Papa Francisco: Católicos y evangélicos no somos «adversarios, sino hermanos en la fe»

Los cristianos evangélicos «no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe», dijo el Papa al recibir este lunes a la arzobispa luterana…

Ricardo Benjumea

Los cristianos evangélicos «no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe», dijo el Papa al recibir este lunes a la arzobispa luterana de Upsala (Suecia), Antje Jackelén, al frente de una delegación de la Iglesia Evangélica-Luterana.

Francisco aludió al recientemente aprobado documento Del conflicto a la comunión, y a la conmemoración conjunta luterano-católica de la Reforma en 2017. «Esperamos sinceramente –dijo– que esta iniciativa lleve a dar, con la ayuda de Dios y nuestra colaboración con Él y con los demás, más pasos en el camino de la unidad».

El Papa se refirió también a la celebración en 2014 del 50 aniversario del decreto sobre el ecumenismo del Concilio Vaticano II Unitatis Redintegratio como punto de referencia clave para el empeño ecuménico de la Iglesia católica. En él se invitaba a todos los fieles católicos, a emprender el camino de la unidad para superar la división entre los cristianos, que «no solo se opone abiertamente a la voluntad de Cristo, sino que es también escándalo para el mundo y perjudica a la más santa de las causas: la predicación del Evangelio a toda criatura».

El decreto –dijo el obispo de Roma– «expresa un profundo respeto y aprecio por aquellos hermanos y hermanas separados a quienes, en la coexistencia cotidiana, se corre a veces el peligro de prestar poca consideración». «Los católicos y luteranos –añadió– deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo».

Esa llamada a la unidad implica también «una exhortación apremiante al compromiso común en el ámbito caritativo, en favor de todos aquellos que en el mundo sufren por causa de la miseria y la violencia y que necesitan de manera particular nuestra misericordia. Especialmente el testimonio de nuestros hermanos y hermanas perseguidos nos empuja a crecer en la comunión fraterna. De actualidad urgente es también la cuestión de la dignidad de la vida humana, que debe respetarse siempre, así como las temáticas relacionadas con la familia, el matrimonio y la sexualidad que no pueden ser silenciadas o ignoradas por temor a poner en peligro el consenso ecuménico ya alcanzado. Sería una pena si sobre estas cuestiones tan importantes se consolidasen nuevas diferencias confesionales».

Francisco finalizó su discurso dando las gracias «a la Iglesia luterana sueca por haber acogido a tantos emigrantes sudamericanos en tiempos de las dictaduras».

Ecumenismo de sangre

Días antes, el 30 de abril, el Papa recibió a los Miembros de la Comisión Internacional anglicana–católica, ante quienes afirmó que, aunque no se haya logrado aún la comunión plena, «estamos convencidos de que el Espíritu Santo sigue impulsándonos hacia ella, a pesar de las dificultades y de los nuevos desafíos». Las divergencias que nos dividen no se deben aceptar como inevitables, resaltó el Papa, que pidió invocar juntos «los dones del Espíritu Santo para ser capaces de responder con valentía a los signos de los tiempos, que llaman a todos los cristianos a la unidad y al testimonio común».

La sangre de los cristianos perseguidos nos une y exhorta a realizar lo que el Señor quiere para su Iglesia, añadió Francisco. «Más allá de toda división, ya existe un fuerte lazo que nos une: es el testimonio de los cristianos, pertenecientes a Iglesias y tradiciones diversas, víctimas de persecuciones y violencias, sólo a causa de la fe que profesan. La sangre de estos mártires nutrirá una nueva era de compromiso ecuménico, una nueva apasionada voluntad de cumplir el testamento del Señor: que todos sean uno (cfr. Jn 17,21). El testimonio de estos nuestros hermanos y hermanas nos exhorta a realizar, con determinación, lo que el Señor quiere para su Iglesia. Hoy el mundo tiene urgente necesidad del testimonio común y alegre de los cristianos, de la defensa de la vida y de la dignidad humana, en la promoción de la paz y de la justicia».

Ricardo Benjumea