«Un hombre que se hacía querer»

Colaborador

En Marzo de 1992, dos meses antes de la Beatificación del Fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer, entrevisté a su primer sucesor, monseñor Álvaro del Portillo, su mejor colaborador a lo largo de 46 años. Le pregunté, para empezar, qué destacaría de la personalidad humana del nuevo Beato, al que había tratado tan de cerca, con el que tantas situaciones difíciles había vivido, para sacar adelante, contra viento y marea, esa Obra de Dios en la tierra.

Sin dudarlo un instante, me respondió: «Era muy simpático. Un hombre que se hacía querer porque sabía querer». De los rasgos sobrenaturales no le resultaba fácil resumir en una sola pincelada la santidad de una vida, que arrancaba de un amor a Dios sin límites y, como consecuencia, de un empeño incansable por cumplir la misión que le había confiado. Al filo de estas ideas, me vienen a la memoria momentos inolvidables en los que tuve la suerte de tratar al Beato Josemaría, y de captar un poco de su personalidad extraordinaria que a nadie dejaba indiferente. Recuerdo ahora, quizás porque se lo escuché en distintas ocasiones, un consejo sorprendente: « Sé humano, nos repetía, que es la única forma de ser divino». No era, ni de lejos, una frase hecha. Nadie se acordaría de esas palabras si su propia vida no hubiese estado marcada por ese enfoque.

El núcleo de lo que Dios le había inspirado el 2 de Octubre de 1928, difundir la santidad en medio mundo, lo transmitía con hondura y con firmeza, pero con tal sencillez que resultaba un programa asequible y muy atractivo. Con un quiebro poético decía que « teníamos que convertir la prosa diaria en verso heroico, en un poema divino». Otro de los consejos que, como monedas de oro, derrochaba a manos llenas era que para difundir ese espíritu «teníamos que marcar la huella de Dios con cariño, con caridad de doctrina, en toda persona que se cruzara en nuestro camino». También afirmaba, con el merchamo de su propia experiencia, que «en lo humano nos quería dejar como herencia el amor a la libertad y el buen humor. En lo espiritual su amor a la Virgen». El Beato Josemaría, al diseñar estas líneas maestras, nunca fue un teórico. Iba siempre por delante, sin alardes, pero sin la menor sombra de misterio. Había que ser sordo y ciego para no captar, al conocerle, que todo lo que predicaba lo había convertido en vida propia.

Se entiende así que un peluquero, en Pamplona, después de cortarle el pelo, y de sentir cómo se preocupaba por su familia al tiempo que le gastaba una broma, y se metía a fondo en su alma, dijera: «Yo con este cura me iría al fin del mundo». O la exclamación de un gran psiquiatra judío, Victor Frankl, que, después de un rato de conversación con él, comentó lleno de asombro: «Este hombre es una bomba atómica espiritual». Del trabajo más sencillo en apariencia al colmo de la intelectualidad, la fuerza de su persona y la autenticidad de sus palabras traspasaban cualquier barrera. Sin duda, a golpe de sus propias pisadas, y de los primeros que le siguieron en la Obra, «se habían abierto los caminos divinos de la tierra». Para cada uno en su sitio, en su trabajo, en su familia, en su ambiente, entre sus amigos. Y, para todos quedó claro que «si no encontramos a Dios en la vida ordinaria, no lo encontraremos nunca». Son muchos miles los que lo han descubierto siguiendo esa fórmula, que se hace cada día más actual, de convertir nuestra vocación humana en vocación divina, en punto de encuentro con Dios y de servicio a los hombres. Sólo un santo tan de hoy y tan de siempre puede explicar lo que ocurrió aquel 17 de Mayo de 1992. En la Plaza de San Pedro, desbordada hasta el Tiber, gentes variadísimas de todas las razas, culturas y condiciones sociales, rompieron en un aplauso cerrado al escuchar cómo el Papa Juan Pablo II declaraba Beato al fundador del Opus Dei, que «con sobrenatural intuición predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado». Por eso el 26 de junio, a lo largo y a lo ancho del mundo, al celebrar su fiesta, acudimos con plena confianza a su intercesión, seguros de que nos echará una mano desde el cielo…

Covadonga O’Shea