Ser conscientes de aquello que nos sostiene es fundamental para que nuestra vida sea plena. Las líneas pastorales de la Iglesia de Madrid para el curso 2026-2027 nos hablan de raíces, tronco y ramas. A partir de la imagen de un árbol se invita a reflexionar sobre la vida de fe de la Iglesia local.
Todos decisivos
Hablar de aquello que nos sostiene, de las raíces, es hacerlo de lo que permite crecer, resistir las tormentas y dar fruto en cada estación. Un alimento silencioso que resulta decisivo para que todo el árbol tenga vigor. En ese sentido, del mismo modo que todas las raíces son importantes, aunque sean de distintos tamaños y grosores, en la Iglesia todos aquellos que forman parte de ella son decisivos.
Un formar parte que nace de la condición de bautizados, un sacramento del que todos los miembros, independientemente del ministerio asumido, participan. La vocación primera y fundamental es la bautismal, desde la que se recibe la llamada a seguir a Cristo y el envío a ser misioneros.
Una vocación que se va consolidando a través de la formación. Ese proceso formativo permite asumir responsabilidades en las comunidades y da los instrumentos para poder evangelizar. De ahí la importancia de sentir la necesidad de irse formando, en diversos niveles, y así hacer realidad una Iglesia de discípulos misioneros.
Centralidad de la Eucaristía
Ese envío misionero encuentra su alimento en la Eucaristía, que, como recordó León XIV en la celebración del Corpus Christi en Cibeles, «no es una tradición que conservar, sino el lugar donde Cristo sigue reuniendo a su pueblo». Una celebración eucarística, sobre todo la dominical, que es centro de la vida comunitaria, pero también espacio de acogida y cercanía, desde donde se fortalece el compromiso con los pobres, la fraternidad y el servicio.
En el ser cristianos la dimensión comunitaria es decisiva, pues es en la comunidad donde todo discípulo es llamado a encontrarse con Cristo y con los hermanos, a vivir la fraternidad. Más allá de las actividades, se trata de evangelizar, de que la gente se sienta acompañada, de sentirse parte de una comunidad sustentada en la comunión. Cuando se comparte la vida uno va descubriendo que Dios se hace presente en aquellos que profesan la misma fe y con quienes se comparten experiencias vitales y creyentes.
Sin miedo de escuchar
En ese camino, una raíz fundamental es hacerlo juntos, no como una estrategia, sino como un modo de vivir el Evangelio, de discernir aquello que Dios pide hoy. Ante la tentación de pensar que lo sabemos todo, el mejor antídoto lo encontramos en la escucha. En el ejercicio de escuchar tenemos más pistas para encontrar el camino a seguir.
Fortalecer los espacios y los métodos que ayudan al discernimiento comunitario es una dinámica más que necesaria. Frente al ordeno y mando, la responsabilidad compartida es el mejor modo de ejercer la autoridad, algo necesario, pero que pierde sentido cuando no tiene en cuenta a los otros. No olvidemos que la autoridad no es sinónimo de poder, sino de servicio.
Siempre será apuesta segura la conversación en el Espíritu, las asambleas parroquiales, los consejos pastorales, la misión compartida y la corresponsabilidad, la comunión entre los diversos carismas, la unidad pastoral. Ante los miedos que puedan surgir en torno a estás dinámicas y realidades, nada mejor que confiar en el Espíritu, que se hace presente en todos.