La peculiar biblia de la «prioridad nacional» - Alfa y Omega

Robert Prevost nunca fue un hombre al que le gustase polemizar. Aun así, cuando el Papa Francisco lo trajo a Roma de un rincón perdido de Perú, para encargarle el Dicasterio para los Obispos, se atrevió a responder públicamente al mismísimo vicepresidente de Estados Unidos. Vance había manipulado un argumento de san Agustín para justificar teológicamente el «America first» (América primero) de la Administración Trump. Para Vance el santo de Hipona habría defendido que antes que ocuparse de la ayuda a los extranjeros había que ocuparse de la de los compatriotas. Para un gran experto en san Agustín como Prevost la provocación de Vance era demasiado irritante, y obligaba defender a millones de migrantes que huyen de la persecución y de la miseria. Pasado un año de su elección como Sucesor de Pedro está claro que la libertad de León XIV con respecto a algunos de sus poderosos compatriotas sigue siendo infranqueable, ya sea con respecto a la denuncia de una guerra librada como si fuese un videojuego, ya sea con respecto a la denuncia de la vulneración de los derechos humanos de los migrantes. Sus palabras y sus gestos en su reciente visita a España lo han confirmado. Si en el Congreso a los Diputados reclamó para los migrantes «una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración», en Canarias, escenario del drama migratorio, dijo que Europa «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas».

Pero esta historia viene de muy lejos, y no precisamente de allende los mares. Desde el surgimiento del gnosticismo de los siglos II y III, la tentación de ideologizar el cristianismo ha sido constante. Y en España cabría resaltar el integrismo del siglo XIX, y su actual versión, de vuelta de su antiliberalismo original, y haciendo piña con el neoconservadurismo norteamericano, claramente neoliberal, que bebe de la teología de la prosperidad (Dios bendice a los prósperos y maldice a los empobrecidos). Y hoy una de las banderas de este neointegrismo es el principio de «prioridad nacional». No es nada nuevo. Hay cuatro temas «constantes» en la opinión pública en España que, para una parte de la comunidad católica, la lectura de la realidad dista mucho de ser la de la doctrina social de la Iglesia y, en definitiva, la del Evangelio: la antropología política y económica del neoliberalismo, la consideración de que la comunidad internacional es innecesaria aun siendo caldo de cultivo de nuevas guerras, la indiferencia ante el empobrecimiento y el populismo anti-migratorio. 

Aunque vayan a Misa todos los domingos quienes asumen estos postulados ideológicos banalizarían tanto la liturgia de la Palabra como la liturgia eucarística, pues la comunión sacramental exige la comunión afectiva y efectiva con el sentir con la Iglesia. Y aunque en sus hogares haya una hermosa publicación de la Biblia, raramente se liberaría de la prisión de las estanterías. Y la Sagrada Escritura solo es Palabra de Dios cuando es leída, meditada, dialogada, acogida y vivida. Cuando, como dice la constitución Dei Verbum, «Dios invisible habla a los hombres como amigos».

Los oídos ideologizados podrían hacer oír en las lecturas bíblicas dominicales lo contrario de lo que dicen. ¿Escucharían del Éxodo, o del Levítico, o del Deuteronomio, un mandamiento que dijera «maltratarás al extranjero y lo oprimirás, aunque vosotros fuisteis como ellos en Egipto»? ¿O del profeta Zacarías «no oprimáis a la viuda, ni al huérfano, ni al pobre, pero si al extranjero»? ¿Escucharían decir a Jesús en el protocolo del juicio: «Venid vosotros, benditos de mi Padre […] porque fui forastero y no me acogisteis»? ¿Cerrarían los oídos al escuchar cómo Jesús sufrió el exilio y la penuria de cualquier niño migrante? ¿Y qué harían al escuchar sus encuentros con los «extranjeros» del puritanismo judío, con el centurión romano, con la mujer cananea, o con la samaritana? Y en la cruz, ¿no serían redimidos aquellos que una valla asesina o un muro inquebrantable les arrebata su dignidad humana y su derecho a soñar, buscar y alcanzar una vida mejor, aun arriesgando para ello su vida?

Más allá de los pormenores técnicos de una siempre mejorable política migratoria, ya venga de la derecha o de la izquierda, la sola expresión de «prioridad nacional» resulta moralmente denigrante, y para un católico, una verdadera blasfemia, la del más grande odium fidei: el odio a la fe en un Dios padre de todos, que solo espera de sus hijos que se traten igualmente como hermanos, ya sean autóctonos o migrantes.