Quizá de modo inconsciente, durante los últimos dos siglos la Curia vaticana gestionaba muchas tareas siguiendo el estilo de dos manuales raramente mencionados. En cuanto a ceremonias, formas externas, protocolo pontificio y protocolo diplomático, el manual de Versalles. En cuanto a la administración interna, el manual del Imperio austro-húngaro: un sistema de engranajes lento pero que –aplicando los procedimientos– terminaba por llegar a decisiones dejando rigurosa constancia por escrito.

Desde mediados del siglo XX se echaba cada vez más en falta más rapidez. El ritmo de la sociedad, los medios de comunicación y la vida de las personas ya no permiten esperar a los plazos de antaño. Pero Roma es la Ciudad Eterna y no conseguía acelerar el paso.

La llegada de Francisco supuso un terremoto. Al cabo de un mes creaba un Consejo de ocho cardenales de todos los continentes para ayudarle «en el gobierno de la Iglesia universal», puenteando a burócratas intermedios demasiado aficionados a bloquear. A los seis meses, algunas publicaciones financieras americanas presentaban a Francisco como «un mánager del siglo XXI», pues gobernaba desde fuera del despacho en contacto con la gente, integraba los sistemas horizontales de red junto a las viejas estructuras piramidales, y se movía con soltura sobre escenarios cambiantes sin dejarse paralizar por la falta de un terreno firme.

El desconcierto de buena parte de la Curia vaticana era notorio. Pero en pocos meses los más listos y los más piadosos se dieron cuenta de que Francisco estaba siguiendo, en realidad, dos manuales mucho mejores que los de Versalles y Viena. Eran los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles. Quien los entienda, entiende a Francisco, y puede intuir sus reflejos y decisiones con gran facilidad.

Dejando atrás secuelas tardías de lo que el cardenal Ratzinger solía llamar la «Iglesia imperial» (actitudes palaciegas incorporadas en tiempos de Constantino y agravadas en la etapa de los Estados Pontificios), Francisco se convertía en un Papa libre. Al romper la obligatoriedad del principio de que «siempre se ha hecho así», Francisco permite a todos acercarse más al estilo de Jesús, de Pedro de Betsaida o de Pablo de Tarso, que se movían con muy poco equipaje pero con mucho dinamismo evangelizador.

El abandono de dos manuales avejentados no es una ruptura. Es la vuelta a los originales.

Juan Vicente Boo