza siempre por el agradecimiento: reconocer el trigo que Dios ha sembrado y que, muchas veces, nosotros mismos dejamos de valorar. Solo quien descubre el bien recibido puede mirar después su fragilidad sin desesperarse.

Entonces aparece la cizaña. No para alimentar la culpa, sino para ponerla delante del Señor. Él nunca se escandaliza de nuestra pobreza. Conoce nuestras contradicciones mejor que nosotros y, aun así, sigue apostando por el trigo. 

Vivimos, además, en una cultura que premia los juicios rápidos. Etiquetamos personas, cancelamos historias y decidimos demasiado pronto quién merece una nueva oportunidad. Jesús propone exactamente lo contrario. Él no adelanta la cosecha. Espera. Confía. Da tiempo a la conversión. Solo Dios puede juzgar porque solo Él conoce toda la historia de una vida.

Y es que la parábola tampoco nos invita a encerrarnos en una espiritualidad cómoda, sino a vivir en una «esperanza activa». León XIV recordó en su reciente visita a Madrid que la fe debe entrar en la historia, dialogar con la cultura y cuidar la dignidad de cada persona, especialmente de quienes viven situaciones de fragilidad. Una llamada a no vivir desde el miedo, sino desde la confianza: no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo. Porque el Evangelio no se anuncia desde la distancia, sino desde la cercanía; no arrancando personas, sino ayudando a que el trigo escondido en cada vida pueda crecer y dar fruto.

Tal vez el verdadero milagro de esta parábola no sea que un día desaparezca la cizaña, sino que Dios nunca deje de cuidar el trigo. Porque el Señor no nos mira por lo peor que hemos hecho, sino por el fruto que todavía podemos llegar a dar.