León abraza en Montjuic y en Brians el dolor de Barcelona  - Alfa y Omega

León abraza en Montjuic y en Brians el dolor de Barcelona 

Las primeras horas del Papa en la Ciudad Condal estuvieron marcadas por la vigilia en el Estadio Olímpico donde se habló de suicidio, violencia de género y oscuridad. Con sus palabras, el Pontífice alumbró la noche de muchas heridas

Ángeles Conde Mir
Abrazo del Pontífice a Carmina, que intentó suicidarse.
Abrazo del Pontífice a Carmina, que intentó suicidarse. Foto: EFE / Alberto Estévez.

La etapa del viaje de León XIV en Barcelona comenzó con la curiosa anécdota de ver al Papa en la cabina del avión que lo trasladaba a la Ciudad Condal. Los pilotos le invitaron al despegue, «algo que nos dijo que nunca había hecho», según comentó el comandante Pablo Martínez, encargado de llevar a buen puerto el vuelo papal. Y a ese buen puerto llegó, es decir, al aeropuerto del Prat de Barcelona, poco más de una hora después de haber dejado Madrid. A pie de pista le esperaba un sobrio recibimiento encabezado por Salvador Illa, presidente de la Generalidad; el cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella; y el obispo de Sant Feliu, Xabier Gómez, ya que el aeropuerto y la cárcel de Brians 1 pertenecen a su diócesis. Antes de salir del Prat, el Pontífice bendijo el sagrario de la capilla del aeropuerto y acudió enseguida al corazón de Barcelona, a la catedral de la Santa Cruz que tiene como segunda titular a santa Eulalia, donde dirigió el rezo de la hora sexta. Pronunció una homilía en la que combinó castellano y catalán y evocó unas palabras de Juan Pablo II, de su visita de 1982, en las que alababa «el ánimo acogedor que a lo largo de la historia ha llevado a barceloneses y catalanes, a vosotros, a compartir ciudadanía humana y cristiana con innumerables gentes». A continuación, llamaba a la unidad: «Barcelona es llamada “Cap i Casal de Catalunya”. Lo que da a esta comunidad, a todos vosotros, barceloneses y catalanes, una vocación y una responsabilidad especial de convertiros, con la ayuda de Dios, en constructores de unidad». Terminada su homilía, bajó a la cripta de santa Eulalia para rezar ante la tumba de la mártir, víctima de 13 terribles torturas a lo largo de la ciudad de Barcelona. Después saludó a los numerosos fieles congregados en la plaza de la catedral con un «bon dia i bona ora». Pasó la tarde en el Palacio Episcopal donde departió con Illa y recibió a una veintena de miembros de la familia agustina.

La vigilia en el Estadio Olímpico de Montjuic no se olvidará fácilmente. Fue un evento capaz de transitar en tres horas por todas las emociones humanas. La agradable tarde acompañó las ganas de las 40.000 almas que aguardaban a León XIV. Muchos otros se quedaron fuera con la esperanza de que todavía hubiera alguna entrada libre para entrar al recinto, una empresa difícil pues se habían agotado hacía días y en apenas 15 minutos. Antes de entrar al estadio, el Papa se detuvo para bendecir las ambulancias que sor Lucía Caram y la Fundación Convento de Santa Clara enviarán a Ucrania. 

Las entradas para escuchar al Papa en el Estadio Olímpico se agotaron en minutos.
Las entradas para escuchar al Papa en el Estadio Olímpico se agotaron en minutos. Foto: Europa Press / David Zorrakino.

Cuando el Santo Padre irrumpió en el Olímpico se encontró la fotografía de la Iglesia en Cataluña. Además de a muchos bebés. Bendijo decenas desde el papamóvil, que apenas avanzaba. Barcelona no recibía a un Pontífice desde la visita de 2010 de Benedicto XIV, cuando consagró la basílica de la Sagrada Familia, y había muchas ganas de Papa en la Ciudad Condal.

El Pontífice fue recibido con una impresionante exhibición de los castellers de Villafranca del Penedés. Y Omella lo acogió en ese estadio, símbolo de las Olimpiadas de Barcelona 92, con un cálido discurso: «Hoy, 34 años después, queremos que su presencia entre nosotros, y su bendición de la torre de Jesús de la Sagrada Familia, nuevo pebetero de esta ciudad olímpica, encienda la llama de una nueva etapa capaz de transformar nuestras almas y nuestras vidas para edificar una nueva Barcelona que sea también ciudad de Dios como la quería Gaudí». 

