26 de abril: san Esteban de Perm, el monje que destruía y quemaba los ídolos - Alfa y Omega

26 de abril: san Esteban de Perm, el monje que destruía y quemaba los ídolos

Hijo de un sacerdote ortodoxo, Esteban vivió la fe desde muy niño. Ya de adulto, quiso ser misionero entre los pueblos paganos. Se enfrentó sin miedo a sus hechiceros al tiempo que hacía obras de caridad y los defendía de los funcionarios de Moscú

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
San Esteban de Perm
Foto: Museo Estatal Ruso.

No hay santo que no se la haya jugado por Cristo en algún momento de su vida. Así lo hizo también Esteban de Perm, venerado hoy tanto por católicos como por ortodoxos. Nació en la década de 1340 en la ciudad de Ustyug, en el principado de Rostov, en el corazón de Rusia. Su padre, Simeón, era uno de los sacerdotes ortodoxos de la iglesia de la Asunción, la catedral de la ciudad; y su madre, María, era hija de un herrero local. El nacimiento de Esteban así como su singularidad y su grandeza le fueron anunciadas a María cuando esta tenía tan solo 3 años de edad. «Aquí viene la madre del gran Esteban, obispo y maestro de Perm», le dijo Procopio de Ustyug, un conocido santo local con dones místicos, al que todo el mundo llamaba en su época «el loco por Cristo».

El niño creció ayudando a su padre en los actos litúrgicos, alimentando así desde la fe de la Iglesia la tierna piedad que recibía en casa. También era muy curioso en el sentido intelectual y muy pronto se leyó todos los libros que tenía a su alcance. Esta avidez por conocer, unida a su familiar vocación hacia la liturgia, hicieron que en su adolescencia se marchara a estudiar al monasterio de San Gregorio el Teólogo, en Rostov, famoso en toda Rusia por su biblioteca. Allí acabaría siendo ordenado sacerdote.

San Esteban deseaba leer a los santos padres en su lengua original y, por esa razón, se afanó con ahínco en el estudio del griego. Luego comenzó a traducir la liturgia de la Iglesia ortodoxa al idioma permiano, lengua de uno de los grupos étnicos de los Urales, alejados de la civilización, cuyos integrantes aparecían de vez en cuando por Perm para negocios y trueques. Para esta labor de crear un alfabeto para ese idioma se inspiró en los caracteres del griego, del eslavo y del turco antiguo.

Una prueba de hielo

En 1379, a los 40 años de edad, fue a Moscú a encontrarse con el obispo Gerásimos, a quien imploró: «Bendíceme, maestro, para ir a una tierra pagana, Perm. Es mi deseo enseñar la santa fe a los incrédulos. Estoy resuelto a guiarlos a Cristo o a dar mi vida por ellos y por Cristo». Así, habiendo recibido la bendición de su obispo, Esteban volvió a Perm para adentrarse en los bosques y contactar con los paganos que merodeaban por el territorio.

Allí se encontró con tribus que adoraban ídolos como el fuego, el agua y los árboles, así como con sus chamanes y sus ritos propios. Precisamente una de las historias más conocidas del santo tiene que ver con un hechicero llamado Pam. Cuando este oyó predicar a Esteban, dijo a sus vecinos: «No le escuchéis, viene de Moscú. ¿Acaso puede venir algo bueno de allí? ¿No es de Moscú de donde nos vienen las cargas, los tributos pesados y la violencia?». Luego se enzarzó en un debate con Esteban acerca de sus creencias y este le propuso un reto: ambos debían meterse en un agujero en un lago helado y salir por otro unos metros más allá. El que saliera vivo sería el que tuviera la verdadera fe. Sin embargo, Pam se negó a correr semejante riesgo. Esto soliviantó a su propio pueblo, que no dudó en pedir su vida. Sin embargo, Esteban intercedió por su rival y fue liberado.

En otra ocasión encontró en medio de un bosque un abedul al que los lugareños solían presentar ofrendas. El santo oró unos instantes y agarró un hacha; en segundos taló el árbol y lo redujo a astillas. Los golpes en la madera atrajeron a una turba enfurecida, a la que Esteban aplacó con argumentos y con una vibrante presentación de Jesucristo.

Le costó, pero enseguida se ganó el respeto de los locales. En un verano de malas cosechas se las arregló para proporcionar pan a las familias y evitar la hambruna. También daba limosnas en la medida de sus posibilidades y no dudaba en defender a los permianos de las estratagemas de los aprovechados funcionarios y recaudadores de Moscú.

Los años siguientes los pasó el ruso predicando por doquier, una labor de evangelización que incluía la destrucción de todo culto anterior al cristianismo. De hecho, un testigo de su labor recalcaba que «destrozó por completo, enterró, troceó con un hacha, quemó con fuego y redujo a cenizas todos los ídolos paganos de Perm». Y en su lugar levantó iglesias, como en Yemdin, donde se encontraba el mayor santuario pagano de los permianos. Después de hacerlo arder, mandó construir en su lugar el monasterio del Arcángel San Miguel, que pronto desarrolló en torno a sí una próspera comunidad civil.

Finalmente, en la primavera de 1396, Esteban volvió a Moscú para ver al metropolitano Cipriano, pero estando allí cayó enfermo y acabó sus días. La Iglesia ortodoxa rusa lo canonizó en 1549.

El icono de Dios Trinidad

Una antigua tradición identifica a san Esteban de Perm como el autor del icono de la Trinidad de Zyryan, que contiene la inscripción más antigua que se conserva en escritura pérmica antigua. Pintado mucho antes que el famoso icono trinitario de Rublev, pudo haber sido utilizado por san Esteban para ilustrar entre los paganos la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.