¡Que vienen los pájaros! - Alfa y Omega

¡Que vienen los pájaros!

Es cosa de la primavera ponerse a jugar con los pájaros, sacándolos de rincones muy lejanos para tenderlos al sol, delante de Dios y de los hombres. Llevan nombres que muy pocos saben: el chochín…

Javier Alonso Sandoica
Foto: María Pazos Carretero

Es cosa de la primavera ponerse a jugar con los pájaros, sacándolos de rincones muy lejanos para tenderlos al sol, delante de Dios y de los hombres. Llevan nombres que muy pocos saben: el chochín, el reyezuelo, el herrerillo, el carbonero, el ruiseñor, la alondra, el vencejo, la lechuza, la golondrina, la curruca, el escribano. Todos ellos con timbre propio, ese es su misterio, como la tuba y el clarinete. Los especialistas dicen: es un cuco, es un cernícalo. Como el amante del jazz sabe quién está detrás del saxo tenor en cuanto escucha la primera nota: es Coltrane, es Sonny Rollings. Ahora que la primavera empieza a flirtear con el invierno, o que este empieza a boquear de los fríos que nos ha dejado en estos días, van a dejarse ver esos primeros pájaros de la alegría.

Es fácil recomendar el libro que he terminado, porque es una miniatura perfecta de un apasionado, Los pájaros amigos (editorial Pre-Textos). Lo escribió Josep María de Sagarra (autor de La herida luminosa) a comienzos de los años veinte, para una colección pedagógica. Es un libro para chavales, y sin embargo tiene acentos de madurez tan sólidos que pone boca abajo la pedagogía contemporánea que trata a los niños como poca cosa, a quienes hay que hacerles el favor de ponérselo todo a sus pies, surcarles el suelo, sembrarles, regarles, todo bien masticado. Sagarra los trata como destinatarios susceptibles de apasionamiento, que en el fondo es la mejor definición de niño. Escribe con la severidad de un juego, porque los niños se toman el juego en serio. No les escatima vocabulario ilustre, para que sepan llamar a las cosas por su nombre, y hacerlo con gusto.

Recuerdo que en mis tiempos de estudiante de Periodismo, los profesores nos reiteraban la obligación de buscar especialización. Pero el ser humano no tiene naturaleza de especialización, porque su corazón está abierto en canal. Dios, que se cuela en cada página del libro sosteniendo la belleza de los pájaros, alcanza su protagonismo en la oración final: «Vela, Señor, por encima de las alas de estos pobres pájaros, haz que no les falte nunca su plato de gusanos y hormigas. Y haz sobre todo, Señor, que no se detengan en el pico de los pájaros las flautas y los violines de su canción, porque son la música más delicada de los campos y la dicha más dulce de la primavera».

Javier Alonso Sandoica