22 de abril: san Agapito, el Papa que luchó para que al obispo de Roma lo eligieran sus sacerdotes - Alfa y Omega

22 de abril: san Agapito, el Papa que luchó para que al obispo de Roma lo eligieran sus sacerdotes

Creció en medio de una violenta controversia en torno a la elección de los Pontífices romanos. Agapito la resolvió y, además, logró que el emperador de Bizancio abandonara el arrianismo y se convirtiera

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Imagen generada por IA de san Agapito.
Agapito se opuso con firmeza a la herejía arriana. Ilustración: CanVa / Imagen generada por IA.

«César fui y soy Justiniano, y antes de estar en la obra atento, una natura en Cristo haber, no más, creía, y con tal fe estaba contento. Mas el bendito Agapito, que fue sumo pastor, a la fe sincera con sus palabras me condujo. Yo le creí, y ahora claro lo veo. Así que con la Iglesia acomodé mis pasos». Estos son algunos versos del canto VI del «Paraíso», de la Divina comedia. En ellos Dante sitúa en el cielo al emperador romano Justiniano, que recuerda cómo llegó a abrazar en vida la herejía arriana, de la que salió gracias a los sabios consejos del Papa Agapito. 

Se cree que Agapito nació hacia el año 490, hijo de un sacerdote romano llamado Gordiano, asesinado durante unas revueltas entre el clero de la ciudad, en las que los clérigos debían posicionarse claramente apoyando al Papa legítimo o a otro autodenominado así tras una injerencia del emperador bizantino. En este contexto de disputas teológicas que podían llegar hasta la violencia creció Agapito, que fue elevado a la sede de Pedro en el año 535. 

Lo primero que hizo fue resolver la controversia que afectaba desde hacía años a la elección del obispo de Roma. En el 530, Bonifacio II fue elegido Papa por designación de su predecesor, en lugar de por elección, como se venía haciendo tradicionalmente. Pero al llegar al poder, un grupo de sacerdotes se opuso a él y eligió a un tal Dioscuro, a lo que Bonifacio reaccionó firmando un decreto de excomunión de su rival. 

Así estaban las cosas cuando, fallecido Bonifacio II en el 532, llegó Agapito. Para solucionar la cuestión rehabilitó a Dioscuro y declaró que al Papa solo le puede elegir su propio clero. De hecho, así lo recuerda en nuestros días el mismo Martirologio Romano, cuando dice que Agapito «trabajó enérgicamente para que los obispos fuesen elegidos libremente por el clero de la ciudad y se respetase la dignidad de la Iglesia». 

Agapito recibió otra patata caliente de su predecesor inmediato, Juan II (532-535), que en vida no pudo resolver el conflicto que tenía con los obispos arrianos que deseaban volver a la fe ortodoxa. Agapito decidió entonces  que no podían volver a ejercer de nuevo el sacerdocio y además debían ser considerados como laicos, algo que le situaba en un enfrentamiento directo con el emperador bizantino Justiniano, arriano él mismo. 

Bizancio y Roma, Oriente y Occidente, estaban entonces en guerra, y el futuro pintaba mal para los segundos debido a las victorias militares del general bizantino Belisario. Por ello, cuando las tropas de este se disponían a la ofensiva frente a las puertas de la península itálica, los reyes occidentales pidieron al Papa Agapito su intercesión. Con esta maniobra, los monarcas pretendían evitar tanto un derramamiento de sangre como una derrota segura frente a Bizancio. 

El Papa partió hacia Constantinopla a comienzos del 536, en una expedición que fue financiada gracias a la venta que hizo Agapito de varios vasos sagrados en poder de la Iglesia. Cuando llegó a su destino no solo tuvo que tratar con Justiniano, sino que también debió lidiar con la oposición del patriarca de Constantinopla. El emperador se puso de parte de este último, e incluso llegó a amenazar al Papa con el destierro. «Vine con impaciencia a admirar al cristianísimo emperador Justiniano —le respondió con inteligencia el Pontífice—. Pero en su lugar encuentro a un Diocleciano, cuyas amenazas, sin embargo, no me atemorizan». 

Comenzó entonces un diálogo entre Justiniano y Agapito, en el que el primero fue vencido por los argumentos del segundo. Al cabo de unas semanas, el Papa no solo consiguió del emperador la prerrogativa de elegir a un nuevo patriarca, sino que logró que Justiniano abandonara sus aventuras teológicas y volviera a la fe verdadera. Allí murió Agapito, cuyo cuerpo fue enviado a Roma en un sarcófago de plomo para ser enterrado en San Pedro.