El fallecimiento prematuro e inesperado de Alfonso Nasarre ha sido un duro golpe al periodismo de este país, a la presencia de los católicos en el mundo del periodismo, y a tantos a los que nos regalaba una amistad inolvidable.
Alfonso era miembro de una gran familia, los Nasarre, una familia ejemplar en la presencia de los católicos en la vida pública. Compartía esta vocación con su hermano Eugenio, del que muchos dijeron, cuando murió hace dos años, que fue el «último democristiano» español. Sabemos que Alfonso no es el último periodista cristiano de este país, pero sí que, con su forma de serlo, de su generación y con su formación, no quedan muchos o, al menos, no todos los que necesitaríamos.
Alfonso ejerció su profesión periodística en dos ámbitos que me atrevería a decir que son los más difíciles de esta profesión, sobre todo, a la hora de mostrar un perfil con estas características de exigencia ética tan altas como las que él se propuso toda su vida: la información política y la dirección de medios. Los dos ámbitos profesionales más a la intemperie a la hora de defender la objetividad posible de la información, y la libertad de los medios de comunicación.
Alfonso ejerció esta doble responsabilidad entre la comunicación institucional, la información a pie de calle, y la dirección de medios. Como profesional de la comunicación institucional fue asesor de comunicación del gobierno de España con el gobierno de José María Aznar y director general de la Oficina de Seguimiento Informativo en el gobierno de Mariano Rajoy. Como redactor y como responsable de medios de comunicación su mundo fue la radio, primero en la Cadena COPE, en los servicios informativos, como cronista parlamentario, y como redactor-jefe de la Sección de Política Nacional, y después, como Director de Antena. A su vez estuvo al frente de Comunicación y relaciones institucionales de RTVE, después director de RNE, y por último director de Onda Madrid.
Alfonso profesionalmente respondía al imperativo del Cardenal Herrera Oria, el gran promotor de políticos y periodistas cristianos en España, para quien lo primero que tenía que ser un periodista cristiano es un excelente periodista. Alfonso era la viva imagen de la «finura» del buen periodista: veraz, honesto, y respetuoso. Recogía así la que fue la primera propuesta estructurada del ideal de la vocación del periodista cristiano, la que dio el Papa San Juan XXII, en su encíclica Ad Petri cathedram, para quien éste debería ser «arma veritatis, arma honestitatis, y arma caritatis».
A Alfonso este concepto de «arma» del «Papa bueno» no le gustaba, aunque se tratase de una analogía relacionada con el compromiso valiente y determinante que San Juan XXII veía en el periodista cristiano. No le iba lo combativo. En todo caso, Alfonso vivió hasta las últimas consecuencias estos tres compromisos profesionales de la comunicación social profundamente evangélicos:
Alfonso fue sin duda un periodista «arma veritatis»: Su defensa de la verdad no se desviaba a esa especie de apología ideológica con la que muchos la defienden ya sea en el periodismo como en otros ámbitos de la vida pública, en clave de «combate cultural». Alfonso no combatía, sino que vigilaba: vigilaba la búsqueda de la verdad más allá de los reduccionismos ideológicos de cualquier tipo, en su propio trabajo como periodista y en los gabinetes de comunicación y los medios de comunicación en los que le toco, o bien participar en su dirección, o bien ser el último responsable de su dirección.
Alfonso fue sin duda un periodista «arma honestitatis»: Su honestidad le llevaba a no comulgar con ruedas de molino, cuando en su entorno el camino fácil no era precisamente el más honesto. Fue arma honestitatis porque defendió siempre la fidelidad a la independencia profesional, por un lado, y la fidelidad a los idearios editoriales de los medios en los que estuvo; por otro, tanto de los medios cuyo ideario consistía en ser en el entorno de la opinión pública presencia y fermento de los principios y de los valores de la Doctrina Social de la Iglesia, como de los medios cuyo ideario consistía en ser verdaderos servicios públicos, y no medios propagandísticos de los partidos políticos al frente de las instituciones públicas. Esta defensa de la honestidad a Alfonso le costó muy caro, comprometiendo su propia salud.
Alfonso fue sin duda un periodista «arma caritatis»: Huía de los extremismos ideológicos tanto como de los exabruptos lingüísticos, que parecen haber tomado las riendas del periodismo. Le dolía la creciente polarización ideológica que no sólo amenaza con inundar las redacciones de los medios informativos, sino que llega a ser promovida por ellos en primera línea. Rechazaba responder a los ataques verbales con la misma moneda. Huía de la difamación, la calumnia y la injuria en los debates mediáticos, y huía de cualquier forma de desinformación como de la beligerancia y la hostilidad desplegada en los análisis periodísticos. Pero no sólo huía de todo esto. Él en primera persona daba ejemplo de precisión y veracidad en la información, y de moderación y contención en la opinión. Alfonso respondió con su propia vida profesional a la finalidad de los medios de comunicación: la comunión entre los hombres y los pueblos. No una comunión basada en una paz irenista o en una evasión del conflicto y de la injusticia, sino basada en la búsqueda de la verdad al servicio de la dignidad humana y al servicio del bien público.
Pero en este momento, precisamente ahora que nos ha dejado cuando tanto podía haber seguido aportando a la sociedad, tenemos que reconocer, sobre los que le conocíamos bien, que estos tres valores que desplegaba profesionalmente, los vivía con ejemplar integridad en su vida personal: como esposo, como padre de familia, como en su entrega generosa y su sensibilidad exquisita para con sus amigos. Alfonso era así. Nunca podremos olvidar su sonrisa, su bondad, su proximidad.
El Papa Francisco hacía siempre a los periodistas la gran pregunta de la parábola del Buen Samaritano: «Comunicador, ¿quién es tu prójimo?». Hoy nos toca a nosotros responder a esta pregunta: sus prójimos eran todos, sin límite ni fronteras, porque su corazón era universal. Y sus prójimos fuimos nosotros. Aquellos a los que nunca nos faltó por parte de Alfonso una cercanía profunda, la de quien se preocupa por los demás de verdad, la de quien nos daba ejemplo de honestidad, la de quien nos mostraba la amabilidad verdadera, es decir, la de querer a los demás, y dejarse querer por su manera de querer a los demás.
Manuel María Bru Alonso.
Delegado episcopal de cultura y presidente de la Fundación Crónica Blanca.