Venid a mí y yo os aliviaré - Alfa y Omega

Venid a mí y yo os aliviaré

14º Domingo de tiempo ordinario / Mateo 11, 25-30

María Yela
'Toda la ciudad se congregó ante su puerta', de James Tissot. Museo de Brooklyn (EE. UU.).
Toda la ciudad se congregó ante su puerta, de James Tissot. Museo de Brooklyn (EE. UU.).

Evangelio: Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Comentario

Nos encontramos con un texto muy cercano y profundo. Dios quiere ser encontrado y quiere transformarnos. Porque nos ama. Reflexionemos sobre las propuestas del fragmento del Evangelio de este domingo para extraer de ellas ese alivio y esa fuerza que contienen y seguir adelante en nuestro caminar. ¿Somos conscientes de lo que nos revelan, de lo que Dios pone en nuestras manos, de lo que nos da a conocer? No se trata de abrirnos a un dios mágico, resuelvelotodo. En nuestra búsqueda se mezclan al mismo tiempo fragilidad, misterio, preguntas, desconcierto, con impulso, sentido, fuerza, fraternidad, gratitud, anhelo.

¿Dónde buscarle? ¿Dónde encontrarle? ¿Cómo seguirle? ¿Qué me acerca a Dios? ¿Qué me acerca a mí mismo, a mi coherencia? ¿Y qué me aleja en el día a día de Dios, de mí, de mis cercanos? El Evangelio indica que Él revela su luz a la gente sencilla. Al que se abre y no es prepotente. Nos ofrece su arropo y llena de sentido nuestras vidas, pero ¿por qué a nosotros, por qué a mí? Tenemos cerca a un montón de personas buenas que no conocen o no reconocen a Dios. Y que sienten cierta liberación, tachándonos de ingenuos, sumisos y supersticiosos.

¿Por qué cuando encajamos la presencia de Dios en nuestra vida y optamos por Él, sentimos alivio, como indica esta cita de Mateo? ¿Necesitamos a Dios? Él lo resume todo en amar, perdonar, sumar. ¿Cómo lo descubrimos? ¿Como salvador, como fuente de agradecimiento y colaboración para hacer un mundo mejor? ¿Cómo es nuestra fe: desnuda, confiada, alegre, demandante, vehemente? ¿Cómo conocerle en medio de tantas descalificaciones y agobios vividos cada jornada? Él nos indica que caminemos entre nuestros iguales, ¡a quienes llama nuestros hermanos!, para encontrarle y encontrarnos. Nos convertimos así en parte de la vida de otros, descubriendo que tras las inquietudes existen salidas y soluciones, y relativizamos angustias. Y cuando aliviamos a alguna persona con nuestro apoyo, incluso desde nuestra fragilidad, nuestra vida se transforma y avanzamos internamente. Creamos comunión. Ese cambio interno no es pasivo, es participación y suma en la evolución de la casa que compartimos con otros, como otros nos enseñaron también, y como otros siguen sembrando en nosotros. Ello nos acerca más a Dios, más al prójimo, más a nosotros mismos, cuidando nuestra interioridad.

El Padre, que pone en nuestras manos esos encuentros de colaboración, nos anima a reservar momentos de quietud y oración, momentos de contacto con la creación, nos impulsa a ser instrumentos suyos, a afrontar aquellos obstáculos que nos vamos encontrando, con ánimo y ponerlos en sus manos, percibiendo que la carga es llevadera. Aunque pesa. También fue carga para Jesús, que lloró y preguntó. Pero confió. La fe ayuda a seguir cuando no entendemos, cuando estamos muy cansados y acudimos a compartir nuestros desgarros. Demos sentido a la intemperie de hoy, a nuestras preocupaciones. Sepamos dónde poner nuestros afanes y respondamos a esta llamada para cuidarnos y cuidar, para ser luz y levantarnos como hizo Lázaro siguiendo adelante. Unamos nuestra voluntad a la suya.

El Evangelio de hoy comienza con la exclamación de Jesús alabando al Padre y poniendo todo, todo, todo en Sus manos, sabiendo que Él las pone en las nuestras. Que podamos hacerlo nosotros también, acudiendo a Él con nuestro pesar unas veces y nuestro gozo, otras. Él nos invita a hacerlo. Recorramos con Él nuestro camino. Paso a paso. Y ahora también con León XIV. Ahondemos en las pautas que nos compartió estos días. Pudimos escucharle junto a personas que están internas en diferentes prisiones. La cárcel es un lugar que suele despertar los mayores interrogantes que nos hacemos los humanos: ¿para qué vivimos y para qué deseo vivir? ¿Qué estoy haciendo de mi vida? ¿a quién he dañado y a quién he aportado algo positivo? ¿Cómo deseo reconstruir mi vida de ahora en adelante?