El beso de Montserrat - Alfa y Omega

El beso de Montserrat

En una visita de contrastes y con actos diferentes, Dios nos hace ver que todo está en relación. Inclusive cuando no queremos reconocerlo.

Luis Miguel Modino

El protocolo vaticano está marcado por el formalismo, pero hay lugares, generalmente entre los últimos, donde las formas se rompen. El corazón domina y el impulso se impone. Inclusive el Papa abraza y se conmueve.

La presa y la Moreneta

León XIV se ha encontrado con dos Monserrat en la mañana del 10 de junio. La primera se hace llamar Montse y es una de las dos presas que se han dirigido a él en su visita al Centro Penitenciario Brians 1. A la segunda la llaman la Moreneta y a sus pies se ha puesto el Santo Padre para encomendarle, confiado en su intercesión maternal, «mi servicio petrino y la misión de la Iglesia en el mundo que clama pidiendo justicia y paz».

Montse hizo conocer al Papa los grandes rasgos que han marcado su vida, dominada por los nervios. Al final, le abrazó por dos veces, a lo que León XIV respondió del mismo modo, e inclusive le dio un beso en la mejilla. Un impulso en el que expresaba cariño y reconocimiento a alguien que en su discurso la diría que «no existe ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada».

Y es que Dios «nunca deja de mostraros su amor y cercanía», decía el Santo Padre. Siguiendo el pensamiento agustiniano, hacía ver que «el pasado no condena el futuro» y que nos dejemos acompañar por el amor del Señor. Que la esperanza no está impedida por ninguna barrera física, que «el Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo».

La madre que no olvida a sus hijos

María, en sus diferentes advocaciones, hace presente entre nosotros «el amor de madre que nunca se olvida de sus hijos», como decía el Papa en Brians después de entregar un icono en recuerdo de su visita. Por eso, en la Abadía de Monserrat, León XIV reconocía que «María es fundamental en la vida de todo cristiano», que, a ejemplo de lo sucedido con San Ignacio de Loyola, «ella suscita en nosotros conversiones profundas». También en los presos de Brians, pues, aunque muchos les condenan para siempre, Dios «con su amor misericordioso está siempre por encima de cuánto bien o mal hayamos recibido».

Nunca olvidemos que «Jesús nos muestra el camino de la misericordia, la reconciliación, la verdad y la mansedumbre», decía el Papa a los pies de la Moreneta. Palabras que pueden ser entendidas desde Montse y que deben ser una advertencia para quienes condenan para siempre. Jesús «desenmascara la violencia que puede esconderse en nuestras palabras y actitudes: la crítica que humilla, la condena que destruye y la agresividad que divide».

Que nadie quede excluido

En el corazón de la Virgen «el mundo entero tiene cabida», y «ella nos invita a reconocernos hermanos y hermanas, donde nadie quede excluido y donde la comunión sea más fuerte que toda división», subrayaba el Papa. Por ello, invitaba a pedir «a María, Reina de la paz, que nos enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias». 

Dios muestra su amor, su cariño, de diversos modos. Lo hace a través de María, que nos dice, como en Monserrat: «Sois mi tesoro, yo soy vuestra madre, no temáis». Pero también lo hace a través de los besos de Montse, que en ese simple gesto muestra su cariño por la presencia del Papa en esos lugares que pocos eligen estar. No es saltarse el protocolo, es solo un modo de expresar el amor que cada uno lleva dentro.