Silos. 17:30 horas de un viernes. «Llora todo lo que necesites». Estas fueron mis palabras cuando me llamó un amigo que pasa un momento de oscuridad. A veces es difícil encontrar palabras de consuelo. A veces ni siquiera hacen falta las palabras. Sin embargo, sin la experiencia de la oscuridad no podríamos encontrar el impulso para buscar más insistentemente la Luz.

Le dije que intentase ser constante en la oración y que buscase consuelo en la vida de los santos. Sí, en los santos. A veces los imaginamos como grandes héroes de la fe, mientras que nosotros nos vemos demasiado pequeños. Sus vidas, sus hechos tan maravillosos y sus palabras llenas de Vida, nos parecen demasiado lejanos. La oscuridad y silencio de Dios que con frecuencia nos narran en sus escritos los sentimos ajenos. Sin embargo, ni los santos son lejanos –sino muy humanos–, ni sus experiencias muy distintas a las nuestras.

Teresa de Calcuta vivió en total oscuridad desde que fundó las Misioneras de la Caridad hasta su muerte. En sus escritos más íntimos podemos ver –y tocar– un profundo dolor. Habla de un corazón helado, de desierto, de ausencia de Dios. Pero seguía caminando. Y nunca se rindió. Siempre volvía al «amor primero», al grito del Crucificado, «tengo sed», que tan adentro escuchó. Un amor y un grito tan reales como real era la noche en que vivía. Sangrando de dolor le buscó sin cesar haciendo suyas las palabras de la Magdalena: «¿Dónde han puesto a mi Señor?».

También nosotros experimentamos la desolación y la oscuridad. Caminamos hacia la Pascua, pero olvidamos las verduras amargas. Y es quizá en esos momentos cuando, de verdad, debemos optar por el Señor: lo más real que hay en nuestra vida. Caminar, a pesar del dolor, fiándonos en su voz que nos acompaña constantemente y nos habla de mil maneras camino de Emaús. Sin embargo para caminar solo de fe necesitamos algo más que la gracia de Dios, también un corazón humilde que quiera el querer de Dios. Y seguir caminando, aunque sea de noche. Y seguir rezando. A veces, sin fuerza; otras, sin ganas. Y seguir llorando porque quizá no entendemos nada. Pero el Señor sí sabe. Y eso ya lo es todo.

Fray Ángel Abarca Alonso, OSB
Monje benedictino. Monasterio de Santo Domingo de Silos