León XIV ruge contra las mafias: «Deténganse. Conviértanse» - Alfa y Omega

León XIV ruge contra las mafias: «Deténganse. Conviértanse»

«Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado, habrán de comparecer ante la justicia divina», ha clamado el Papa desde la plaza del Cristo de la Laguna en su encuentro con las realidades de integración de los migrantes

José Calderero de Aldecoa
Foto: José Calderero de Aldecoa.

Vivimos las últimas horas del Papa en España. En esta última jornada León XIV ha tenido un doble encuentro con la realidad migratoria, lo que revela hasta qué punto ha querido darle importancia a este tema. Primero ha visitado el centro Las Raíces, de titularidad pública, y ahora mismo se encuentra todavía en la plaza del Cristo de la Laguna donde se ha reunido con las realidades de integración de los migrantes. Allí ha asegurado que «las barreras más difíciles de derribar no siempre son de piedra», sino que «a veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia».

Frente a estas actitudes, el Santo Padre ha recetado la caraidad cristiana, que «nace del reconocimiento de la dignidad humana y supera toda concesión secundario o simple obra de filantropía». Por eso, no se trata solo de acoger, de asistir. Eso “coloca bálsamo en la herida”. Mientras tanto, “la integración reconstruye el futuro”. Pero integrar «no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria», ha explicado el Papa. Tampoco significa «crear mundos paralelos, cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente», ha añadido, ante los fieles que se congregaban en la plaza, decorada con sencillez para la histórica visita.

Deberes de toda la sociedad

Ante este reto, «a ustedes, queridos hermanos migrantes, les corresponde una parte noble y necesaria de este camino». A saber, «abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus constumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones».

Pero no solo los migrantes tienen una responsabilidad en este proceso. «Toda sociedad que acoge tiene deberes hacia quienes llegan», ha advertido. De hecho, «una conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda, ante esos cementerios del mar», porque «cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana». 

Además de la indiferencia, el Pontífice ha subrayado la importancia de la integración para evitar ese «segundo naufragio», más silencioso, de quien se queda «solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad». Integrar, ha dicho, «es ayudar a que quien llegó lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, dino que pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad».

Foto: José Calderero de Aldecoa.

Caminos para conocer a Jesucristo

A los católicos, sin embargo, «quiero pedirles algo más: que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea». En este sentido, ha explicado que «quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección»; pero «también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona».

Para León XIV, «evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza». Y ha añadido: «Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres».

Asimismo, ha agradecido el testimonio de la Iglesia local, que «aun con medios pobres, quiere caminar con los que caminan». Concretamente ha citado a Cáritas diocesana, a la Delegación diocesana de de Migraciones, a las parroquias y a tantas realidades eclesiales y civiles «que van más allá del primer auxilio y acompañan procesos de protección, promoción e integración». Una labor que realizan no solo con migrantes africanos, sino también latinoamericanos y filipinos, comunidades con una fuerte presencia en esta zona y que también forman ya parte viva de la comunidad y, con su fe, su trabajo y sus dones, ayudan a renovarla.

Comparecer ante la justicia divina

Por último, León XIV ha rugido contra las mafias: «Deténganse. Conviértanse», lo cual ha sido aplaudido con profusión por los presentes. «Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él». Y ha asegurado: «El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro».

Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado, ha advertido, «habrán de comparecer ante la justicia divina. Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio. Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan».

El Papa ha querido concluir hablando de Dios, porque «la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la violencia de quienes comercian con la vida humana». La última palabra «pertenece a Cristo, que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado».

20 muertos en las pateras

Antes el discurso, el Papa escuchó los testimonios de algunos migrantes y también del padre Darwin, párroco local, que ante la crisis migratoria de 2021 decidió implicarse personalmente en la acogida de los migrantes. «Como es obvio, ha sido una experiencia dura, pero enriquecedora», ha asegurado al mismo tiempo que ha pedido a la sociedad «descubrir en los que llegan la carne sufriente de Cristo».

También ha intervenido Mbacke, de Senegal, Thalia Johana, de Colombia, o Khalid, marroquía de 24 años, que llegó a las costas de canarias en 2020. «Mi viaje en patera no fue nada fácil», ha dicho antes de que, con sus palabras, todos los presentes entendiéramos el porqué. «Lo intenté dos veces. En el primer intento murieron veinte personas. Recuerdo que, cuando regresé a casa, mi padre me abrazó llorando y me dijo que no había dormido en toda la noche porque había soñado que la patera volcaba en el mar.».

Según Khalid, aquella tragedia dejó una «huella muy profunda». Su padre le prohibió volver a intentarlo, pero él, aunque tenía miedo, decidió volver a intentarlo. Y lo logró. Acabó llegando a Tenerife, donde estuvo a punto de acabar en la calle, pero gracias a la Fundación Don Bosco, consiguió salir adelante. «Ellos se convirtieron en mi segunda familia. Me ofrecieron un lugar donde vivir, me enseñaron español, me ayudaron a leer y escribir mejor y me dieron confianza para salir adelante».