«Nadie puede usar la palabra progreso si no tiene un credo definido y un férreo código moral». La frase es del gran G.K. Chesterton y viene al caso por el último éxito del progreso médico, que evidencia, a su vez, el gran fracaso moral de nuestra nueva sociedad.

«Una mujer de 64 años da a luz a gemelos». Lo habrán leído en la prensa. Y habrán leído, además, que la flamante madre ya dio a luz, a los 58 años, a una niña que hoy vive en Canadá tras la decisión de los servicios sociales de retirar la custodia a la anciana madre. Pero eso, en realidad, es lo de menos. Porque aunque fuera una madre modelo, aunque pudiera cuidar –o tuviera una excelente red familiar para sustituirla, en caso necesario– de dos, cinco o diez niños, no habría motivo alguno para celebrar un acto médico que atenta contra el más básico sentido común. Y volvemos así al progreso de Chesterton. El que va de la mano del código moral. Y vemos lo mal que lo hemos hecho.

La medicina estadounidense fabrica, previo pago de varios miles de dólares, embarazos a la carta y contra natura. España debate sobre la legalización de la maternidad subrogada, una forma políticamente correcta de referirse a la compra de un útero que sacie un capricho de paternidad. Es la misma ciencia médica capaz de acabar con la vida de bebés no nacidos –aborto químico, por desmembramiento, con inyección salina, temprano, tardío…– cuando el capricho no es el de ser padre, sino el de no serlo. Y la misma medicina que administra muertes programadas con forma de cóctel piadoso a ancianos inservibles, enfermos incurables y mentes cansadas de vivir, que es el último y terrorífico logro de los proeutanasia.

Y el único denominador común de estas diversas realidades aparece en forma de verbo: quiero/no quiero. Da igual cómo se conjugue, da igual si es quiero ser madre o no quiero vivir. En todo caso indica que el mundo moderno progresa sin saber hacia dónde, sin ese credo definido y ese código moral que son esenciales para entender que no todo lo posible es conveniente y que la propia voluntad no es, casi nunca, el mejor juez. Porque progresar sin entender que la verdadera libertad reside, casi siempre, en el dominio de uno mismo (Michael de Montaigne) es caminar hacia la esclavitud.

Rosa Cuervas-Mons