La esperanza que nace del desierto - Alfa y Omega

La 55 Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, sin perder su carácter académico, ha propuesto del 8 al 11 de abril un ejercicio de sano realismo y esperanza radical. Bajo el telón de fondo de la reducción —menos miembros, menos obras, menos visibilidad—, las jornadas propusieron mirar el presente no con nostalgia ni con resignación, sino como una oportunidad evangélica. En una Iglesia llena de fragilidades, la vida consagrada está llamada a releer su historia y renovar su fuerza espiritual desde el misterio pascual; a pasar una vez más de la cruz a la fecundidad del Espíritu. Lejos de instalarse en el discurso del lamento estadístico, se ha proclamado que el tiempo de la escasez no es tiempo perdido, sino tiempo de gracia. En el corazón del Evangelio vive una paradoja: cuando todo se reduce, Dios puede comenzar de nuevo. El propio Jesús vivió la kénosis, el vaciamiento y el abajamiento, despojándose de su rango y abrazando el servicio; entregó su vida y abrió con ello un camino de transformación. Esa misma lógica forma parte de la identidad de la vida consagrada: existir no para afirmarse, sino para transparentar al Dios que se abaja y ama hasta el extremo.

El desierto, un espacio originario y familiar para la vida consagrada, se vio no como lugar de muerte, sino de metamorfosis y gestación de un nuevo nacimiento. Los primeros monjes —los del desierto— son herederos del ideal martirial. Ellos sustituyeron la muerte cruenta por el martirio del testimonio radical, hecho de renuncia, ascesis y servicio. Esa herencia permanece viva hoy, cuando el volver a lo esencial se presenta como la condición para ser creíbles. La reducción, en este horizonte, se ve como un nuevo éxodo: una invitación a vivir con menos seguridades y más fe, haciendo del discernimiento una herramienta habitual.

Las ponencias analizaron la reducción desde diversas perspectivas: bíblica, eclesial, teológica, sociológica. Se habló de superar heridas y sanar la cotidianeidad; se hizo hincapié en cerrar el proceso de duelo en que parecemos habitar. Se mencionó la kénosis como camino de purificación eclesial. Hubo testimonios que dieron palabra a las comunidades más frágiles. Estas logran florecer cuando ponen el acento en la fraternidad, la escucha y el cuidado mutuo; cuando, sin cerrarse en el dolor, buscar reinventarse, ser creativas y audaces. También se celebró la fecundidad escondida de la vida contemplativa y la capacidad de tantas personas consagradas de seguir sosteniendo el grito del Evangelio en las periferias.

En ese contexto, el cardenal arzobispo de Rabat (Marruecos), Cristóbal López Romero, invitó en la conferencia conclusiva a superar la «depresión religiosa»: esa mezcla de culpa, desaliento y cansancio que invade a quienes confunden la disminución con el fracaso. La cura, afirmó, se llama Evangelio y esperanza, combinadas con una dosis diaria de fe en el Reino de Dios que sigue actuando. «No se trata de agrandar la Iglesia, sino de servir al Reino, que es más grande». En la lógica del Reino, ser minoría no significa ser insignificantes, sino vivir más conscientes de la gracia.

El tono espiritual lo completó el cardenal Aquilino Bocos, en la Eucaristía de clausura. Citando a san Marcos, subrayó que las dos palabras sobre las que debe girar la vida consagrada son fe y misión. «No somos testigos del ocaso, sino del amanecer. Este es solo un eclipse, no la noche». Desde esa confianza pascual, pidió una vida religiosa más alegre, creativa, audaz y confiada; que, en una Iglesia llamada a vivir en minoridad, toma en serio la propuesta de ser «confesión de la Trinidad, signo de fraternidad y servicio de caridad».

La semana, coordinada por el Instituto Teológico de Vida Religiosa, concluyó con un mensaje claro: es tiempo de pasar de la supervivencia a la fecundidad humilde, de los balances al testimonio, del miedo a la confianza; y, subrayando una idea del Congreso de Vocaciones del 2025, de las «vocaciones» a la «vocación». Afrontar la reducción reclamaría también cultivar otro tipo de relaciones intra y extraeclesiales; invitaría a crear nuevas formas de comunión y a ampliar la misión compartida, sin esconderse del mundo, sino sirviéndole con obras y palabras significativas. «Más ser que hacer, más comunión que acción, más Iglesia que congregación».

No hay recetas ni estrategias milagrosas. Queda una convicción compartida: la vida consagrada no está muriendo, está siendo podada. Y, como todo árbol podado, se prepara para dar fruto. En palabras pronunciadas durante la jornada final, «nuestro ADN incluye la capacidad de transformar la posibilidad de la muerte en el principio de una nueva vida». Esa es, quizá, la expresión más luminosa de una semana que enseñó a mirar la reducción como promesa y el desierto como lugar de encuentro con el Dios de la esperanza.