Entonces entró la cruz de Cristo en la vigilia. Primero en forma de escultura, una reproducción del Cristo sobre el altar de la Sagrada Familia. Después en forma de tres testimonios que cortaban el aliento. Ferrán preguntó al Papa cómo vivir en una sociedad en la que parece que «el único objetivo en la vida es producir, tener éxito y cuidar nuestra imagen». León le explicó que es necesario cultivar una sana inquietud porque estamos «hechos a medida del infinito». Le recomendó vivir la fe acompañado y dedicar algunos minutos al día al silencio para hablar con Dios y así evitar «anestésicos para adormentar nuestra conciencia y adaptarla a una cierta idea de sociedad». La historia de Carmina es la de los muchos que pasan años en la cárcel de la depresión. «Una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida. Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad», contó mientras el estadio rompía en aplausos. Carmina hizo al Papa dos preguntas como dos dardos: «¿Dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más? ¿Cómo podemos confiar en Dios, cuando parece que nada, ni uno mismo, vale la pena?». El Papa le dio las gracias por hablar de ello y reivindicó sistemas sanitarios «que incluyan entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado». Su respuesta es difícil de resumir, pero se sintetiza en que Dios también pasó por la oscuridad y no nos deja solos: «No debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante».

El Santo Padre besa el crucifijo durante la vigilia del pasado martes en Montjuic.

El Santo Padre besa el crucifijo durante la vigilia del pasado martes en Montjuic. Foto: EFE / Alberto Estevez.

La historia de Desirée hablaba de dolor infantil y violencia familiar. Su padre intentó matar a su madre, defendida por un joven que murió en el intento. Su madre se refugió en las drogas. Desirée terminó en servicios sociales: «A veces levanto los ojos al cielo y pregunto a Dios “¿dónde estabas cuando era una niña?, ¿cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre?”». Todo Montjuic lloraba estremecido. El Papa denunció la violencia contra las mujeres y afirmó que «todos estamos llamados a abordar esta realidad dramática, personalmente y como sociedad». Recordó que Dios nos ha dotado de inteligencia y voluntad y que no se le puede culpar de todos los males de la sociedad. Pidió a Desirée que no se desanime porque el camino del perdón es largo, pero se puede avanzar con pequeños pasos como rezar por esa persona que nos hizo daño. Y también le aseguró que no hace falta pensar que perdonar significa retomar «una relación plena con quienes nos han herido». 

Tras la proclamación del Evangelio, el Papa hizo una homilía luminosa. Habló de que, a veces, «experimentamos la noche de la fe, la fatiga de creer, el cansancio del espíritu, el sentido de la desproporción ante la llamada del Evangelio, la amargura de nuestros fracasos y el miedo a no ser capaces». Esta noche no es algo malo, sino que puede ser «un espacio para renacer». Por eso, animó «a acoger la noche, ya no como el signo de un fracaso sino como el inicio de una nueva vida». «¿Cuáles son las noches que atravesamos? ¿Qué nos sugieren? Entrando en ellas y mirando con humildad y sin prejuicios la realidad de lo que somos, ¿qué estamos llamados a cambiar?, ¿dónde debemos renovarnos, en qué dirección queremos ir, qué sociedad queremos construir?», se preguntó. No dejó sin respuesta. Insistió en que hay que seguir buscando y dialogando, también «en el corazón de la noche». 

En el Olímpico ya había caído esa noche a la que León acababa de dar un nuevo significado. Mientras la Escolanía de Montserrat entonaba el Virolai a la Moreneta, la brisa secaba las lágrimas de una Barcelona que había abierto su corazón al Papa.

Brians de la misericordia
Las internas que dieron su testimonio.

En pocos minutos en la penitenciaría catalana, el Papa León XIV insufló esperanza a los privados de libertad. La visita a Brians 1 no estaba incluida en los primeros borradores que se enviaron al Vaticano, pero se ha revelado como uno de los encuentros más significativos. El Pontífice llegaba al centro penitenciario entre «vivas» al Papa que traspasaban muros y rejas. Escuchó los testimonios de dos mujeres —marcadas por el dolor, los errores y el amor de madre— que le contaron cómo Dios las ayuda cargar con su cruz mientras siguen ahí dentro. En sus palabras, les recordó que «no existe ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada». Porque «su amor misericordioso está siempre por encima de cuánto bien o mal hayamos hecho».