«La sociedad exige hoy al ejecutivo altos estándares de conducta» - Alfa y Omega

«La sociedad exige hoy al ejecutivo altos estándares de conducta»

A menudo se la percibe como problema. Rolando Medeiros, presidente de la Unión Cristiana Internacional de Ejecutivos de Empresas (UNIAPAC), considera, por el contrario, que la empresa puede y debe ser un actor clave para «afrontar los grandes desafíos que afectan al mundo» y promover «una agenda de crecimiento más inteligente, sostenible e integral»

Ricardo Benjumea
Rolando Medeiros durante su intervención en el Congreso UNIAPAC celebrado en Lisboa. Foto: uniapaclisbon2018.com

A menudo se la percibe como problema. Rolando Medeiros, presidente de la Unión Cristiana Internacional de Ejecutivos de Empresas (UNIAPAC), considera, por el contrario, que la empresa puede y debe ser un actor clave para «afrontar los grandes desafíos que afectan al mundo» y promover «una agenda de crecimiento más inteligente, sostenible e integral»

UNIAPAC es uno de los organizadores del congreso internacional que celebra el 2 de diciembre la Universidad de Deusto con el título Educación, trabajo, cambio tecnológico y nuevos modelos de negocio. Una noble vocación para los líderes empresariales hacia la ecología integral. El chileno Rolando Medeiros preside esta red mundial de asociaciones empresariales, que incluye a unos 45.000 directivos miembros procedentes de 40 países, a los que se suman otros 100.000 ejecutivos asociados. Al ideal de los negocios como «noble vocación» dedicó UNIAPAC su último congreso mundial, celebrado en noviembre de 2018 en Lisboa. Se trata, reconoce Medeiros, de un título «provocativo», dada la mala imagen que a menudo arrastra hoy la empresa. No obstante, añade, «la transformación de la empresa de negocios en vocación noble es un propósito alcanzable». Lo primero, subraya, es «la transformación personal del líder empresarial» para implantar una «cultura humanística» en la organización.

Se está viendo estos días en las protestas en Chile y Colombia, pero también en Irán y en el Líbano, en Francia… Las desigualdades avanzan, la riqueza se concentra en unas pocas manos. Muchas personas se sienten hoy perdedoras de la globalización. Esta es una percepción generalizada. ¿Qué respuesta puede dar el empresario cristiano?

Las severas efervescencias sociales que se están experimentando en diversas partes del mundo expresan las legítimas demandas de los ciudadanos, aunque se combinan con actos reprochables de violencia, saqueos y vandalismo. El origen creo que está en la crisis de solidaridad de la sociedad del siglo XXI, que nos deja un máximo de opciones pero un mínimo de significado. La ciencia, la tecnología y, en particular, el libre mercado y el Estado democrático han permitido a la humanidad logros sin precedentes. Sin embargo, la tecnología nos da poder, pero no nos guía en cómo usar ese poder. El mercado nos entrega opciones, pero nos deja ignorantes sobre cómo optar. El Estado democrático liberal da libertad para vivir como escojamos, pero rechaza –en principio– guiarnos en cómo ejercer esa libertad. Esto se traduce en una confusión entre medios y fines; un énfasis en los derechos con olvido de sus correspondientes obligaciones; en un individualismo egoísta y en un consumismo desenfrenado; en definitiva, en la «globalización de la indiferencia», como el Papa Francisco se refiere a que seamos incapaces de compadecernos ante el sufrimiento de los demás. La transformación de los negocios en «noble vocación» es una respuesta adecuada para combatir esta profunda crisis de solidaridad. La empresa puede combatir la globalización de la indiferencia y servir al bien común esforzándose por acrecentar los bienes de este mundo y hacerlos más accesibles para todos.

Diversos estudios sugieren que, a largo plazo, la ética es rentable para la empresa. A corto plazo, sin embargo, a menudo se impone la maximización de beneficios. ¿Cómo pasar de una visión del negocio centrada exclusivamente en los shareholders (accionistas), a otra que se preocupe por todos los stakeholders (todos los actores implicados y afectados: trabajadores, proveedores, entorno social…), esto es, a una empresa concienciada por el impacto social que genera, y no solo por los beneficios inmediatos?

La empresa del siglo XXI tiene como objetivo primario su legitimidad social y su sostenibilidad en el largo plazo. Esto no lo logra sin un comportamiento intachablemente ético. «El tiempo es superior al espacio», nos dice Francisco. Este principio invita a la empresa a forjarse un buen carácter que le permita tomar buenas decisiones. Aquí el concepto de futuro es indispensable porque, para que la empresa se forje un carácter, necesita tiempo, precisa plantearse fines y metas a largo plazo; una visión de futuro desde donde las metas intermedias cobren su sentido. La sociedad exige hoy a la empresa altos estándares de conducta, una visión que dé cabida a una práctica de negocios más humana. Una ética que no subordine sus principios a los confines estrechos de la maximización de las utilidades de corto plazo. Y, en un mercado realmente competitivo, en donde es muy fácil caer en la tentación de subordinar la dignidad, los derechos y el crecimiento humano a la consecución de resultados económicos inmediatos, la promoción de esta ética empresarial no se consigue sin una mirada de futuro que esté más allá de las contingencias del momento. Para legitimarse socialmente, la empresa necesita jugar en la actualidad un papel mucho más relevante para contribuir a abordar los cambios socioeconómicos, afrontar los grandes desafíos que afectan al mundo de hoy y apoyar la implementación de una agenda de crecimiento más inteligente, sostenible e integral; la creación de fuentes de trabajo de calidad; la transformación de la economía en una más inclusiva, con mejores mercados laborales; mayor conciencia medioambiental; fomentar la inclusión y la interculturalidad…

Un empresario cristiano se dirige a UNIAPAC porque quiere darle un giro ético a su empresa. ¿Por dónde le aconsejaría empezar?

Nuestro principal obstáculo es la vida dividida: la separación entre la fe que se profesa y nuestras actividades empresariales cotidianas. Un líder empresarial cristiano transformaría su empresa en una noble vocación si, siguiendo el ejemplo de san Alberto Hurtado, se preguntara ante cualquier decisión crítica: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Esto equivale a ver a todos los stakeholders como prójimos. A poner el foco en humanizar la empresa. Este objetivo solo se logra cuando situamos a la persona en el corazón del quehacer empresarial. Si hacemos esto, la finalidad de todo producto y servicio que ofrece la empresa será satisfacer necesidades humanas, en oposición a ser un medio solo para obtener mayores utilidades. Es una llamada a que la actividad empresarial no sea un fin en sí misma, sino la consecuencia de haber entendido correctamente las necesidades de sus clientes, colaboradores, proveedores y de la sociedad en general, así como de haber organizado de manera eficiente, efectiva y con responsabilidad social los recursos con los que cuenta para atender esas necesidades.

R. B.