Las lágrimas de Pablo Iglesias

Iglesias no pudo contener las lágrimas. Y, permítanme que les diga, está justificado. Entiendo la emoción que ha tenido que sentir al ver que se ha hecho realidad su sueño de llegar al Congreso. Es un objetivo…

Pedro J Rabadán
Foto: Ignacio Gil

Iglesias no pudo contener las lágrimas. Y, permítanme que les diga, está justificado. Entiendo la emoción que ha tenido que sentir al ver que se ha hecho realidad su sueño de llegar al Congreso. Es un objetivo cumplido que le permite soñar con algo mayor.

En las escalinatas, junto a los leones, rodeado de sus diputados, seguro que ha recordado lo que ha luchado para llegar hasta ahí, peldaño a peldaño. Le habrán venido a la cabeza todas las veces que estuvo mendigando una silla en las tertulias de televisión para darse a conocer. Habrá recordado cómo ha utilizado su puesto en la universidad para convertirse en líder de alumnos desencantados con la sociedad y politizar las aulas. Seguro ha rememorado cómo consiguió personalizar la protesta de los jóvenes del 15-M. Habrá agradecido entre sollozos la millonada que ha recibido del régimen de Irán y de Venezuela, destacados enemigos de la democracia. Le invadiría el recuerdo de sus amigos de algunos medios que le regalaron la mejor campaña de propaganda que se haya podido hacer, complementada con una eficaz estrategia en las redes sociales. Y sobre todo, se habrá acordado de sus adversarios políticos, todos aquellos que en los días de guitarra, asambleas ciudadanas y saco de dormir, le retaban a que los cambios en el sistema político que propugna los hiciera desde el Parlamento, y no desde la calle. Parecía impensable. Ahora lo ha conseguido.

Pero su mayor logro ha sido su capacidad de diagnosticar a la ciudadanía española, dolida por los esfuerzos obligados durante crisis y harta de un bipartidismo más preocupado por mitigar los efectos de la corrupción interna que por adaptarse a lo que le piden. Comprendió que los españoles usan su voto como un acto de castigo, más allá de las ideas. Y supo transmitir que él representa la ilusión por el cambio. Es un líder con visión de futuro que se lo ha trabajado de forma muy inteligente, sin escrúpulos. Y va a más. Tiene pinta de que habrá más lágrimas y puños en alto.