A los voluntarios de Corazón Naranja les toca preparar té o ir al cementerio
De la mano del cura Darwin Rivas el Papa León XIV conoció durante su visita al archipiélago canario la labor de esta asociación que colabora con la Administración en la atención a los migrantes que llegan a las islas
Hoy el Centro de Atención Temporal de Extranjeros de El Hierro, conocido popularmente como el CATE —en referencia a sus siglas—, está vacío. En los últimos días no han llegado embarcaciones. Pero el sacerdote Darwin Rivas lo ha visto a reventar. La intensa llegada de migrantes en 2020 y 2021, cuando desembarcaron en Canarias 23.023 y 22.316 personas respectivamente, no solo copó este recurso, sino que obligó a la apertura de nuevos espacios en los que acoger a quienes se habían jugado la vida en el mar. Así es como el antiguo convento de la clausura contemplativa dominicana, situado en la zona de El Matorral, se habilitó para recibir algunas de aquellas personas, en su mayoría jóvenes del África subsahariana.
El cenobio, en otro tiempo lugar de silencio, oración y recogimiento, se asemejaba más ahora al infierno que al cielo. «Yo no he estado nunca en la guerra, pero por lo que he visto por televisión, o por lo que otros me han contado, se debe de parecer bastante a lo que allí apareció ante nuestros ojos», explica Rivas, que fue una de las personas que ofrecieron su testimonio ante el Papa León XIV en Tenerife, en la plaza del Cristo de La Laguna.

En conversación con Alfa y Omega, el presbítero venezolano describe una imagen terrorífica. «Cuerpos quemados por la combinación entre el agua y la gasolina, destrozados por el salitre. Nunca se me va a olvidar el olor a carne podrida», asegura. Y los niños. Dentro de aquel panorama dantesco, algunos pequeños deambulando desorientados. «Muchos de ellos habían perdido a sus padres durante el trayecto. Habían partido junto a ellos, pero habían llegado a España huérfanos. Todavía recuerdo el dolor de su testimonio».
Ante tanto sufrimiento, y junto a la impotencia de no poder acabar con este drama, la tentación del sacerdote era quedarse en casa. Lo reconoció ante el Santo Padre y lo vuelve a reconocer ahora en la entrevista con este periódico.«Es una situación dura y yo, personalmente, no tengo esa voluntad para levantarme cada día y ayudar a todo el mundo». Pero bastaba una sola pregunta, que retumbaba en el fondo de su conciencia, para volver a tender la mano al necesitado. «Pensaba “¿qué haría nuestro Señor?”» y se ponía en marcha bien hacia el convento, bien hacia la zona de San Andrés, que es donde se encuentra el CATE.
No obstante, no era una labor que Rivas hiciera en solitario. «Éramos como unos 30 miembros de la parroquia, entre sacerdotes y fieles», detalla. Todos ellos operando bajo la ONG Corazón Naranja. «Es una organización que nació vinculada a Protección Civil para ofrecer asistencia humanitaria de urgencia a los migrantes que llegaban en cayuco», especifica el sacerdote-voluntario, que primero intentó canalizar la ayuda a través de Cáritas, pero terminó colaborando con Cruz Roja. «Lo que pasa es que nos dijeron que Cruz Roja ya tenía una presencia fuerte y vimos conveniente sumarnos a los actores que ya estaban trabajando sobre el terreno». Para ello presentaron la documentación requerida e incluso «hicimos un curso de primeros auxilios con el ánimo de estar en primera línea de la ayuda». El problema es que a Cruz Roja le sobraban las manos y en Corazón Naranja les faltaban, así que los parroquianos cambiaron de una entidad a otra.
«Hacemos de todo, lo que haga falta», asegura Rivas. Y habitualmente lo que hace falta es «ayudar a los migrantes y la Policía a entenderse, acompañamos al médico a alguien o colaboramos con los agentes para distribuir la comida». Al final, «se trata de echar una mano a nuestro prójimo», que en El Hierro tiene el aspecto de un migrante.
El primero en el CATE
José Luis González es uno de los que primero llegan al CATE cuando tiene internos. «A las 7:00 horas», afirma. A esa hora, lo que hace es encender el fuego y poner agua a hervir para preparar té. «Mientras se calienta, los voy despertando». Tras los primeros compases de la mañana, a las 10:00 horas viene el Servicio Canario de Salud. Pero hasta entonces a este voluntario jubilado le ha dado tiempo a observar a los usuarios del centro y a avisar «a la Policía de los que he visto con peores condiciones para que los puedan atender de forma preferente».
Para los bebés —«los he llegado a tener de no más de 3 meses»—, González cambia la infusión por el biberón. En este punto coincide con Darwin Rivas: «Ver a los niños tan pequeños en esta situación te parte el alma». Aunque para el voluntario, la parte más dura de esta labor humanitaria que él hace movido por su fe es «cuando alguno muere y nos toca ir al cementerio». En el último naufragio, por ejemplo, hubo siete muertos: cuatro mujeres y tres niñas. «Y ver cómo enterraban a una de las pequeñas en presencia de su otra hermana y de su madre te hiere muchísimo», lamenta. «Recientemente también me ha tocado lidiar con un chico que había perdido a su hermano». Lo vio caer al mar durante un accidente, cuando se partió el cayuco, y ya no supo nada más de él. «Fue terrible».

Ante este tipo de casos, la oración de José Luis González se llena de preguntas: «¿Por qué pasa esto?» «¿Por qué no hay alguien que pueda poner remedio a este mal?» expresa, sin darse cuenta de que el Señor se sirve de sus manos para llevar consuelo a todas estas personas. Una labor en la que el Papa León XIV, desde la plaza del Cristo de La Laguna (Tenerife) en su encuentro con las realidades de integración de los migrantes, llamó a colaborar a toda la sociedad: «Una conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda, ante esos cementerios del mar», porque «cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana».