Los «ejemplos de vida buena» que nos ha propuesto el Papa
León XIV mencionó en España a numerosos santos españoles, algunos muy conocidos y otros no tanto, y nos invitó a escogerlos como apoyo para que los mensajes de su visita arraiguen en nuestra vida diaria
«Contemplando la vida de estos santos, me dije a mí mismo: «Si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no?» Una pregunta que también os confío con gusto, invitándoos a escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para vosotros como para los demás». Estas palabras del Papa León XIV a los jóvenes en la vigilia de Madrid son hoy una propuesta para todos. De hecho, durante su estancia en España, el Santo Padre mencionó a muchos santos y los puso como modelo de vida.
El primero de ellos, ¡cómo no!, san Agustín: a los internos del centro penitenciario de Brians 1 los animó, como nos anima a todos, a confiar como él en la gracia divina «y dejarnos guiar y transformar por ella», y así descubrir «cómo en nuestra vida el pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones».
Pero el más citado en España fue sin duda, en pleno año jubilar dedicado a él, san Juan de la Cruz, exponente de «una mística con los ojos abiertos». Ante las autoridades, lo puso en relación con «las transformaciones y tensiones que hacen tan oscura nuestra época», pues hoy también «se necesitan en la vida pública hombres y mujeres que intuyan, en la oscuridad, la luz, un posible comienzo». Más tarde, en la Misa en Cibeles, trajo a la memoria el encarcelamiento del santo en la prisión conventual de Toledo, donde reconoció «una luz que no conoce ocaso y de la que mana una vida que no se agota: Jesús Eucaristía». Por último, lo trajo a colación al final de su viaje, en el puerto de Arguineguín, cuando citó su famosa sentencia: «En el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor», para pedir a Dios que «nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera».
A la otra gran mística española, santa Teresa de Jesús, la llevó el Papa León al mismo Congreso, destacando ante los diputados su «hondura espiritual». Dos días antes, ante las autoridades civiles, recordó su conocida imagen del castillo interior para invitar a avanzar «cada uno hacia su propio corazón, santuario de la verdad, donde las contradicciones se resuelven, las tensiones se disuelven, los demás encuentran su lugar, el universo se convierte en hogar». En ese mismo discurso puso como modelo a san Ignacio de Loyola, quien enseñó que «en las pruebas y los fracasos es posible replantearse todo» y comprender como él que las crisis se pueden transformar «en gracia».

Entre los «compañeros de camino» propuestos por el Papa a los jóvenes se encuentra también santo Toribio de Mogrovejo, obispo misionero en Perú, como el mismo Santo Padre hace años, que «unió una intensa vida de oración al compromiso por la justicia, especialmente frente a los abusos y la corrupción de su época». Por eso, para él, «es un modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres». Más adelante, lo propuso a los prelados españoles en la Conferencia Episcopal como ideal «de obispo en salida en un tiempo de misión y reorganización eclesial», como el nuestro.
En esa misma sede de la CEE puso como figura a imitar a otro obispo, fray Hernando de Talavera; el único de este elenco que no ha sido canonizado aún, aunque el mismo León XIV se permitiera la licencia de llamarle «el famoso santo alfaquí de Granada». Se trata de un monje jerónimo, confesor de Isabel la Católica y el primer arzobispo de la ciudad andaluza tras la reconquista, que intentó integrar a la población musulmana mediante el diálogo, la enseñanza del árabe al clero y evitando el uso de la fuerza. Fueron los mismos musulmanes los que le llamaban «santo alfaquí», en referencia a los sabios expertos en la ley islámica. Para León, su figura es una invitación «al diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes».
En este sentido, otro obispo, esta vez agustino, santo Tomás de Villanueva, «emprendió una intensa obra de reforma de la Iglesia, sobre todo del clero, exhortando a la perseverancia en la oración, en la vida de castidad y en la obediencia». Y junto a todos ellos, san Juan de Ávila, patrono del clero español, en quien «la Iglesia reconoce la vida sacerdotal que cada obispo está llamado a custodiar y a hacer crecer en el propio presbiterio», dijo aún a los pastores.
Audacia y valentía
En la vigilia ante los jóvenes, el Papa destacó a uno de los Padres de la Iglesia, san Juan Crisóstomo, que «tenía una elocuencia muy hermosa». Pero, más allá de eso, su impacto en el Papa se debe a que «también tenía mucha valentía. No tenía miedo de hablar delante del emperador, de decir cosas que eran a favor de la justicia y no solo para complacer al otro».
Este valor de ser coherente y de llevar la fe hasta sus últimos extremos también cuajó en las biografías de san Pedro de San José Betancur y de san José de Anchieta, a quienes el Papa mencionó en las islas Canarias, desde donde partieron «para anunciar el Evangelio en América. Ellos también fueron migrantes que se dirigieron hacia lo desconocido, llevando como principal equipaje la fe, la esperanza y la caridad».

En ocasiones, este compromiso con la fe se prueba en el momento del martirio, como en el caso de santa Eulalia, de la que el Papa habló en la catedral de Barcelona: como ella, «también nosotros, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, queremos ser mártires; es decir, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias».
Pero todo eso es imposible sin la intimidad con el Santo de los santos, a quien el Papa adoró especialmente en la procesión del Corpus Christi en Cibeles. El himno de esta fiesta, obra de santo Tomás de Aquino, fue definido por el Papa como «prosa serena» que muestra «el vínculo entre lo material y lo espiritual que constituye nuestra existencia», dijo esa tarde en Tejer redes. Así lo vivió también otro de los grandes santos mencionados por León XIV: san Manuel González, que «nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada solo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta día a día».