San Juan Crisóstomo: Una figura del siglo IV muy actual

Poco reconocido en Occidente, el segundo patriarca de Constantinopla es uno de los padres de la Iglesia, junto con san Agustín, que más escritos nos ha legado entre homilías, comentarios, sermones…

Fran Otero
San Juan Crisóstomo. Dumbarton Oaks Museum, Washington (Estados Unidos). Foto: Fr. James Bradley

San Juan Crisóstomo –cuya memoria se celebra el 13 de septiembre, aunque este año cae en domingo– es uno de los grandes santos de la Iglesia. Venerado tanto por la Iglesia católica como por la ortodoxa, tiene más predicamento entre los fieles de Oriente que entre los de Occidente. Basta echar un vistazo a las palabras que se utilizan para definirlo para descubrir su dimensión: teólogo, arzobispo, patriarca, doctor de la Iglesia, santo… «Es el san Agustín oriental. Agustín y Juan Crisóstomo son los dos padres de la Iglesia que más escritos nos han dejado. Metros y metros de páginas. San Agustín es más conocido, aunque san Juan Crisóstomo es para los ortodoxos y para los católicos orientales el gran padre de la Iglesia». Quien afirma esto es Marcelo Merino, profesor de Patrología en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y director de la colección Biblioteca de Patrística de la editorial Ciudad Nueva. Sabe de lo que habla, pues ha escrito numerosos comentarios y notas a sus obras.

«Boca de oro»

Era un portento a nivel intelectual, lo que le valió el apelativo de Crisóstomo, que significa «boca de oro». Esto se puede ver en todos sus escritos, la mayoría de su etapa de sacerdote. «Es la época dorada de su predicación, de la que nos quedan numerosas y magníficas muestras: homilías, sermones, panegíricos, etc. Y de la misma época proceden también sus mejores comentarios, casi siempre homiléticos, a la mayor parte de los libros de la Sagrada Escritura», señala el dominico Argimiro Velasco en la colección Nuevo Año Cristiano (Edibesa). Destacan entre tan prolífica producción las Homilías sobre las estatuas, en respuesta a las protestas de los antioqueños ante el emperador Teodosio –derriban sus estatuas– por un nuevo impuesto. «Son sus homilías más bonitas. Les dice a los fieles que romper las estatuas no está bien y ensalza la autoridad, que no es personal, sino que viene de Dios», añade Marcelo Merino.

Otra de las características de san Juan Crisóstomo es la humildad. Repite que se siente indigno de ser sacerdote, e incluso confiesa en uno de sus escritos su deseo de ser como el trozo de cruz que está enterrado en la tierra, que no se ve pero que sostiene al resto. Nunca buscó medrar y, de hecho, fue conducido a Constantinopla para ser consagrado patriarca sin que él lo supiera. Los consejeros del emperador Arcadio vieron en él un buen candidato después de que las citadas homilías calmasen la furia de los antioqueños.

Crítico con el poder

Sin embargo, Juan nunca fue una persona cómoda para el poder o para aquellos que vivían de espaldas a su ministerio. De hecho, la austeridad fue la seña de identidad de su mandato, de modo que eliminó todo signo de boato, algo que exigió también a sus sacerdotes y a los monjes, algunos de los cuales llevaban muy buena vida. «Fustigó el afán de lujo y acaparamiento de riquezas, porque todo eso redundaba en mengua y daño de los pobres y humildes, que en su corazón ocupaban siempre el lugar más destacado y eran el centro de su amor», escribe Argimiro Velasco.

Estas denuncias fueron las que provocaron los problemas con el poder y con la emperatriz Eudoxia, quien se siente señalada por san Juan Crisóstomo tras este criticar la inauguración de una estatua de la primera, que estuvo acompañada de todo tipo de festejos. Esto le valió al santo el arresto domiciliario y, más tarde, su segundo destierro. La decisión fue aplaudida por numerosos obispos que años antes habían organizado un concilio sin la presencia de Juan en el que decidieron retirarle del episcopado y pedirle al emperador que lo expulsara, como así sucedió.

Fue el segundo destierro el que acabó con su vida. Tras pasar por Nicea y ser enviado a Cúcuso, un pueblo en Armenia Menor, los esfuerzos del Papa Inocencio I en favor de Juan se volvieron en su contra y fue enviado todavía más lejos, a Pitionte (hoy, Pitsunda). No llegaría, pues falleció en la Comana Póntica, muy cerca de la ermita de San Basilisco, donde descansarían sus restos hasta que el emperador Teodosio II mandó trasladarlos a Constantinopla una vez rehabilitada su figura.

Biografía
  • 344-354: Nace en Antioquía
  • 368: Recibe el Bautismo
  • 386: Es ordenado sacerdote
  • 386: Escribe las Homilías sobre las estatuas
  • 398: Patriarca de Constantinopla
  • 403: Destierro definitivo
  • 407: Muere en la Comana Póntica
  • 428: Se instituye la fiesta del santo patriarca Juan
  • 438: Sus reliquias son trasladas a Constantinopla