Los apuntes de una vida

Javier Alonso Sandoica

Debería serle tan natural al hombre poner por escrito cada día las propias vivencias, como al gato la búsqueda de su butacón. No hay nada que defina más nuestra naturaleza que la escritura de lo vivido. Existe un poso de intuición de sabernos escribiendo con nuestros actos el libro de la propia vida, y eso se muestra expresamente en el arranque de la escritura. Desde los quince años, Angelo Roncalli, futuro san Juan XXIII, empezó a redactar su Diario del alma, en el que tenía cabida su vida espiritual. Las anotaciones se prolongaron a lo largo de toda su vida, y hablamos de casi setenta años. Tan pronto le nacía una oración como un pequeño recuerdo de infancia, o un análisis de la actualidad, y todo llevando al Señor de testigo cualificado de sus actos. Después de que estallara la Segunda Guerra Mundial deja escrito:

«Me causó asombro el entusiasmo que produjo en mi país la invasión italiana de Abisinia, so pretexto de llevar la cultura europea. ¿Cómo?, ¿a golpe de bayoneta?».

De san Juan Pablo II hemos sabido, hace un par de meses, que también ha dejado escrita una vasta serie de apuntes personales. Más allá de la polémica de que él los mandara quemar y no se le ha hecho caso, en sus páginas aparece esa biografía del alma que nunca es sistemática, sino más bien improvisada, sincopada, a golpe de actualidad. Porque la actualidad no viene con cauce de diseño, es el hombre quien hace de la torrentera de acontecimientos un paso transitable. Es como si Karol Wojtyla hubiera estado siempre en diálogo íntimo con Dios, y hubiera cruzado el acontecimiento vivido con su bagaje de vida espiritual. Por sus páginas aparecen Guardini, Papini, Sartre, Tolstoi, Dostoievski… Los apuntes de la vida propia son la fuente más fidedigna de un itinerario espiritual.

La editorial italiana Adelphi acaba de sacar a la luz el Diario completo de la joven holandesa Etty Hillesum, aquella de la que Benedicto XVI hablara en una de sus últimas audiencias como modelo de búsqueda de Dios. Etty también mantuvo fidelidad a su diario hasta que murió en Auschwitz. «Lo único que podemos salvar en estos tiempos -deja escrito-, lo único que realmente importa, es tener una pequeña parte de Ti en nosotros, Dios mío. Nos toca a nosotros ayudarte a Ti, defendiendo hasta el final Tu casa en nosotros».

Javier Alonso Sandoica